Caracas, 13 de agosto de 2018.

Por: Enrique Ochoa Antich*

@eochoa_antich       

Notas acerca de la oposición maximalista-esencialista-aristocrática

Nací a la vida política, allá por los remotos años 70 del siglo pasado, en un partido, el MAS, que se forjó en la ruptura con el pensamiento y la conducta de la izquierda comunista, en particular la venezolana. Nuestro catecismo fueron “las tesis del nuevo modo de ser socialista” que, además de apostar sin ambages por la democracia, cuestionaba el maximalismo y el esencialismo, esto es, la conducta (que Teodoro Petkoff, en su “Proceso a la izquierda”, llamó “falsa conducta revolucionaria”) según la cual siempre se exige lo más sin aceptar lo menos (desprecio por las reformas en nombre de la revolución, por ejemplo) y, por otra parte, se caracteriza los hechos políticos, económicos y sociales con los que nos relacionamos sólo por su esencia (sin considerar sus apariencias y sus mediaciones). Izquierdismo, la llamó algún clásico, o izquierda extremista.

Nada más parecido a la izquierda extremista de los años 70 que esta oposición extremista (muy de derecha, por cierto) de 2018. Desde hace años tengo para mí que la oposición venezolana requiere de “un nuevo modo de ser oposición” que supere a ésta maximalista y esencialista que en 20 años una y otra vez (2002, 2003, 2005, 2013, 2014, 2016, 2017 y 2018) nos ha arrastrado al desbarrancadero extremista, ocasionando derrota, inhabilitaciones, cárcel, y muertes, y dilapidando la fuerza acumulada con paciencia por la ruta democrática, única que ha aportado victorias a la sociedad democrática frente al régimen autoritario: 2007, gobernaciones y alcaldías, 2010, 2015. Todo esto se ha mostrado con protuberancia con ocasión de dos temas: el fulano carnet de la patria y el atentado contra Maduro.

Ha corrido por las redes y más allá de ellas la consigna formulada por esta oposición extremista-maximalista de rechazar el carnet de la patria como gesto, según se dice, de dignidad de un pueblo en lucha contra el régimen autoritario, un pueblo que se niega a ser chantajeado y manipulado por las migajas que ofrece la dictadura. Suena muy bien, ¿verdad? Tal vez si proviene de un lego de la política, pero que provenga de voceros consagrados de la oposición, en lo personal casi me provoca vergüenza. Un liderazgo si quiere ser tal, por definición debe pensar con el cerebro y actuar en consecuencia, no con el corazón ni con las vísceras. Lo primero que es evidente es lo que el movimiento JUNTOS postuló meses atrás: si el propósito de éste como de otros planes gubernamentales es manipular electoralmente al menos a una porción del pueblo, ¿qué mejor medida en contra de esa manipulación que inscribirnos todos en él? De hecho, es lo que la gente, más sabia que su liderazgo, ha venido haciendo: de 14 millones de carnetizados, sólo 6 votaron por Maduro. Mientras más sea la presencia opositora en él, más se anula su capacidad de manipulación. Pero está otro asunto que es más importante y es la causa de mi vergüenza y que me hace definir a la oposición extremista como una oposición “aristocrática”, que no siente las necesidades de los más pobres y que los mira con desprecio: ¿será que los promotores de esa necedad irán a decirle a quien recibe un salario de hambre, con hijos qué alimentar, que rechace el carnet y por tanto el CLAP, es decir, la leche de sus más pequeños, por decir algo? Debe ser que quien así habla tiene sus necesidades más que resueltas. Oposición burguesa, diría un madurista. ¿Se darán cuenta de que sin el CLAP buena parte de la población pasaría hambre (quien esto escribe, para no ir más lejos)? ¿Cómo así puede la oposición encarnar las esperanzas populares? Maximalismo y esencialismo llevan a que la oposición extremista, como ocurre con la izquierda extremista, hable desde alturas ajenas al pueblo, haciendo pedagogía y no política, “revelándole” al vulgo la verdad que ella conoce y nadie más, proponiéndole faenas que sólo la alta clase media puede acometer, en vez de acompañarlo en la realización de su propia experiencia.

Esto involucra su reacción frente a algunas de las medidas económicas anunciadas por el gobierno: posible levantamiento del control de cambio, incremente en el precio de los combustibles y de algunas tarifas de servicios públicos para reducir el déficit fiscal, reducción de la masa monetaria y de la emisión de dinero inorgánico, privatización de algunas empresas absurdamente privatizadas (como acaba de ocurrir con los abastos Bicentenario). Son todas éstas, acciones ha rato propuestas por la oposición. ¿Entonces? Posiblemente no son todo lo que se quiere y se debe. Pero no por luchar por un cambio radical de modelo deberíamos rechazar estas medidas, si con ellas se logra al menos abatir la hiperinflación y paliar el sufrimiento de millones de venezolanos. Aun apoyando estas reformas puntuales, la economía social de mercado plena sigue allá como propósito último del cambio democrático que todos queremos.

