Caracas, 23 de septiembre de 2018.

Por: Javier Biardeau *

@jbiardeau

En una primera entrega titulada: “Más allá del “chavismo oficial”: ¿Hacia dónde van los chavismos y el proceso bolivariano?” [i], destacamos el carácter de “amalgama heterogénea” del bloque social y político, que desde cuatro constelaciones aglutinantes o núcleos de articulación política, ha conformado paso a paso al proceso bolivariano y a los chavismos en plural.

Como señaló acertadamente Alberto Arvelo Ramos [ii], entre los dilemas fundamentales del Chavismo, reiteramos: como amalgama heterogénea, siempre ha estado presente la tensión entre autoritarismo y democratización.

A pesar que la percepción oficial o su auto-comprensión histórica en el discurso del campo bolivariano (y chavista) ha sido que “el proceso” significó un “avance y ruptura con el viejo modelo de democracia representativa”, o en contrapunto, desde el variopinto campo opositor, que la revolución bolivariana ha significado una “amenaza y quiebre del único modelo de democracia que puede legitimarse actualmente: la democracia liberal”, aquí llamamos la atención sobre el doble carácter de apología/denostación de tales posiciones.

Vale entonces repasar su historia para salirle al paso a las tácticas de amnesia inducida.

En el “proceso popular bolivariano” confluyeron tanto la crisis orgánica del viejo sistema de hegemonía y dominación que emergió luego de los acontecimientos del año 1958, también llamado de “conciliación de élites y factores de poder”, (Pacto de Nueva York y de Punto Fijo), como condiciones de orden estructural (patrón de acumulación-crecimiento y su modo de articulación internacional), coyuntural (crisis de hegemonía) y situacional entre las cuales quisiera destacar:

a) La confluencia de movimientos de protesta popular y de sedimentación aluvional contra el bipartidismo adeco-copeyano (agotamiento del pacto), de carácter poli-clasista, que generó una “masa crítica disponible”: demandas, aspiraciones e iniciativas para la articulación social y política a través de un nuevo “sistema de imágenes, valores e ideas directrices”; es decir, un “Proyecto Nacional-Popular hegemónico”,

b) Un nuevo “clima de opinión pública” que intentaba construir un nuevo sentido común legitimador alrededor de la idea-fuerza de “sociedad civil” (diferenciada de las interpelaciones nacional-populares de la hegemonía adeca) en el cual participaban grupos de interés y de presión, algunos de ellos anclados en el poder de los grandes medios y grupos económicos, desde el cual es posible rastrear tanto ideas críticas a la partidocracia como la genealogía del diseño ideológico neoliberal para el país,

c) El estallido social de 1989 (El mal llamado “Caracazo”) como detonante de una fractura de la relación entre gobernantes y gobernados, entre dirigentes y dirigidos [iii], en el cual ni los principales dirigentes de AD, COPEI e incluso del MAS, como “tercera opción” del sistema bipartidista, lograban sintonizarse con las demandas nacionales y populares, pues sus bloques intelectuales concentraban sus esfuerzos en la Reforma del Estado vía COPRE; es decir, una “reforma desde arriba” para estabilizar el sistema político, ampliando sí la composición de actores sociales y políticos de un nuevo contrato político, sin alterar radicalmente los dispositivos y aparatos históricos de dominación-hegemonía,

d) Dos rebeliones militares en el año 1992 que colocaron en el tiempo político una nueva agenda de cambio: la crisis de sustentación de aquel sistema de dominación y hegemonía por parte de una institución clave para el Estado Venezolano como lo fueron (y sigue siéndolo): la “Fuerzas Armadas”, así como su Rol en la Seguridad y Defensa de la Nación de acuerdo a nuevas presiones transnacionales sobre la definición de sus objetivos y metas (concepto estratégico nacional).

No podemos abordar tales aspectos haciendo abstracción de dos extraordinarios cambios en el Sistema Internacional: el colapso de la URSS y de la política de “bloques de poder”, así como un largo proceso de reestructuración del capitalismo mundial conjuntamente con una nueva revolución tecno-productiva, de la división mundial del trabajo y de la inserción subordinada de América Latina y el Caribe en aquella economía-mundo.

En particular, la posición geoeconómica de Venezuela en aquella división mundial del trabajo, fue definida con claridad desde la década de los 30 como la de proveer materia prima energética, captando una renta y excedente, sin perder nunca de vista que en aquello que puede calificarse de “capitalismo rentístico”[iv]:

 “(…) también ha ocurrido acumulación privada permanente de beneficios generalmente elevados, en tanto que la participación salarial ha estado rezagada, lo que es un aspecto relevante de la regresiva distribución del ingreso. También es cierto, como afirma Baptista, que esta distribución, en buena proporción, depende del destino que le da el gobierno al ingreso petrolero percibido. En todo caso, existe en nuestra economía un dualismo, un patrón heterogéneo, que genera contrastes estructurales y se manifiesta en la particularidad del capitalismo en Venezuela dependiente del Estado y del capital transnacional.” [v].

Es precisamente por tal particularidad del Capitalismo en Venezuela, y de la intervención de su reproducción por parte del Estado y en particular, del Gobierno, que la historia social y política interna es clave para comprender sus orientaciones ideológicas fundamentales, las cuales no han estado mecánicamente determinadas por las variaciones de tendencia ideológica dominante en la economía mundial.

