Caracas, 14 de enero de 2019

Por: Enrique Ochoa Antich *

@eochoa_antich

Hay una diferencia, como sabemos. El DRAE, en su primera ascepción de cada una de estas palabras, la establece así:

De esperanza nos dice:

«Estado del ánimo en el cual se nos presenta como posible lo que deseamos».

De la palabra ilusión nos dice:

«Concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos«.

Como puede verse, esperanza alude a una posibilidad; ilusión, a irrealidad y engaño.

Creo que la oposición democrática está hoy colocada frente a la disyuntiva esperanza/ilusión. Me explico.

A raíz de esta coyuntura del 10 de enero, fecha en que con arreglo a la Constitución de la República, el nuevo presidente debe juramentar su cargo, el extremismo opositor intentó acelerar el proceso hacia una mítica «batalla final» (tan cara a todo extremismo, de izquierda o de derecha). Así, nos presentó esa fecha como un punto de inflexión en el que por fin se produciría el «quiebre» del régimen. El Palacio de Invierno de este razonamiento era la asunción por parte del nuevo presidente de la AN de la presidencia de la república, con base en una laxa lectura del artículo 233 de la Constitución y de la supuesta usurpación del poder por parte de Nicolás Maduro.

Al margen de lo discutible de esta lógica constitucional, el hecho político es que la fuerza hegemónica en la AN, conformada hoy por PJ y VP y contemporizada por AD y UNT, decidió no dar este paso final… todavía, según dicen. Remiten su consumación al pronunciamiento de quienes tienen las armas de la república en sus manos: los militares. Así, palabras más, palabras menos, lo ha hecho saber el nuevo presidente de la AN. Es decir, se espera que esta crisis de legitimidad conduzca a una sumatoria tal de fuerzas que el régimen dominante se venga abajo. Esas fuerzas serían: «asunción» de facultades propias del Poder Ejecutivo por parte de la AN (como proclama su último acuerdo), el cerco internacional al gobierno, la protesta de calle y….. los militares. Esta estrategia tiene una versión que no dudo en calificar de infame: toda esta crisis, incluyendo la confrontación entre dos eventuales ejércitos al costo de centeneras o miles de vidas (una pequeña guerra civil), podría servir de excusa para legitimar una intervención militar extranjera gringo-colombo-brasileña, que yo me apresuro a rechazar con toda mi pasión venezolanista.

Así, en ese extremismo light que se acerca al borde del abismo pero no se arroja a él, que coquetea con la idea de tomar todo el poder desde el parlamento pero no llega ni siquiera a intentar a hacerlo (porque sabe que no tiene con qué), la oposición dominante en la AN ha logrado despertar la imaginación popular que vuelve a creer, como tantas otras veces, que la hegemonía política chavista-madurista y la catástrofe económica y social que hoy la acompaña, están por tocar a su fin. Y, con base en esa promesa, otra vez la calle parece activarse luego de la criminal desmovilización que provocó la prédica abstencionista. ¿Esperanza? ¿Ilusión?

Dicen muchos: políticos, columnistas, analistas, ciudadanos en general, que se ha recuperado la esperanza. Y sí, allí está. Millones de compatriotas se encuentran hoy de nuevo esperanzados en el cambio posible. Es entonces cuando un político de verdad, que piensa con el cerebro y no con el corazón ni con otras vísceras, y que debe tener siempre los pies en el piso, saca cuentas con frialdad para saber qué hace y qué propone… y hacia dónde intenta conducir a esa masa que quiere cambio.

Mi perspectiva realista es la siguiente:

• La correlación de fuerzas interna no favorece a la oposición: sí, tiene a su favor el masivo rechazo de los venezolanos al gobierno; sí, tiene a su favor la colosal ineptitud del gobierno que plan tras plan, sólo consigue ahondar la crisis y las penurias de los venezolanos; pero el gobierno tiene hasta nuevo aviso el control sobre: Poder Ejecutivo, es decir, sobre el presupuesto nacional, todas las instituciones excepto la AN, es decir, el TSJ, la Fiscalía, la Contraloría, la Defensoría, casi todas las gobernaciones, casi todas las alcaldías, y… la Fuerza Armada (hasta nuevo aviso), además de una estructura política organizada, con una militancia ideologizada y con sentido de pertenencia, varias veces superior -en cantidad y calidad de combate- a la de la oposición.

• Para compensar esta realidad, la oposición tendría que animar, como una parte de ella anima, la injerencia de gobiernos extranjeros en nuestros asuntos internos: sanciones económicas a connacionales y al país, cerco diplomático, y, de ser necesario, una intervención militar extranjera gringo-colombo-brasileña: para ser honestos, la vía de la confrontación total con el régimen, sin diálogo y sin negociación, tiene sólo una posibilidad real de éxito: la intervención militar extranjera. ¿Tienen eso acordado? ¿Es posible que ocurra?

• Si no se tiene esta capacidad de fuego, aunque sea mancillando el honor nacional (y por eso mi rechazo rotundo a esta posibilidad), entonces sólo queda, con base en la correlación de fuerzas más arriba descrita, el diálogo y la negociación: es decir, diseñar un tipo de transición que no puede partir de la rendición incondicional del otro, como algunos oposicionistas sueñan, sino una en la que, como en todas las transiciones exitosas que en el mundo han sido, se incluya a quien eventualmente va a dejar el poder, haciéndolos formar parte del Estado cuando no del gobierno que resulte de ella.

Suelo decirles a mis amigos extremistas: si tienen con qué derrocar a Maduro, ¡háganlo! Y tengan la delicadeza de hacerlo cuanto antes a ver si superamos este percance doloroso y criminal en que nos encontramos como nación. No sigan buscando excusas. Inténtenlo, así al menos salimos de dudas. Por eso a veces prefiero al extremismo mariacorinista que al menos es coherente y vertical que a la ambigüedad del extremismo light que dice que es pero no termina de serlo. Porque si ése es el objetivo y quieren lograrlo mediante un camino diferente al diálogo y la negociación y no lo logran digamos en un plazo de seis meses, habría que evaluar, obtener las lecciones del caso y pedirles que se hagan a un lado.

Y si saben que no tienen cómo, admitan entonces con coraje ante el país y el mundo que la única forma de superar esta tragedia nacional es mediante el diálogo, la negociación, el acuerdo, el encuentro y la reconciliación. Designen en la AN una comisión especial de diputados negociadores que se apersone en Miraflores y vaya a hablar con Maduro (si lo hace la comunidad internacional: ONU y embajadores de la Unión Europea, por ejemplo, ¿por qué no nosotros?). Recojan el guante que les lanzó Maduro y acepten la mediación de la ONU (el movimiento JUNTOS lo propuso en su encuentro nacional hace meses y agregó a México y Chile). Al menos hablen del tema pues resulta preocupante que en ninguno de los documentos de esta nueva legislatura el punto aparezca por ninguna parte.

En resumen: la esperanza que se ha despertado, si es que lo es, debe coagular en un resultado concreto. Me temo que cuando se la vincula al derrocamiento pronto de Maduro, esta esperanza sea más bien ilusión irreal y engañosa (como esas ilusiones que se producen frente a un espejismo). Para que la esperanza lo sea de veras, debe orientarse al único territorio posible que tenemos a la mano: el diálogo y la negociación gobierno/oposición, Poder Ejecutivo/Poder Legislativo, Estado autoritario/sociedad democrática. Y así debe proclamarlo explícitamente la dirección opositora de hecho, ésa que está en la AN. La concentración de este 23E sería buena ocasión para hacerlo.

(*)  Político y escritor. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS). Miembro de la Concertación por el Cambio.

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