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El Estado policial y la tortura. Por: Gabriela Ramírez

El Estado policial y la tortura. Por: Gabriela Ramírez

Caracas 08de febrero de 2018.

@gabrieladelmarp

No sabemos si el empalagoso nombre atribuido al Viceministerio de la Suprema Felicidad tenga algo que ver con el Ministerio del Amor descrito por George Orwell en su obra 1984.  El caso es que la historia nos cuenta como una de sus dependencias, la habitación 101, era el lugar en el cual a cada víctima se le torturaba selectivamente con lo que más temía.  De Winston Smith -protagonista de la novela- se supo que le tenía terror a las ratas por lo que las autoridades hicieron que las ratas lo mordieran como forma de causarle pánico.

Modernamente toda la legislación sobre a la tortura establece que es un mecanismo para arrancarle información a la víctima pero para Orwell su verdadera finalidad era quebrar la voluntad de los torturados.  De esa manera los sufrientes solo podían romper su ciclo agónico traicionando la propia dignidad al admitir la supremacía del partido y del Estado.

Aunque la tortura fue defenestrada jurídicamente de toda la legislación moderna, recobró su vigencia en algunos lugares del planeta con la fórmula del Estado policial.  El pretexto para otorgarle protagonismo a los uniformados en nuestro país ha estado enraizado en el problema conocido como inseguridad, aunque realmente se trate de altos niveles de violencia entre personas.   Con esta percepción sesgada ese problema lo único que ha hecho es crecer.

No obstante hoy en día es el enemigo político quien se ha ganado toda la atención del Estado, por encima de los delincuentes comunes.  El Estado policial lo encuentra mucho más peligroso que el delincuente que acumula –por ejemplo- más de una decena de víctimas fatales.  Se interpreta que el “delincuente” político al oponerse al Estado, se opone a la voluntad del pueblo y se hace merecedor del trato de “traidor” perdiendo todos sus derechos, inclusive el derecho a la dignidad humana.

Los eventos de persecución, captura y muerte a quienes el Estado concibe como “delincuentes políticos” contienen un duro ejemplo para quienes traicionen el Estado policial.  El reciente suceso de la parroquia El Junquito, en el cual siete jóvenes alzados que ya habían expresado su voluntad de entregarse con la presencia de un Fiscal, resultando muertos con tiros en la cabeza encarnan la voluntad estatal de aniquilar las ideas opuestas o rebeldes desde el mismo lugar en el cual se producen, la cabeza.  Sin que el país supiera claramente el destino de estas personas, el Presidente reiteró en su mensaje anual que quienes se atrevieran a transitar esos pasos, correrían el mismo destino. El Estado se sitúa por encima de los mas elementales derechos individuales y asume una supremacía jurídica que justifica cualquier castigo.  Es el sistema de gobierno concebido como totalitarismo. A principios de esta semana el abogado del capitán Caguaripano reveló a los medios de comunicación que su defendido había sufrido desprendimiento de ambos testículos, producto de descargas eléctricas recibidas en prisión.  ¿Qué hizo que los maltratos  se concentraran el los genitales del uniformado?  Difícil conocer las motivaciones de sus torturadores pero en un país en el cual algunos niños son golpeados hasta morir por sus padres,   otros son violados por personas cercanas o integrantes de bandas asesinan inocentes con crueldad hoy constatamos que la mayor dosis de encono y violencia policial recae sobre los “delincuentes” políticos.  Este hecho define una nueva forma de gobierno, mas interesada en mantener el poder, exhibiendo su propia crueldad contra sus enemigos reales o potenciales que en un Estado social interesado en atajar los zarpazos que la violencia le propina de manera general al pueblo en sus conjunto.

Nuestro gobierno nos transmite que ha llegado el tiempo en que cada quien debe salvarse a sí mismo, porque todo el aparato policial está enfocado en aniquilar judicial o físicamente quienes amenacen al poder. Y esta práctica la desplegarán, aunque se conviertan en reforzador y ejemplo de los ciclos violentos que estamos llamados a erradicar. La premisa que resume ese afán de control sea el conocimiento que –como aseguró Orwell en su profética novela- lo más característico de la vida moderna no sea su crueldad ni su inseguridad, sino sencillamente su vaciedad, su falta de contenido al defender con mecanismos tan cruentos una Revolución que perdió en el camino todas las cualidades humanísticas que la condujeron al poder.

Para leer otros artículos de opinión de Gabriela del Mar Ramírez dale click aquí

 

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