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(Opinión) Las tres oposiciones, el no y la ruta democrática. Por Enrique Ochoa Antich

(Opinión) Las tres oposiciones, el no y la ruta democrática. Por Enrique Ochoa Antich

Caracas, 8 de octubre de 2018.

Por: Enrique Ochoa Antich *

@eochoa_antich

Las fuerzas políticas y sociales que componen la oposición han demostrado durante estos 20 años de hegemonía chavista más de una vez su enorme capacidad de recuperación:

  • Cayeron hasta casi su extinción luego de la victoria electoral de Chávez en 1998. De errores monumentales cometidos por la candidatura de Salas Römer (el patético espectáculo de AD y COPEI apoyándolo a última hora) a su supina incomprensión de lo que era el fenómeno histórico chavista, pasando por la herencia (injusta para muchos de quienes siempre lo adversamos pero herencia al fin) que dejaba el puntofijismo (en particular sus últimos cinco gobiernos), condujeron a que el nuevo régimen chavista avanzara en sus planes hegemónicos casi sin competidor alguno (al menos de importancia). Constituyente arbitraria, nueva Constitución, relegitimación de todos los poderes. Pero luego, viniendo del sustrato de la sociedad, civiles y militares protagonizaron una rebelión pacífica hasta el propio 11 de Abril de 2002, logrando la renuncia del presidente.
  • Luego volvieron a caer desde que el 12 en la madrugada en el Fuerte Tiuna, un atajo de militares incompetentes y de empresarios voraces convirtiera la rebelión civil y pacífica en un golpe de Estado violento. Es decir, patearon en palacio con sus botas lustradas y con sus zapatos de marca, la legitimidad democrática que habían adquirido en la calle. En vez de buscar la convocatoria del legítimo parlamento, escogieron el atajo de la salida de fuerza. Esa madrugada, con habilidades taumatúrgicas dignas de mejor causa, convirtieron al militar golpista en demócrata y a los demócratas en golpistas. Cayeron y siguieron cayendo, luego con el necio paro petrolero de 2002-2003: si algunos proponíamos que el paro fuese de 24 horas, a lo sumo de tres días, éramos unos timoratos; después con la falsa denuncia de fraude en el revocatorio de 2004; y luego con la abstención de 2005. El 11A entregamos la Fuerza Armada, con el paro entregamos PDVSA, con la denuncia de fraude herimos gravemente la confianza en el voto como instrumento de cambio, y con la abstención de 2005 entregamos todos los poderes. Y sin embargo, en 2006, primero con la precandidatura de Teodoro Petkoff que removió las aguas estancadas y luego con el pacto Petkoff-Rosales-Borges, volvimos a remontar la cuesta, a recobrar la ruta electoral, a reagrupar las fuerzas y, ya en 2007, a ganarle por primera vez a Chávez (y al más poderoso Chávez, el que aún no tenía pasado, el que venía de ganar las elecciones presidenciales con casi el 70 % de los votos, el que tenía el petróleo a $ 80) el referendo de la reforma constitucional.
  • De allí se produjo un largo proceso con marchas y contramarchas que condujo a victorias políticas unas y electorales otras, como la conquista de numerosas gobernaciones y alcaldías, la de las elecciones parlamentarias de 2010 en que por primera vez los candidatos del gobierno obtuvieron menos de la mayoría absoluta de los votos, la casi victoria en las elecciones presidenciales de 2013. Entonces, la oposición cayó de nuevo: en vez de sacarle provecho a lo que aquí llamo una casi victoria, optamos por denuncias de fraudes inexistentes que sólo desmotivaron a los votantes y por guarimbas violentas e inútiles que sólo produjeron muertes, cárcel e inhabilitaciones. Sin embargo, volvimos a levantarnos: todos vimos con entusiasmo a una nueva MUD, más social, más comprometida con los pobres, más popular, y a un joven liderazgo que parecía tomar la batuta con coraje y brío. Y se produjo la resonante victoria electoral de 2015 para la AN.
  • Y luego la oposición volvió a caer, sometida a esa maldición de Sísifo que padece, se fue de bruces, tal vez intoxicada con tamaña victoria, y perdió el rumbo: en vez de propiciar, desde la nueva ventaja de ese poder conquistado, una negociación aceptable para ambas partes (luego de que Maduro asistiese al parlamento a su instalación, ese diálogo era posible), rechazamos (nosotros, no el gobierno) repetidas propuestas de acuerdo (una formulada por el mismo Papa a quien entonces algunos calificaron de ¡comunista!) pues no estábamos dispuestos a renunciar a un derecho constitucional como era el revocatorio (eran los tiempos cuando Maduro decía en cadena: “el revocatorio es un derecho pero no una obligación”). Como dicen, al final nos quedamos sin el chivo y sin el mecate: perdimos las elecciones regionales ofrecidas para 2016 (decían los principales voceros de la MUD: ¿para qué gobernaciones si el único objetivo es salir de Maduro?), vinieron los tristemente célebres “seis meses”, la política del vale todo: revocatorio, Constituyente, abandono del cargo, y luego las guarimbas de 2017 (más muerte, más cárcel, más inhabilitaciones). Y así, terminamos en este lodazal de pesimismo, desmovilización y derrota en que nos encontramos hoy.