Mientras la Renta Petrolera cumple un papel extraordinariamente significativo, otorga al Estado una autonomía relativa en materia de articulación de pactos que en otros contextos nacionales no existe, de modo que las luchas entre “bloques ideológicos” no reflejan mecánicamente las determinaciones de las tendencias ideológicas que prevalecen en la economía mundial. Este hecho permite comprender el margen de maniobra y las discromías ideológico-políticas con relación a otros países del Continente, o lo que se ha dado en llamar la “excepcionalidad venezolana”.

El enigma Chávez aparece en 1992 en medio del desmontaje de aquellas fronteras ideológicas sedimentadas en un largo ciclo desde 1910 (Revolución Mexicana), 1917 (Revolución Rusa), 1930 (Crisis del Capitalismo Liberal), 1935 (Muerte del Dictador Juan V. Gómez) en el centro de gravedad de un conflicto que desde la década de los años 30 del siglo XX condiciona el debate entre construcción de la identidad nacional, democratización y modernización en diferentes esferas del país, conflicto nuevamente visible en las encrucijadas del Gobierno de Medina, en el Trienio Adeco y en 1958 (Caída del Dictador Marcos Pérez Jiménez) para todas las fuerzas sociales y políticas del país.

No era casual que para las voces oficiales del establecimiento político y cultural la figura de Chávez y del primigenio MBR-200 encarnaban una regresión al caudillo del siglo XIX, a una “anomalía salvaje” e incluso un retorno a la “barbarie”[vi].

Sin embargo, a medida que aquel núcleo primigenio del MBR-200 se recomponía en un movimiento de corte electoral, como el Movimiento Quinta República, con su sistema de alianzas sociales y políticas, aparecen definiciones programáticas de Gobierno como “Agenda Alternativa Bolivariana”, definiciones tácticas: la activación del llamado “proceso constituyente” en un proceso estratégico de “revolución democrática, pacífica y electoral”, así como el anteproyecto de nueva Constitución propuesto por Hugo Chávez en 1999 y lo que a la postre fue la  redacción definitiva de la Constitución de 1999, defendida por un polo de fuerzas políticas y sociales (Polo Patriótico). Estos elementos programáticos y tácticos eran componente de una estrategia de transformación y del Proyecto Nacional “Simón Bolívar”.

No puede perderse de vista que aquel primer ciclo, el ascenso de aquel movimiento bolivariano contando con el respaldo de masas suficiente para garantizar su ventaja política, parecía proponer un nuevo contrato social y político siempre en referencia a la activación y ejercicio participativo de la soberanía popular; es decir, de restitución de la soberanía en el pueblo y de defensa del patrimonio histórico gestado por los Libertadores en la construcción de la Independencia de la Nación, en particular por la figura de Simón Bolívar.

De modo que en las relaciones entre identidad nacional, democratización y modernización, aquel movimiento parecía desplazar el énfasis en reimpulsar la modernización capitalista (bajo orientaciones neoliberales), que venía siendo la bandera y el centro de actuación de las reformas propuestas por los segundos Gobiernos de Carlos Andrés Pérez (AD) y Rafael Caldera (Convergencia), por un nuevo énfasis de identidad y democratización concentrado sobre la Propuesta Constituyente.

Fue aquella propuesta constituyente de 1999 el centro de gravedad de aquella unidad política de la amalgama heterogénea de fuerzas, movimientos y del polo patriótico.

Resulta paradójico que aquel centro de gravedad que garantizó aquella unidad política sea precisamente el que ha sido trastocado en su propia raíz constitutiva por el propio diseño, medios, métodos y propósito de una nueva Asamblea Constituyente, ahora convocada no mediante sufragio popular y el ejercicio de la democracia participativa, sino de manera unilateral por el Presidente Nicolás Maduro en el año 2017, mediante fórmulas y bases electorales reñidas con el propio espíritu y letra del proyecto bolivariano, así como con la propia Constitución de 1999.

De las consecuencias de la nueva coyuntura política abierta desde el año 2015, justo cuando la coalición de apoyo a Maduro pierde las elecciones parlamentarias cabe escribir en otras oportunidades. Lo fundamental es dar cuenta de cómo en el desarrollo del proceso político bolivariano hay tres etapas clave: la ruptura con el régimen anterior de la IV República y el nacimiento de la V República, el auge inestable de la Revolución Bolivariana bajo la jefatura política de Hugo Chávez, y la actual etapa del Madurismo.

Sociólogo. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV. 

NOTAS:

[i] Javier Biardeau R. (17-09-2018): Más allá del “chavismo oficial”: ¿hacia dónde van los chavismos y el proceso bolivariano? http://puntodecorte.com/mas-alla-del-chavismo/

[ii] Alberto Arvelo Ramos (1998) El dilema del chavismo. Una incógnita en el poder. Ensayos políticos para personas que detestan a los políticos. José Agustín Catalá. El Centauro ediciones, Caracas.

[iii] Gabriel De La Luz Rodríguez (2014): Apuntes sobre Dirigentes y dirigidos: Para leer los

Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci. http://umbral.uprrp.edu/sites/default/files/8.pdf

[iv] Asdrúbal Baptista (2005) El capitalismo rentístico. Elementos cuantitativos de la economía venezolana. http://www.scielo.org.ve/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1012-25082005000300005

[v] César Eulogio Prieto Oberto (2016) Maza Zavala, Asdrúbal Baptista y el capitalismo rentístico. https://www.aporrea.org/energia/a226263.html

[vi] Manuel Caballero (2000) La gestación de Hugo Chávez. 40 años de luces y sombras de la democracia venezolana. Ediciones Catarata, Madrid.

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