Caracas, 11 de junio de 2018.

Por: Enrique Ochoa Antich*

@eochoa_antich

Que es fuerte, nadie puede negarlo. Luego de 20 años de (dizque) “revolución” y cinco de caótico madurismo, sigue estando allí, incluso a pesar de sí mismo. Puede afirmarse, y no sin razón, que su fortaleza es aparente, pero lo cierto es que, si partimos de la peor hipótesis (como recomiendan hacer los manuales militares), Maduro se quedará hasta… ¡2025! Quién lo iba a decir. A quienes apelan al alucinógeno de creer que ese presidente no existe pues su abandono del cargo fue declarado por una legítima (aunque afantasmada) AN o porque se le está sometiendo a investigación por el TSJ en el exilio, les recomiendo que se apersonen a Miraflores y toquen a su puerta: verán que quien la abre es Maduro.

Claro, pueden pasar muchas cosas en ese largo trayecto… y seguramente pasarán. Pero no conviene basar los planes propios en imponderables ajenos: marines, sanciones, oficiales rebeldes, implosión, colapso de la nación, explosión popular. Ahí está Trump, quien amenazó a Corea del Norte con “furia y fuego”, a punto de estrechar la mano del dictador Kim (varias veces más comunista, autocrático, sanguinario y corrupto que lo que pueda ser Maduro) y sentarse a negociar con él. Claro, Maduro no tiene en su arsenal ningún arma nuclear amenazando territorio gringo, pero el pragmatismo estadounidense ya es legendario. ¿Y si Maduro, como parece, adopta las reformas económicas que todos le exigen y logra abatir la inflación? ¿El capitalismo planetario le dará la espalda a algunos jugosos negocios que aún pueden hacerse aquí? Más vale apertrecharse de las fuerzas propias, administrarlas y organizarlas bien para hacerlas más productivas, y no ilusionarse con espejismos tras los cuales sólo queda el desengaño y la desesperanza.

El gobierno tiene fortalezas. La primera de todas es la fractura y el desconcierto de una oposición que aún no acierta a despejar la incógnita acerca de qué fue lo que hizo posible que una despampanante victoria, como la de 2015, se convirtiera en este lodazal de derrotas en la que se encuentra sumida. Luego, claro, está el uso rampante, pedestre si se quiere, del poder: presupuesto, militares, policías, funcionarios, poderes públicos, en fin. Y por último esa absoluta falta de escrúpulos que desde hace tantos años distingue a nuestros gobernantes, lo que, claro, les facilita las cosas: mientras más pequeña sea la conciencia de lo que se hace, o más grande la coartada (¡la revolución!), más eficaz se hace el propósito de hacer lo que sea necesario para perpetuarse en el poder. Vale todo.

Pero claro, abundan las debilidades. Así como sus fortalezas comienzan por las debilidades de su adversario, el chavismo madurista encuentra sus principales debilidades en sí mismo. Por ejemplo, en su colosal ineptitud mezclada con corrupción que ha convertido estos últimos años en una verdadera catástrofe nacional. Su poder cruje cuando uno observa su incapacidad para atender la crisis en un espectro tan grande de calamidades que verdaderamente asombra que aún Maduro siga allí: agua, electricidad, pobreza, alimentación, transporte, vías públicas, basura, enfermedades, hiperinflación, deuda, inseguridad, cerco internacional, y un larguísimo etc. que daría cuenta de las infinitas áreas en las que el poder se confronta a diario con la más penosa derrota: nada puede resolver y todo mal parece ser ahondado por su gestión.

Así mismo, esas debilidades se muestran de cuerpo entero en su trasnochado dogmatismo ideológico que lo incapacita para la rectificación a fondo que se requiere. Cuando la ineficacia de algunos controles se hace más que evidente -por ejemplo, el cambiario y el de precios- esa fe religiosa del pensamiento marxista acartonado y mal entendido juzga que la razón no es el control mismo sino que no se ha implementado suficientemente, así que al control ineficaz agrega un control mayor… aún más ineficaz, por supuesto. Es de este modo que la cultura estatista hace que el gobierno parezca muy poderoso, pues se inmiscuye aquí y allá en todas las áreas de la vida social, pero que al final luzca débil pues nada de lo que se propone tiene algún resultado tangible y perdurable. El rey está desnudo. ¡Cuánto más fuerte sería si se ocupase con razonable eficacia sólo de áreas tan sensibles como salud, educación, infraestructura, y seguridad! ¿No son ellas acaso lo suficientemente complejas y exigentes?

Así que el futuro de la nación se descifra en esta dialéctica de debilidades y fortalezas maduristas. Ojalá gobierno y oposición, aislando sus propios extremos, puedan encontrar un terreno de diálogo, negociación y acuerdo en que, a partir del reconocimiento de unas y de otras, se propicie una transición pacífica, civil y nacional del autoritarismo proto-dictatorial que hoy tenemos a la democracia social progresista y productiva que todos, incluyendo la mayoría de quienes nos desgobiernan, queremos.

Vea otros artículos sobre el autor aquí en punto de corte


Suscríbete a nuestro canal en Telegram a través de https://t.me/PuntoDeCorte
Estamos también en Twitter @Punto_deCorteFacebook e Instagram