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(Opinión) Disney, Trump y la violencia simbólica de la sirenita. Por Dilancy May

Por Dilanci May
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Caracas, 22 de julio de 2019.

Una de las cosas más inocentes y graciosas que he escuchado es cuando alguien asegura que tal o cual película es puro entretenimiento o que el cine no es para nada ideológico.

Algunas veces, si ando de buen humor, le pregunto a quien ha dicho la inocentada si alguna vez ha escuchado hablar del ministerio de cultura norteamericano. Generalmente, en ese momento las personas me miran extrañados y es que no, la mayoría jamás ha escuchado hablar del ministerio de cultura en EE.UU. porque eso no existe, no es necesario; después de todo, para ellos, para los gringos, la cultura sí es trabajo de todos y no solo letra muerta en papel, como lo es para nosotros.

En ese mismo sentido, las personas creen que el cine norteamericano es solamente financiado por los grandes estudios e inversionistas privados, lo cual tampoco es del todo cierto, y es que usualmente los estados invierten fondos estatales en películas con la esperanza de multiplicar su inversión porque sí, en USA, a diferencia de nosotros, el cine es un negocio redituable. Un negocio redituable, una herramienta cultural capaz de construir modelos de pensamiento y de conducta en las masas, una de las invenciones más poderosas que pueda existír e indudablemente, ideología lista para consumir en su más puro estado.

En este contexto, las películas dirigidas a toda la familia, o especialmente a los niños, son el epítome de la violencia simbólica, después de todo, está dirigida a quienes son más suceptibles a ser manipulados para convertirse a la postre, en cómplices y defensores de esta manipulación.

Las ansias por manipular nuestras mentes de forma masiva, así como de producir fortunas, no es exclusiva de la clase política local, quienes lo hacen de manera burda y evidente. La mayor parte de las veces, basta con ver las noticias locales durante un par de horas para darse cuenta como aún hoy nuestro despauperado país es una fábrica de fortunas para quienes por re o por fa han sido favorecidos con la gracia de estar cerca del poder: nuestra corrupta clase política no es más que un puñado de niños jugando a “Alibaba y los cuarenta ladrones”.

Sin embargo, la más grande industria que existe en este juego de poder y manipulación es sin lugar a dudas Disney con quien muchos hemos crecido y ojo no estoy en contra de la corporación del ratón Mickey, después de todo ellos, a diferencia de nuestra clase política, no le roban a nadie solo hacen negocios según las reglas que existen en nuestra aún multicultural sociedad.

Tanto me gustan y disfruto sus productos que frecuentemente veo sus películas con mi hijo, y como no, el tiene juguetes producidos por esta corporación. Eso sí, yo tengo claro que mas que juguetes estoy regalandole a mi hijo material POP del último producto creado por una de las mayores trasnacionales de la comunicación que existe hoy en día. Si usted cree que puede juzgarme por ello; solo piense en cuándo fue la última vez que consumió algún producto con el eslogan, la cara o los símbolos de un político o partido político. En ese momento usted está haciendo lo mismo, con la diferencia de que yo lo hago consientemente y no es un acto de consumo involuntario, en el que creo que no hay un intento de manipulación: cuando yo me pongo una franela se lo que estoy haciendo, por eso la prefiero con la carita de Mickey Mouse que con la del político de turno.

Todo este proceso ideologizante que llevan a cabo las grandes trasnacionales del entretenimiento y la comunicación tiene, entre otros muchos objetivos, construir grandes audiencias de consumidores adoctrinados para consumir sus productos, sin pensarlo mucho, a cambio del placer de satisfacer sus aspiraciones, que en general han sido creadas y alimentadas por las mismas corporaciones es un círculo vicioso infinito pero eficiente, al extremo de llegar a ser absolutamente inconsiente.

Sin embargo, la máquina cultural necesita reinventarse, aceitarse de vez en cuando, lo cual genera un problema dado que sus creadores viven una crisis cultural sin precedentes, a lo mejor producto de la crisis cíclica de su propio sistema. Esto no evita que saquen ases de debajo de la manga y remakes a cada rato, como las películas “Live Action”, que son parte de la concreción de un proceso tecnológico que lleva años desarrollándose y cuyo camino aún no termina (la meta es dejar de utilizar actores reales y utilizar animaciones mucho más económicas y rentables para los estudios). Si bien Tom Hank cobra millones de dólares por interpretar la voz de Woody, lo que cobra Óscar Barberán por hacer el mismo trabajo en nuestro idioma, con resultados idénticos, es un chiste.

