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El acuerdo y los gringos. Por: Enrique Ochoa Antich

El acuerdo y los gringos. Por: Enrique Ochoa Antich

El fracaso de las negociaciones para un acuerdo en República Dominicana es el del liderazgo político hegemónico en el país: tanto el del gobierno como el de la oposición/MUD. Y en general, una fracaso para todos los demócratas y para la democracia.

Por un lado, el madurismo se resiste a ceder si ello puede comportar la posibilidad de una alternancia en el poder, y carga de epítetos y denuestos a sus adversarios: difícil negociar así, si el camino del diálogo está mediado por todo género de descalificaciones. Si Maduro quiere negociar, lo primero sería dejar la camorra. La resulta es siempre la intensificación de los rasgos dictatoriales y pro-totalitarios del régimen.

Pero por el otro, la oposición sigue atrapada en un penoso maximalismo, ese “todo o nada” que la ha llevado de derrota en derrota durante 20 años, sin comprender que esta negociación no comporta la rendición incondicional de su interlocutor sino la búsqueda de espacios mínimos de convivencia que le permitan retomar el proceso de acumulación de fuerzas, no sólo electoral sino político, social, institucional, que con éxito se emprendió a partir de la rectificación histórica de 2006 y que nueve años después la llevó a ganar la AN y estar a un paso del poder (todo echado al cesto de la basura en 2017 por el extremismo supino del 350 y la “calle del no retorno”).

Leído el acuerdo horas antes consensuado, he llegado a la conclusión de que no haberlo firmado fue un nuevo error de esta oposición/MUD prisionera de un chantaje extremista que la hace perder la capacidad de hablarle al gran país y no sólo a los estrechos conglomerados de la alta clase media radicalizada. Ese acuerdo, que estaba ya listo para la firma, contenía entre otros asuntos capitales:

· La posibilidad de un CNE vamos a decir 3/2 (lo que implicaba ampliar espacios rectorales y directivos en la estructura del organismo): cambiar a dos rectoras cuyos mandatos se encontraban vencidos es lo único que permiten la Constitución y las leyes, y la legitimidad de la oposición, a diferencia de los atropellos del gobierno, pasa por respetarlas, no por proponer violarlas.

· La presencia en el país de una misión observadora de todo el proceso electoral de las Naciones Unidas y de misiones de todos los países facilitadores de las negociaciones en República Dominicana, vieja aspiración de la oposición.

· Y el sorteo de los miembros de mesas, debidamente fiscalizado por la oposición y las misiones observadoras.

Tengo para mí que esas tres conquistas hacían que valiera la pena la firma del acuerdo. Claro, si se entiende que un proceso de diálogo y negociación entre un Estado autoritario y la sociedad democrática que lo adversa no es sólo cosa de un episodio y que luego de esta firma ese proceso continuaría hacia otros aspectos tan o más trascendentes. Al argumentar que no fueron resueltos aspectos relativos al grotesco abuso de poder del que echa mano el gobierno en todo proceso electoral, se contradice el discurso que destaca siempre las características dictatoriales de régimen: ¿le pedimos a una dictadura que no abuse de su poder? Y se olvida, además, que en condiciones electorales semejantes o peores la oposición ha obtenido resonantes victorias nacionales y locales, eso sí, a condición de estar todos unidos.

No entiendo qué llevó a la delegación negociadora a no firmar el acuerdo. Pero tiendo a creer que hubo presiones vernáculas y foráneas de algunos sectores que aspiran no a una resolución pacífica del conflicto sino a una salida violenta al precio que sea.

En ese entorno, confieso que ya son demasiadas las señales que parecen indicar que desde el imperio del norte comienza a planearse algo más que sanciones económicas. No sé hasta dónde se implicaron en su fracaso, pero es evidente que si el diálogo y la negociación arrojaba un resultado exitoso, la supuesta “legitimidad” de una escalada injerencista en nuestro país perdía fuelle ante el mundo. Tal vez ahora, estos halcones sangrientos se frotarán las manos pensando en que si las elecciones de abril las gana el gobierno, dado que la oposición no ha firmado nada, se podrá argumentar fraude aunque no lo haya habido (más allá de que sea una verdad del tamaño de un templo que en una eventual derrota opositora la principal responsabilidad habría de corresponderle a los promotores del abstencionismo), y así justificar una acción armada contra la nación.

Los demócratas del nuevo patriotismo, éste que desde JUNTOS La Venezuela que viene queremos animar: basado en su gente, justificado en el bienestar de su pueblo, no pertrechado de una retórica vocinglera que no nos sirve de nada, y defensor de la soberanía pero sin conflictos inútiles con otros países, menos con aquéllos con los que tenemos privilegiadas relaciones económicas y comerciales, debemos rechazar desde el corazón de nuestro corazón, como escribió el poeta Nicanor Parra recientemente fallecido, la eventualidad de una intervención militar gringa y/o multilateral que mancille el suelo de la patria. Y el primer deber que tenemos para ello no es, como quiere hacernos creer la oligarquía madurista, hacer causa común con Maduro y sus adláteres en defensa de nuestra soberanía, sino por el contrario asegurar la derrota electoral de un gobierno que nos ha traído, por incompetente y torpe, hasta este abismo. En cierta forma, puede afirmarse que todo aquel que promueva el disparate de la abstención llamada militante, está siendo cómplice de esta tragedia anunciada.

Una intervención militar extranjera en tierra venezolana constituiría una vergüenza para todos. Echemos del poder a quienes la están haciendo posible.

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