Por: Enrique Ochoa Antich

Había pensado dedicarle este artículo a las penosas declaraciones de Luis Almagro, el mayor colaborador internacional del gobierno, en las que acusó a Henri Falcón de ser “peón de Maduro”. Falcón con elegancia y ponderación le respondió con acierto: “es usted quien le hace juego al gobierno”. Pero prefiero seguir las orientaciones de JUNTOS La Venezuela que viene, la organización política a la que pertenezco, que en sus documentos fundacionales estableció que evitaría sumergirse en el pantano de los debates intra-oposición y que de la extinta MUD ni siquiera hablaría. Así que ocupémonos de asuntos que interesan a la mayoría de los venezolanos.

Entre el chavismo y el madurismo hay muchas diferencias, aunque buena parte de lo que hoy vivimos sea la resulta de lo que se hizo antes: éste es el legado, suelo decirles a mis amigos chavistas. Está el liderazgo de Chávez, por ejemplo, que a duras penas Maduro trata de emular. Así mismo, la base popular de apoyo que pasó de ser clamorosa y en buena medida espontánea a burocrática y exclusivamente clientelar.

No digo ni mucho menos que Chávez no hubiese construido una relación clientelar y populista con los sectores más pobres de la sociedad venezolano. Lo hizo. Era un caudillo con fuertes componentes decimonónicos (como el propio Fidel, lo que puede establecerse con claridad con la lectura del libro que acerca de este último escribiera Américo Martín: en lo personal, descubrí a un Fidel que no conocía, más personalista que revolucionario) y por tanto echaba mano de una relación más de dominación que de empoderamiento del pueblo. Así mismo, buena parte de su liderazgo se basó en el dispendio presupuestario: Chávez es inseparable del petróleo a $ 100, y así será registrado por la crónica histórica.

Pero sin duda era más que eso: su liderazgo se basó también en un discurso reivindicador y justiciero, incluso de lucha de clases, que una oposición aristocrática y de alta clase media se encargó de remachar una y otra vez por tres lustros. Sus programas sociales seguramente tenían una motivación en la búsqueda del poder y en la pretensión de perpetuarse en él, pero no hay duda de que él y muchos de quienes lo acompañaron tuvieron una genuina intención de favorecer a los más pobres y en general a los débiles sociales.

Con Maduro, a falta de liderazgo y de discurso, teniendo que verse las caras con la resulta de una gestión autoritaria, centralista, militarista, estatista, y populista que por algún lado iba a hacer aguas, y además confrontado a su propia incompetencia, el ejercicio del poder se ha hecho escueto y burocrático. La oligarquía madurista ejerce su dominación sobre la base de nómina y presupuesto. Sin liderazgo real, su discurso no es político sino administrativo.

Es así como se produce un hecho curioso y hasta paradójico, casi irónico, y que debería serles penoso a quienes ejercen el poder: acechado por una crisis económica y social que su propia ineptitud ha creado, al no ser capaz de enfrentar las atrofias heredadas del pasado y sin renegar de Chávez, superar y corregir sus errores (como los chinos con Mao, por decir algo), ha resuelto aprovecharse de la penuria que él mismo ha creado para convertirla en parte de su hegemonía política. Por una parte, ha descubierto, con todo género de atropellos a los derechos democráticos de los venezolanos y aprovechándose de la ayuda invalorable que le presta una oposición fracturada entre extremistas y moderados, la magia de ganar elecciones aún siendo minoría: si una parte de la oposición se queda en su casa cuando toca ir a votar, la ventaja de partida para el gobierno es enorme. Pero por la otra, ha convertido el hambre que él mismo ha creado en un arma de dominación: es lo que me gusta llamar sistematización de la miseria.

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Así, buena parte de esos 5 millones de votos con los que ha ganado algunas elecciones recientemente (porque una parte de los 7, 8 o 9 millones de opositores neciamente se abstiene) se construyen a partir de todo género de dádivas que, aunque no resuelven para nada el agobio de las mayorías ni mucho menos su pobreza cada vez mayor, alivia y consigue crear una relación afectiva en la que un joven, o una mujer embarazada, o un padre al que el sueldo no le alcanza, o un anciano que no encuentra las medicinas que requiere, a cuenta del CLAP, o de un bono aquí y allá, o de un empleo mal remunerado, o de una pensión insuficiente, cree que debe retribuir con su voto lo que recibe. Pena debería darles a quienes se llenan la boca hablando de revolución y usan este indigno expediente para mantenerse en el poder.

Pero está pasando lo que estaba escrito desde siempre que tenía que pasar: que más allá de carnets, puntos rojos y chantajes, la conciencia del pueblo ruge silenciosa como una corriente subterránea. Así, socavada esa dominación clientelar, más temprano que tarde habrá de hacerse añicos todo ese tinglado de sistematización de la miseria. Confiamos, porque es posible si votamos todos, en que así ocurra en los comicios de mayo.

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