Select Page

(Opinión) Izquierdas y centro-izquierdas. Por Enrique Ochoa Antich

(Opinión) Izquierdas y centro-izquierdas. Por Enrique Ochoa Antich

Caracas, 15 de octubre de 2018.

Por: Enrique Ochoa Antich *

@eochoa_antich

Moderados y radicales. Girondinos y jacobinos. Mencheviques y bolcheviques. La historia de las izquierdas, en particular a lo largo de todo el siglo XX, fue una larga lucha entre quienes miraban los procesos históricos pactando con la realidad para procurar transformarla, por una parte, y quienes, por la otra, pretendieron, en general fallidamente, suprimir la realidad existente para, sobre sus ruinas humeantes, levantar una nueva, el palacio de luz, el reino de la libertad, el mundo de libres y de iguales que, por supuesto, todos soñamos. Los cambios impulsados por los primeros, con todo y ser menos dramáticos, terminaron por ser más perdurables en el tiempo; los que impulsaron los segundos produjeron, claro, algunos cambios irreversibles, pero al final se desfondaron en su propio fracaso, debiendo acudir a etapas teóricamente ya superadas (los “comunismos” que dan paso hoy a sociedades ferozmente capitalistas).

Esto fue así muy especialmente cuando alguna de las izquierdas accedía al poder. Colocadas frente a la realidad cara a cara, unas y otras reaccionaron de modo diverso. Fue, por ejemplo, la Nueva Política Económica de Lenin (la famosa NEP, a la cual me referiré más abajo), que se propuso un cierto repliegue aunque fuera táctico en materia de reconocimiento de la propiedad privada y del incentivo al beneficio individual (en el campo, especialmente) a los fines de superar el inmenso caos que se estaba produciendo debido al extenso proceso de expropiaciones posterior a la revolución de Octubre. Esa política produjo un importantísimo crecimiento de la producción agrícola. Lógicamente, la NEP fue criticada por la llamada “oposición de izquierda” (de Trotski) y luego liquidada por los planes quinquenales, centralistas y férreamente estatistas, de Stalin. O fue, por contraste, el tristemente célebre “Gran salto adelante” de Mao en China que partía de la idea de considerar que todo repliegue era una traición y que se propuso resolver los principales problemas económicos profundizando la colectivización y la estatización de la economía. Sin embargo, a diferencia de la NEP de Lenin, el “Gran salto adelante”, defendido con paroxismo por la izquierda radical no sólo en China sino en todo el mundo (por esos años, ¡hasta Sartre fue maoísta!), sólo condujo a una profundización del caos y del atraso económico y a pavorosas hambrunas que les costó la vida a millones de chinos (se dice que entre 18 y 30).

II

Luego del debate entre los llamados (por Marx, versador interesado) “socialismo utópico” y “socialismo científico” (éste el marxista, por supuesto), y entre Bakunín y Marx, entre marxistas y anarquistas, Comuna de París mediante (debate en el que, sorpresa, Marx representaría a la centro-izquierda y Bakunín a la izquierda más radical, o, si se quiere, aquél a la izquierda y éste a la ultra-izquierda), la confrontación que ha definido por más de un siglo el deslinde ideológico y político entre izquierdas y centro-izquierdas es el que tuvo lugar a principios del siglo pasado en el seno de la socialdemocracia alemana: entre Bernstein y los marxistas dogmáticos como Kautsky, por una parte, y, por la otra, entre éstos y los bolcheviques de Lenin. II y III Internacional. Veamos.

Esta historia no es un cultismo impertinente: aunque luzca un desfase temporal, nos atañe directamente, en tiempos del “socialismo del siglo XXI”. Resumiendo, diríamos que son dos los asuntos que aquel deslinde se planteó: por una parte, el tema de la distinción entre reforma y revolución; el segundo, el del desarrollo del capitalismo como condición para gestar desde su seno la posibilidad de una revolución socialista.

Respecto del primero, el contraste lo definieron Las premisas del socialismo expuestas por Bernstein (se dice que para publicarlas esperó que falleciera Engels, su maestro, para no darle en vida el disgusto que a no dudar le causarían sus tesis “revisionistas”) y condenadas por toda la socialdemocracia europea (excepto la sueca, dicho sea de paso, y no es casual). Bernstein no sólo comprobó con estadísticas en la mano cómo buena parte de las profecías de Marx y Engels no se habían cumplido (la proletarización de las clases medias, por ejemplo), sino que postuló con rigor la pertinencia del credo reformista. Lo cito de memoria: “El movimiento lo es todo. El fin último no es nada”. Me gustaba sostener en tiempos de debates parecidos en el MAS allá por los años 80, que la única revolución posible era la que se derivaba de la acumulación y de la arquitectura de las reformas que se produjesen. La idea misma de la “ruptura revolucionaria” no era más que un mito pues lo que en realidad se producía en las sociedades sometidas a cambios profundos, políticos, económicos, sociales, no era un quebrantamiento, una ruptura (que según sus defensores podría ubicarse en el tiempo y en el espacio: el asalto al Palacio de Invierno octubre 1917, por ejemplo) sino más bien un largo y progresivo desgarramiento: es decir, una evolución. De modo que cualquiera que en los tiempos presentes se quiera proponer algo parecido a un proyecto socialista, en el sentido de construcción de una sociedad justa e igualitaria en el plano de lo social, debe hacerlo como proceso reformista, por lo tanto evolutivo, y no propiamente revolucionario. O, en todo caso, revolucionario sólo en tanto en cuanto acumulación progresiva de reformas.

