Por Gabriela Ramírez

@gabrieladelmarp 

Aunque un ex ministro aseguró que la inflación no existe. Lo cierto es que cada día que transcurre, los precios escalan de manera asombrosa. La cabeza del hogar hace una cuenta muy sencilla y es que si ya gastó sus ahorros, vendió sus prendas, su carro o cualquier bien por el que pudiera recibir efectivo y no tiene como estirar más la arruga, tendrá que tomar una decisión radical para subsistir.

Esta resta sostenida le ha hecho comprender a un número creciente de personas que deben perforar la frontera y dedicarse a un oficio de supervivencia en cualquier otro país que posea una economía medianamente sana para recuperar la capacidad de mantener a su familia. Un sueldo mínimo mensual puede cubrir hoy en Venezuela tres o cinco productos de la cesta básica, suponiendo que esa persona se rehúse a pagar los servicios públicos o la renta de su casa.

Los imprevistos están prohibidos.  Hoy, es materialmente imposible, cubrir las necesidades de una familia, aun cuando todos sus integrantes se encuentren activos laboralmente.  Los efectos de un proceso hiperinflacionario golpean con más injusticia a las familias asalariadas.  El aumento de los costos no es equitativo en el reparto de la desdicha.  Afecta de manera directa a la clase media y la clase baja, quienes han erosionado en los últimos años sus ahorros o se han desprendido de bienes con la esperanza que en algún momento el espiral no termine de devorarlos.

A esta velocidad, el año próximo aumentará el número de personas deambulando alrededor de las bolsas de basura que, en algunos casos, tienen clientela fija. Por ejemplo, en varios puntos del municipio Chacao, se ha naturalizado la presencia de grupos de diez a quince personas que tienen como oficio esperar que el personal de limpieza baje las bolsas de desechos para que, a su vez, ellos puedan iniciar el trabajo de mirar que “tesoros” descubren en la basura.

Para la mayoría de nuestros compatriotas parece imposible en el corto plazo, mantener alimentados y sanos a sus familiares por lo cual muchos de ellos están abandonando el país y dedicándose a oficios de limpieza, parqueo, etc. en otros países en los cuales la brecha entre lo que se gana y lo que se requiere para subsistir es mucho menor.  Ha sido por la vía de la necesidad y no de la aspiración que nuestro país se ha convertido por primera vez en su historia, en productor masivo de migrantes.  Y esto va a duplicarse o triplicarse en los próximos meses con la estrategia de subir el sueldo casi trimestralmente, pulverizando a la moneda nacional.

Los mecanismos de control para perpetuar estas condiciones lesivas para nuestro pueblo tienen una directriz: atomizar del malestar. La mayoría está secuestrado por su propia necesidad.  Al menos un 15% de la población subsiste exclusivamente con la entrega de las bolsas CLAP, mientras que casi un 30% las necesita como un complemento indispensable para completar las calorías que necesita su familia semanalmente.  Por eso, mientras las prioridades de unas  familia están en conseguir del dinero para comprar el CLAP o esperar el operativo para asegurar la dieta de los suyos, otras personas dedican su tiempo a deambular por todos los bancos de la ciudad intentando reunir efectivo.

El pueblo venezolano está encadenado a una cola o a la espera de alimentos subsidiados para cubrir sus necesidades de manera precaria.  Es una fórmula segura para que no se esparza la conciencia del cambio necesario y la necesidad de generar redes de solidaridad que permitan enfrentar una situación de tanta carestía e indefensión social. La incapacidad del liderazgo democrático nacional para empinarse por encima de los intereses que tienen sus organizaciones y enfocarse en la consolidación de un Acuerdo para rescatar la Constitución y definir una ruta para restaurar la democracia es –probablemente- el signo más trágico de nuestra tragedia.

La desconfianza colectiva alimenta las posibilidades de nuestros verdugos sin que cesen las acusaciones mutuas entre dirigentes o los desplantes de quienes se creen los ungidos para dirigir a la oposición.  Con mucha razón Gandhi le aseguraba a su pueblo que solo serían independientes cuando estuvieran preparados para conducirse como ciudadanos libres.  Las lecciones que nos dejarán este episodio de nuestra historia serán muy duras, hasta que comprendamos que tenemos que cohesionarnos sin otra aspiración que salvar nuestra patria.  Y ese anhelo, en estos tiempos, quizá sea lo mas ambicioso que podamos desear.

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