Select Page

(Opinión) La unidad como tótem. Por Enrique Ochoa Antich

(Opinión) La unidad como tótem. Por Enrique Ochoa Antich

Caracas, 18 de junio de 2018.

Por: Enrique Ochoa Antich*

@eochoa_antich

 “Sí, la unidad es un valor. Pero no puede ser un tótem”. Con estas dos frases y con aquel título comencé un artículo que publiqué en 2014 en Tal Cual que, hoy, ante el deslinde provocado a propósito del 20M, parece adquirir vigencia. Quiero aquí destacar algunos de sus conceptos más actuales.

Rechazaba entonces la adoración de la unidad como fin en sí mismo y no como instrumento, la unidad por la unidad misma, el unitarismo a ultranza, que no se percata de que lo fundamental es la política que esa unidad postule y ejecute, su acierto: podemos estar muy unidos todos, pero si andamos por la senda equivocada, nunca, nunca llegaremos a la meta.

Tal vez porque entré a la política en un PCV que, allá en 1970, andaba a punto de escindirse para dar origen al MAS luminoso de los primeros años en el cual tuve la fortuna de militar y en cuya espléndida escuela tuve la ocasión de formarme, no veo en el deslinde, en la división de una determinada fuerza política, un hecho necesariamente negativo. Y antes por el contrario, observé y comprobé entonces hasta convertirse en componente de mi modo de pensar y actuar en política, que es la asertividad política la que da réditos y que la unidad de los errados no sirve de nada: el MAS, desde su deslinde, le ganó la partida a la mal llamada Nueva Fuerza del MEP/PCV y por un tiempo URD. A veces la unidad conviene, a veces no. De esa división del PCV, por ejemplo, surgieron no por casualidad los dos partidos de izquierda -el MAS y la Causa R- que, deslindados ambos de la conducta y del pensamiento, del esencialismo y del maximalismo propios de la izquierda comunista, fueron, durante los años 70, 80 y 90, las únicas dos fuerzas alternativas a AD y Copei con relativo éxito, hasta el punto de que, si hubiesen escuchado las voces de quienes clamábamos por su alianza política y electoral, habrían ganado aritméticamente las elecciones presidenciales en 1993 tal vez impidiendo el surgimiento luego del fenómeno chavista. Lo que indica que sí, en algunos momentos la unidad es necesaria pero no siempre. Muchas veces la unidad entre diversos puede servir a sus propósitos comunes. Muchas veces resulta conveniente la división formal entre quienes pueden tal vez compartir lejanos objetivos estratégicos pero tienen diferencias tácticas sustanciales. Así que la oportunidad de la unidad o de la división debe ser evaluada de acuerdo a lo que Lenin llamaba “el análisis concreto de la situación concreta”. Es lo que la oposición venezolana debe hacer hoy por hoy. Lo decía entonces, y tal vez el deslinde en 2014 hubiese sido menos costoso, y lo repito ahora. De modo que ni la unidad debe ser adorada como a un tótem ni la división anatemizada como tabú (para usar las dos definiciones freudianas), como pecado mortal.

En general en la vida, pero particularmente en política, hay sumas que restan y divisiones que multiplican.

La división del PDN y en general el deslinde entre la izquierda democrática de Betancourt y los comunistas, arrojó como consecuencia que, al final, naciera un partido como AD que, desembarazado del pesado lastre del dogmatismo marxista-leninista, supo identificarse con la originalidad de la realidad específicamente venezolana para convertirse así en el fenómeno popular más clamoroso durante medio siglo de historia patria. Y la UNE, también consecuencia de una división (la de la FEV) permitió que un nuevo liderazgo democrático de derecha se abriera cauce hasta convertirse en COPEI, el necesario alter-ego de AD. Otro ejemplo: los bolcheviques fueron los hijos de la división del Partido Obrero Social-Demócrata Ruso, y luego hicieron la primera revolución comunista del planeta, conquistaron y conservaron el poder en la Rusia zarista y después gobernaron con guante de hierro al inmenso país de los soviets, y, para bien o para mal, sellaron con su impronta todo el siglo XX universal. De hecho, los dos grandes proyectos unitarios del siglo XX planetario, la URSS y los EEUU, se iniciaron con poderosos deslindes: la guerra de secesión en el siglo XIX y la revolución comunista de 1917.

Es cierto, en las circunstancias históricas de la Venezuela de hoy la unidad de todos (subrayo: de todos) los venezolanos es una tarea trascendente para reafirmar las libertades democráticas, reformar las instituciones y avanzar hacia el desarrollo, como lo fue en el siglo XIX la unidad de oligarcas y plebeyos y de todos los americanos para enfrentar al imperio español y como lo fue en el XX la de todos los demócratas (desde Copei al PCV pasando por AD) para derrocar la tiranía y refundar la democracia política y social (de esa unidad fue testimonio la Constitución del 61, firmada por todos los partidos, de izquierda o de derecha). Incluso admito que para alcanzar esta unidad de todos se requiere primero la unidad de la oposición democrática y que para vencer al chavismo/madurismo, a ese poderoso e inescrupuloso partido/Estado de inspiración totalitaria, los partidos de la alternativa democrática deben articular una amplia unidad electoral.

Pero nos atrevemos a afirmar que la unidad a toda costa, la unidad por la unidad misma, con estrategias y tácticas políticas contradictorias en su propio seno que se solapan y estorban entre sí, puede convertirse en un chantaje altamente perjudicial para todos: para seguir juntos, “salidistas” y “demócratas” en la oposición hacen mutuas concesiones que anulan y mediatizan a unos y a otros pero más a éstos que a aquéllos dada su propia naturaleza. Sin embargo, puede recordarse que la oposición que por primera vez le ganó al gobierno una disputa electoral (y al más poderoso, más popular, más adinerado Chávez), fue la dividida de 2007, cuando unos abogaban por la participación electoral y otros lo hacían por la abstención. Estaba dividida la oposición que ganó por primera vez desde 1998, y acaso ganó precisamente por eso. Ese hecho sentó las bases de una determinada orientación política (la llamada “ruta democrática”) que logró muchos otros éxitos sucesivos, hasta rozar el poder en 2013 y luego ganar la AN en 2015.

“Así que es hora de que en la oposición se deslinden los campos”, escribí entonces. Debido a gestiones unitaristas, ese deslinde no fue posible aquella vez. Ahora, las circunstancias han provocado, rudamente y a un mayor costo del esperado, ese deslinde, pero no a dos sino a tres: el extremismo del que es emblema María Corina Machado, a la que puede hacérsele todas las críticas pero a quien no puede discutírsele su coherencia y verticalidad; la ruta democrática que se encarnó en quienes respaldamos la candidatura de Falcón para el 20M; y la MUD/Frente Amplio, a los que muchos llaman ahora corriente del sí pero no: hoy no voto pero maña sí; voy al diálogo, salgo corriendo pero luego regreso. Ojalá entre la MUD, si aclara sus dudas existenciales, y la ruta democrática, puedan construirse las coordinaciones necesarias para la acción.

Vea otros artículos sobre el autor aquí en punto de corte


Suscríbete a nuestro canal en Telegram a través de https://t.me/PuntoDeCorte
Estamos también en Twitter @Punto_deCorteFacebook e Instagram

Suscríbete a nuestro canal de Youtube

Secciones