El cine es un negocio sumamente rentable, sobre todo si eres el dueño de la producción, realización, distribución, exhibición y las audiencias. Pero las audiencias pueden revelarse si sienten que el producto que consumen las está tratando de manipular, por eso es que, en general, la izquierda es tan torpe para manipular masas: tienden a ser evidentes, la audiencia se pone en guardia y protesta y la manipulación deja de funcionar.

Eso es más o menos lo que está sucediendo con los Live Action en este momento: Disney los está utilizando para probar una tecnología en la que ha estado invirtiendo grandes recursos durante años y realiza remakes de películas que, según los ejecutivos y las empresas de mercadeo, serán éxitos “seguros”, en medio de un negocio que es sumamente riesgoso (sí, el cine es un negocio de altísimo riesgo, donde una película puede generar miles de millones de dólares en ganancia, pero también puede generarlos en pérdidas).

El negocio es “seguro”, porque después de todo, quienes crecieron viendo y consumiendo La Bella y la Bestia querrán verla de carne y hueso. La concreción de su aspiración y el pináculo del acto de manipulación que encarcela la imaginación de los espectadores en una celda de máxima seguridad donde ya ni siquiera tenemos que imaginarnos como sería Bella si fuera de carne y hueso o a Lumiere danzando por los grandes salones del castillo porque la nueva tecnología nos lo da todo.

El problema está en que cuando nos cambian, en lo más mínimo, lo que nos han modelado durante décadas nos revelamos. Razón tenía Alvín Toffler en decir que somos reacios a los cambios, especialmente cuando vienen de una industria que normalizó las restricciones y reglas del Macartismo durante los años de la Guerra Fría hasta hoy, para convertir a los WASP (Blancos Anglosajones y Protestantes) y al “American Way Of Life” en modelos dominantes.

Es por esto que los milenial, y los no tanto, cuya imaginación es de adorno, no pueden ver a la Sirenita de otra forma que no sea pelirroja y no protestan por la falta de fidelidad con la historia de Andersen, pues para ellos la única Sirenita que existe es la de Disney y se sienten amenazados ante la posibilidad de una familia real neptuniana que sea negra.

En el fondo, todo se trata de que si Jasmín, Tiana, Pocahontas, Mohana, Elena, Esmeralda, Kira, Lilo y Nani son morenas, ¿a quiénes quieren incluir? Es el discurso misógeno y racista de Donald Trump contra las congresistas de minorías étnicas en el Congreso de los Estados Unidos; es la pugna entre el discurso demócrata y el discurso repúblicano; es la revelación ante el cambio de la violencia simbólica de la cual somos cómplices; es la incomodidad ante la posibilidad de que la dominación a la que hemos sido sometidos durante generaciones varíe, sin que hagamos nada para evitarlo.

En un mundo donde Trump desea obligar a México a convertirse en un país seguro para los EE.UU., los centroamericanos no tienen cabida, quienes huyen de las crisis humanitarias no pueden transitar libremente por ningún continente, nuestros hermanos venezolanos son víctimas de ese discurso y están siendo retenidos en las fronteras de Brasil, Colombia, Chile, Ecuador y Perú, ¿cómo puede levantarse una corporación de comunicaciones y entretenimiento a decir que:

“Sí, el autor original de La Sirenita era danés. Ariel es una sirena que vive en un reino submarino, en aguas internacionales, y que puede nadar, legítimamente, donde quiera (aunque eso le moleste al Rey Tritón). Pero por el bien de la discusión, digamos que Ariel también es danesa. Las sirenas danesas pueden ser negras porque las personas danesas pueden ser negras y, genéticamente, también pueden tener el cabello rojo”.

A final de la historia, todos hemos sido condicionados para defender de manera cómplice la violencia simbólica del discurso que nos oprime.

* Punto de Corte no se hace responsable de las las opiniones expresadas en los artículos, quedando entendido que son de entera responsabilidad de sus autores.


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1 comentario

Anónimo 27/07/2019 - 11:26

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