Caracas, 11 de septiembre de 2019.

Por: Américo Martín

@AmericoMartin

Razonar en ambientes cargados de pólvora puede ser muy aburrido. Un serio intercambio de ideas supone acuerdos y premisas para desarrollarlos en niveles superiores. Malo es que por causas ajenas a la razón: vanidad, orgullo, intereses creados, las controversias se mantengan en líneas paralelas que solo puedan tocarse en el infinito, es decir: nunca.  Cae entonces sobre los debates una sensación de pérdida de tiempo que alienta a descalificar la idea misma de debatir o negociar. En lo personal prefiero la polémica, por reiterativa que sea porque en ella muchos adhieren conscientemente a la democracia. Además, sin ganar la batalla de la opinión es harto difícil ganar ninguna otra.

Se dice con llamativa audacia que en Venezuela la disidencia, siendo muy mayoritaria como certificadamente lo es, está dividida entre partidarios de la vía violenta y los inclinados a la solución pacífico-electoral.  Suena bien pero es un juicio ligero. Si algo repugna a la Política es la propensión  a dar enfáticamente por indiscutible lo que no es sino un acertijo. Esas certezas supuestamente irrebatibles terminan descalificando al interlocutor. El amigo de las armas, en lugar de dar el ejemplo empuñándolas él, embiste contra quienes pensamos distinto. Igualmente discutible es borrar del mapa la eventualidad de un no deseado desenlace violento en un país irritado y maltratado como  muy pocos. Desgraciadamente la violencia es parte de la tragedia venezolana. Nadie puede adivinar si estallarán o no sus detonantes. Lo que sí podemos hacer es no alentarla; sobreponerle el peso de la unidad nacional.

Michelle Bachelet ha ratificado en lo esencial su anterior informe añadiendo nuevos casos de homicidios y torturas. Al reiterarse los hechos punibles se entra al ámbito de los delitos de lesa humanidad, de cuya sustancia forman parte la reincidencia y el carácter sistemático. Se subrayan en el informe ampliado los sombríos designios contra la AN y Juan Guaidó y la muerte de las universidades autónomas.  Adicionemos  la movilización militar hacia la frontera con Colombia ordenada por Maduro y la hambruna inminente. Son focos de tensión que pueden determinar la suerte de Venezuela.

¿Acaso una luchadora democrática chilena no iba a descubrir la ponzoña en la sentencia N° 0324-2019 del mal llamado TSJ? Su objeto es claro y está a la vista: asesinar la autonomía universitaria, la libertad académica, el cogobierno y la libre elección de autoridades. Son valores consagrados desde la reforma de Córdoba-Argentina, 1917, que se  expandieron con enorme fuerza por todo el  hemisferio, comenzando en 1920 con Chile y Perú. En Santiago y Lima firmaron el Convenio Argentino-Chileno los presidentes de la FUA, Gabriel del Mazo y de la FECH, Alfredo Demaría. Y en Perú,  otra vez el argentino Gabriel del Mazo y el presidente de la FEP, Víctor Raúl Haya de la Torre. La histórica Reforma y el heroico desempeño de los estudiantes cambiaron viejas creencias asentadas con fuerza dogmática. Los ilustres Ortega y Gasset, Eugenio D´Ors, Jiménez de Asúa y los no menos ilustres latinoamericanos Rodó, Vasconcelos, Ingenieros, trasladaron a los estudiantes la vanguardia para la transformación continental  ¿Cómo iba a ignorar la universitaria Bachelet la historia y sustancia americana de la Autonomía? ¿Cómo no iba a estremecerla la oscura sentencia 0324-2019 del sumiso TSJ?

¿Qué hará el muy probable presidente de Argentina, Alberto Fernández, quien durante las primarias se desmarcó de Maduro impactado por el primer informe Bachelet? ¿Se  acercará ahora a la mayoría latinoamericana, cuyo progreso es perceptible o reproducirá su improductivo aislamiento?

Argentina, como la masa, no está para bollos. Si quiere modelos exitosos, en nuestro Hemisferio proliferan

* Escritor y abogado

* Punto de Corte no se hace responsable de las opiniones expresadas en los artículos, quedando entendido que son de entera responsabilidad de sus autores.


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