Caracas, 13 de agosto de 2019.

Por: Enrique Ochoa Antich *

@eochoa_antich

Helo allí, jocoso, insultante, escatológico. Todo un showman, como lo fuera su paredro. Claro, menos enjundioso y más prosáico. Canta, ríe, se burla de sus adversarios que convierte en enemigos fatales.

Si soy sincero, repulso ese programa desde su propia designación: el mazo de Trucutú sobre la mesa que es su emblema retrata esa curiosa predilección por expresiones amenazantes y violentas. Pero paso y gano.

Lo veo semanalmente. Agradezco a la providencia el novísimo dispositivo de poder grabar las transmisiones televisivas. Si en series y películas puedo así saltarme comerciales y reseñas, aquí obvio casi todo el programa y me concentro en dos o tres momentos: la cartelera de tweets y noticias, los vídeos, y, a veces, uno que otro chisme. En particular, es una de mis fuentes para saber en qué anda esa especie tan semejante a la de Diosdado, la de los opositores extremistas, confundidos, pitiyanquis, resentidos.

Lo veo semanalmente y confirmo que aborrezco un proyecto fascista-stalinista que, no contento con haber devastado al país, pretende perpetuarse en el poder. ¡No te digo yo!, farfullo para mí, ¡Habrase visto tal desafuero! Con toda mi alma, rechazo el caudillismo-autoritarismo-militarismo-centralismo-estatismo-populismo de este chavismo-madurismo que hizo perder en los vientos la esperanza de cambio democrático que incubamos como nación durante los 80 y los 90.

Él no lo sabe, pero los tweets míos que lee en cámara son los que yo escojo para tal fin. Cuando quiero que el elector chavista y aún madurista compruebe que en la oposición no todos somos vasallos del imperio ni golpistas ni invasionistas ni corruptos. Que aquí hay un espacio de centro democrático para la reconciliación, para pasar la página de 20 años de chavismo y antichavismo y mirar al futuro con nuevo espíritu, para un cambio democrático en paz. Y cuando no lo quiero, tengo la manera de desaparecer de su cartelera. No voy a revelar mis métodos, claro.

Mencionado por Diosdado varias veces, lo invité a conversar, más que ha debatir, frente a las cámaras y los periodistas, sobre los grandes temas nacionales. En esa ocasión, el caballero dijo que jamás en la vida, que yo sólo buscaba notoriedad, que etc., etc. Lamenté la respuesta pues pensaba que era una ocasión para mostrar al país algún ejemplo de civilidad.

Claro, del otro lado saltaron a la palestra los demonios de la intolerancia (y de la estupidez) oposicionista. Traidor, colaboracionista, pagado en dolares, gritó la jauría extremista. Yo ni los ignoré, como dijo aquél.

Ahora ha ocurrido que el vice del partido (del partido/Estado, es decir, de la república) lee otro tweet mío con fruición:

Las recientes sanciones de EEUU son terribles para el país, escribí. Diosdado está feliz.

Como siempre, pagarán los débiles sociales, los más pobres. Diosdado enfatiza esta frase.

Apuestan al hambre y al arrase para derrocar a Maduro. Diosdado no cabe de contento.

Y entonces, como si cayera en una emboscada, lee, tiene que leer en voz alta y clara, la última frase: Es en lo único que parecen estar de acuerdo Maduro y Trump: en matarnos de hambre.

Me llama ¡Cobarde! porque he tenido la osadía de mencionar a Maduro. ¿Ven?, ¿ven?, le dice a su audiencia, mete a Maduro porque es un cobarde, porque teme el qué dirán de los extremistas.

¡Ja!, riposto yo. ¿Es que no sabe o se hace el que no sabe de mi deslinde rotundo y terminante con una oposición extremista e invasionista con la que yo no iría ni a la esquina?

Pero curiosamente, me invita a conversar. Claro, dice que pase primero por la plaza Bolívar, que me vean todos (como si yo quisiera ocultar el encuentro cuando sabe que es todo lo contrario), y es como un general samnita invitando al ejército romano a pasar por las horcas caudinas. De acuerdo, me digo yo. Llegaré íngrimo y solo. Como lo que soy, un ciudadano de a pie. Que mi debilidad sea mi fortaleza. Caminaré desde la esquina de Gradillas y cruzaré esa plaza por cuyos predios tanta política hice (familiares de las víctimas del 27F, pensionados del IVSS, enfermos renales, discapacitados, en fin). Y veremos qué pasa. Tengo plena confianza en que los activistas del madurismo respetarán mi integridad física porque si no lo hicieran, sería una mácula más para ellos. Más perderían ellos. Y en todo caso, Venezuela vale ese mínimo riesgo.

Una única condición pedí en la carta dirigida a Cabello: que mientras estén presentes los medios oficiales del Estado también lo hagan los medios privados y comunitarios.

Y como este escrito se ha prolongado en exceso, dejo para una futura ocasión, quizá para cuando la invitación se formalice (si es que se formaliza) lo que pienso decirle al anfitrión, comenzando por preguntarle si vale la pena gobernar así, achicharrando el capital político que les heredara Chávez, y si no será mejor pactar y negociar una retirada en orden. Por el bien del país, digo.

Así que, Diosdado, el Sebin tiene mis números. Tú sabrás cómo contactarme. Aquí quedo a la espera.

(*)  Político y escritor. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS). Miembro de la Concertación por el Cambio.

* Punto de Corte no se hace responsable de las opiniones expresadas en los artículos, quedando entendido que son de entera responsabilidad de sus autores.

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