Caracas, 18 de marzo de 2019.

Por: Enrique Ochoa Antich *

@eochoa_antich

Con el colapso hemos topado, le diría hoy don Quijote a Sancho. Poco importa si la oscurana se debió a un ataque imperial (los EEUU son capaces de eso y de más) y de todas las fuerzas malévolas del universo mundo. Si fue un boicot terrorista de la oposición interna. O si fue el dogmatismo, el centralismo, el burocratismo, la ineptitud y los demenciales niveles de corrupción del régimen. De pronto fueron todos a la vez. El hecho objetivo, incontrovertible, fatal, es que por una mezcla de idiocia política entre gobierno y oposición, incapaces de sentarse a pactar una salida que no sea ni el perpetuacionismo diosdadista ni el «todo o nada» mariacorinista, y de negligencia en todos los órdenes, estamos llegando a una suerte de anomia, de salvajismo primitivo, de no-país. Cuando los habitantes de una nación peregrinan y menguan por dinero, alimentos, atención médica, electricidad, agua y etcétera, es porque el Estado ha dejado de ser. Lo que queda de él son sus ruinas.

Aquí queda la violencia, como recurso de los políticos que tienen el mando de los contingentes enfrentados, pues en el escenario de colapso nacional que vivimos, la política, la palabra, la persuasión, los acuerdos, son casi nostalgias. Lo penoso es que la mayoría, la inmensa mayoría del país apoya una resolución de la crisis mediante negociación y acuerdo y sólo una minoría entre cínica y desesperada, apela a una salida de fuerza. Pero aquélla se encuentra atenazada por el cepo de ésta vía chantaje moral y hechos cumplidos. Los dos extremos, aún minoritarios, tienen suficiente poder y financiamiento como para desoír el clamor de la nación.

Avergüenza que los venezolanos comencemos a contar poco. Internacionalizado nuestro conflicto, por decisión propia de algunos, ahora son otros los que comienzan a decidir nuestra suerte. Abrams y Riabkov debaten esta semana en algún hotel romano qué hacer con nuestro destino.

Entonces, el presidente de la AN no tiene mejor idea que desempolvar la malhadada consigna de la marcha del no-retorno. «A asaltar mi despacho presidencial», ha convocado. Escarrá, autor de la originalísima idea, sonríe a lo lejos. Si escuchamos con detalle el sonido de marras que ha circulado profusamente por las redes, observaremos que poco más o menos se invita a una insurrección, a otra «hora cero». Es decir, después del 10E, y del 23E, y del 12F, y del 23F… se nos vuelve a hablar de otro punto de inflexión. Esta vez, poco más o menos una guerra civil, como si se tratase de un juego de niños. Inmadurez e irresponsabilidad. ¡Esa sangre caerá sobre sus conciencias!

Imagina uno que en tales mentes afiebradas, se busca el caos, es decir, una etapa superior del colapso, para «legitimar», si es que algo así pudiese ser legitimado, una intervención militar extranjera gringo-colombo-brasileña. Una ignominia, pues. Y una vergüenza para quienes contemporizan, callan y otorgan. Sería hora ya de que la AN, mediante acuerdo explícito, rechace la hipótesis siquiera de una invasión a nuestro territorio. Trump golpea la mesa en su oficina oval y exclama: ¡Todas las opciones están sobre la mesa!, y aquí la oposición nada dice. Vergüenza que otros países hayan rechazado esa posibilidad y nuestro parlamento, órgano legítimo de representación popular, no haga lo propio.

En fin, pues, que en medio de este holocausto, nos queda al fin el recurso de refugiarnos en nuestros principios, no ceder en ellos, y salvar la honrilla: diálogo, negociación, transición pactada, acuerdo, voto, consulta al pueblo, paz, soberanía. Puede ser que luego de la furia inútil retorne la calma de la valiente moderación.

(*)  Político y escritor. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS). Miembro de la Concertación por el Cambio.

Vea otros artículos sobre el autor aquí en punto de corte


Suscríbase a nuestro canal de Telegram y YouTube
Estamos también en TwitterFacebook Instagram