Eso nos lleva al otro asunto: eso que puede definirse aproximadamente como socialismo democrático/liberal, es decir, una sociedad que, respetando la libertad de los individuos y la democracia, asegure niveles de justicia social y de progreso material y espiritual para todos por igual, es sólo planteable a partir del desarrollo impetuoso del capitalismo, condición sine qua non para que el incremento de las fuerzas productivas permita la distribución de la riqueza, de la abundancia, y no de la escasez y la pobreza. Es el tema que deben debatir quienes, desde posiciones de gobierno, e inspirados honestamente en ese ideal socialista, enfrentan crisis económicas que sólo pueden ser resueltas profundizando el capitalismo, aún desde un Estado fuerte y con vocación social, y no radicalizando, como proponen algunos, una revolución que en realidad no lo es.

III

Echemos una ojeada a la otra gran confrontación: la que se produjo en 1917 y años sucesivos entre los socialdemócratas alemanes y en general europeos agrupados en la II Internacional y los comunistas-bolcheviques de Lenin que desde la Rusia zarista y luego soviética, y agrupados en la III Internacional, impactaron con su impronta a toda la izquierda y en particular a la izquierda radical del planeta.

Con un artículo titulado La Revolución contra ‘El Capital’ celebró Gramsci la revolución de los bolcheviques. No contra los capitales amasados por los burgueses (en la Rusia feudal de entonces muy precarios) sino contra la principal obra escrita por Marx. Incluso llega a decir que, en cierto sentido, los bolcheviques no eran marxistas. Así plantea el punto Gramsci: “Los hechos han superado las ideologías. Los hechos han reventado los esquemas críticos según los cuales la historia de Rusia hubiera debido desarrollarse según los cánones del materialismo histórico. Los bolcheviques reniegan de Carlos Marx al afirmar, con el testimonio de la acción desarrollada, de las conquistas obtenidas, que los cánones del materialismo histórico no son tan férreos como se pudiera pensar y se ha pensado”. Y por último formula la pregunta esencial: “¿Por qué debía esperar ese pueblo que la historia de Inglaterra se renueve en Rusia, que en Rusia se forme una burguesía, que se suscite la lucha de clases para que nazca la conciencia de clase y sobrevenga finalmente la catástrofe del mundo capitalista?”. Los socialdemócratas alemanes, con Kautsky a la cabeza, y los propios mencheviques rusos, defendieron la tesis según la cual era condición sine qua non de una revolución socialista, el desarrollo del capitalismo, de sus fuerzas productivas, de sus clases sociales, etc. Ya Lenin, mostrando la faz de un político genial pero no de un marxista apegado a la doctrina, había escrito en sus Tesis de Abril (¡sólo dos meses después del derrocamiento del régimen zarista!) que (cito de memoria) “el poder político se ha desplazado de una clase a otra y, por tanto, la revolución burguesa ha sido ya consumada”, como si en nada más ese acto político pudiese resumirse la larga, la secular revolución capitalista, económica, social, cultural, tecnológica, que aún estaba teniendo lugar en la Europa occidental. Tengo para mí (o quiero tener para mí) que luego de la aplicación de la Nueva Política Económica que restituyó en los años 20 la propiedad privada en el campo y por tanto el capitalismo en Rusia, Lenin habría comprendido el tamaño de su error y actuado en consecuencia. En Rusia, al final, se conformó un Estado comunista totalitario que se vino abajo por su propio peso, mientras la centro-izquierda europea lograba edificar el Estado social de bienestar que, dentro de un contexto de desarrollo del capitalismo, logró las sociedades más igualitarias y más felices en 5.000 años de historia escrita, donde, con marchas y contramarchas, libertad, justicia, oportunidades y progreso para todos han sido no sólo un sueño sino una realidad tangible que se construye todos los días.

Los venezolanos de hoy en día podríamos responder la pregunta de Gramsci con facilidad habida cuenta de nuestra historia reciente. ¿Por qué? Porque sólo en el desarrollo impetuoso de las fuerzas productivas, que hasta nuevo aviso sólo ha conseguido de modo perdurable en el tiempo la iniciativa privada, individual, es decir, sólo en el desarrollo del capitalismo, puede producirse la riqueza que el socialismo postula distribuir justa y democráticamente entre todos para edificar una sociedad de justos y de iguales pues de lo contrario lo único que se reparte es la escasez y la miseria. Al menos en nuestro país, la verdadera revolución la constituye la creación de una sociedad capitalista moderna, con la presencia de un fuerte Estado con vocación social, de un Estado socialista, si se quiere, pero sociedad capitalista. Los chinos lo entendieron a cabalidad y allí están los resultados, sólo que bajo una dictadura totalitaria que cercena todas las libertades democráticas del pueblo. Ojalá este antiguo debate (que es imposible abordar adecuadamente en las pocas líneas de esta columna) sirva al menos de referencia histórica a quienes diciéndose socialistas ejercen funciones de gobierno.

*  Político y escritor. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS). Miembro de la Concertación por el Cambio

Vea otros artículos sobre el autor aquí en punto de corte


Suscríbete a nuestro canal en Telegram a través de https://t.me/PuntoDeCorte
Estamos también en Twitter @Punto_deCorteFacebook e Instagram

 

Suscríbete a nuestro canal de Youtube

Secciones