Luego está el atentado. Me pregunto: ¿por qué nos cuesta tanto admitir que alguno de estos grupúsculos extremistas, muy bien financiados, como sabemos, que cada día nos despiertan con una nueva extravagancia: salida a la fuerza, dimisión y luego cárcel para quien dimite y para todos sus ministros y exministros, intervención militar extranjera, persecución al chavismo, amenazas de muerte, violencia callejera, sanciones de todo tipo, deseos de muerte, lucha armada (la última), pueda haber organizado este atentado? Yo expreso aquí sin ambages mi rechazo al atentado cometido contra la persona de Nicolás Maduro. Repulso la violencia como método no sólo porque los venezolanos no nos merecemos una cambio de gobierno a sangre y fuego que no nos llevaría a ninguna parte sino a más violencia: la repulso por razones de principio, sí, porque creo en la vida y en la paz, porque no claudico en la esperanza de poder reconciliarnos más temprano que tarde todos los hijos de esta misma tierra, pero también porque al final termina siendo plato para el banquete represivo y dictatorialista del régimen. La ruta democrática, civil, pacífica, electoral y nacional ha sido probadamente en estos 20 años la única que ha ofrecido victorias: referendo constitucional de 2007, gobernaciones, alcaldías, parlamentarias de 2010 y de 2015. En contrario, la vía extremista sólo ha ofrecido dolorosas derrotas y fracasos que sólo consiguieron atornillar al adversario en el poder: golpe de Estado de 2002 que convirtió al golpista en demócrata y a los demócratas en golpistas, regalando la Fuerza Armada y la indulgencia y el apoyo de la comunidad internacional; el paro de 2002-2003 que entregó a PDVSA a las fauces del ogro filantrópico; la abstención de 2005 que cedió toda la AN y por tanto la totalidad de los Poderes Públicos; la denuncia de un fraude que no fue y las necias guarimbas de 2013 que por consecuencia directa nos hicieron perder la inmensa mayoría de las alcaldías en diciembre de ese mismo año; la absurda, dolorosa violencia y el maximalismo-esencialismo de 2016, 2017 y 2018 que nos impidieron acceder a la posibilidad de negociaciones y acuerdos que nos permitieran avanzar hacia unas elecciones presidenciales que, a condición de que votáramos todos, se pudieron haber ganado, logrando de esta suerte que dilapidáramos la histórica victoria de 2015 y más aún, todo el paciente proceso de acumulación de fuerzas emprendido desde que en 2006 rectificáramos el rumbo y tomáramos la ruta democrática. ¿Vamos a seguir por este sendero que sólo conduce al abismo?

La oposición maximalista-esencialista, que por su propia naturaleza se plantea el derrocamiento “a la fuerza” (María Corina dixit) de un régimen al que erróneamente define sólo por su esencia o por su vocación totalitaria como dictadura, naturalmente comparte, aplaude y propicia actos descocados como el del 4 de agosto. Pero la oposición democrática no puede darse el lujo de ser indulgente frente a un hecho como éste, como no debió haberlo sido nunca frente al golpe de Estado de Carmona, que tan perniciosas consecuencias tuvo para el país…. y para ella misma. A la oposición democrática le sale hoy condenar la violencia sin ambigüedades de ningún tipo: condenar el atentado y condenar los abusos de poder, exigir el respeto al debido proceso y una investigación imparcial de los hechos. Condenar la violencia y claro, condenar sus causas. Recuerdo que durante el alzamiento militar del 4 de Febrero sostuve, ante una pregunta de un periodista, que adversaba cualquier golpe de Estado, de izquierda o de derecha, pero que más aún adversaba las causas que lo habían hecho posible. ¿Quién puede discutirles a los marabinos que luego de ¡40 horas sin luz! tranquen calles y quemen cauchos? Por cierto, el liderazgo chavista-madurista debería darse cuenta de la olla de presión en que ha convertido al país todo y de que a él más que a nadie interesa propiciar un diálogo y una negociación que seriamente contemple la posibilidad de una transición pacífica del autoritarismo del partido/Estado a una democracia plena. Condenar sus causas, sí, pero condenar la violencia y por tanto tomar distancia del grotesco atentado. Éste debe ser su foco.

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