Pero no tengo ninguna duda: la oposición volverá a levantarse. Tal vez a la tercera va la vencida y esta vez sí sepa aprovechar sus futuras victorias para que salgamos de este agobio atroz en que se ha convertido el país y desde sus ruinas podamos construir uno nuevo en todo. Para lograrlo, se requiere reunificar y reconciliar a la oposición.

Si tuviésemos que abreviar, diríamos que la oposición venezolana está dividida en tres:

  • Por un lado, está la que podemos llamar oposición extremista, maximalista, esencialista, la que pide todo o nada… y lo pide ya, la que define al régimen sólo por su esencia totalitaria y no por sus numerosos epifenómenos (democráticos algunos), la que asegura que a fuerza de abstención el régimen se deslegitimará hasta tal punto que caerá por su propio peso, la que decidida a no acumular fuerzas institucionales aquí (¿para qué si eso equivale a cohonestar a la narcotiranía?, se dicen) buscan afuera la que necesitan (la mítica comunidad internacional), la que apuesta a una intervención armada de gringos y cachacos, la que quisiera ver a un militar de los nuestros convertirse en un Pinochet criollo (sin notar las colosales diferencias entre una y otra institución armada, no siempre en perjuicio de la nuestra) pero paradójicamente blande el fantasma de Colombia que cohesiona a toda la Fuerza Armada alrededor del gobierno y de su presidente, la que exagera todos nuestros males (que ya son bastante graves como para tener que ser exagerados) de modo de legitimar salidas de fuerza, la que no cree en negociaciones a menos que equivalgan a la rendición incondicional del gobierno porque de lo contrario con el diálogo el gobierno “gana tiempo” (esa noción casi metafísica que no se sabe bien cómo es que opera), la que cree en el espejismo de paros generales de artificio como si a éstos se llegara por la voluntad de vanguardias iluminadas y no por la resulta de hondos procesos sociales objetivos… y subjetivos a la vez, la que en fin hace política con argumentaciones supuestamente morales (que mucho tienen de farisaicas): valentía, traición, colaboracionismo, entre muchas otras. En fin, la oposición que tiene su principal vocería en María Corina Machado, Antonio Ledezma, Diego Arria y algunos otros. Se les puede criticar todo menos decir que son incoherentes: dicen lo que piensan y hacen lo que dicen (bueno, esto último más o menos, pues más bien prefieren -con valentía tremolada desde una playa de Florida- que otros hagan lo que ellos dicen).
  • Luego, en igualdad de coherencia, está la oposición democrática, esto es, la que está a plenitud comprometida con la ruta democrática: constitucional, civil, pacífica, electoral y nacional, la que vota siempre incluso pasando por encima de condiciones que de antemano sabe adversas, la que cree en el diálogo y se empeña tercamente en buscar una resolución negociada a la grave crisis que padece la nación, la que propicia una transición pactada, la que promueve la protesta social pero sólo pacífica, la que acepta la solidaridad internacional pero sabe que entre ésta y la injerencia hay una línea roja infranqueable, que quiere ser una alternativa soberana y libre y no acepta tutelaje alguno de poderes y gobiernos extranjeros. En fin, la oposición que tiene su principal vocería en las fuerzas políticas y sociales que respaldaron las candidaturas presidenciales de Henri Falcón (…y Javier Bertucci, habría que añadir), y que tiene una de sus principales expresiones orgánicas en la Concertación por el Cambio (integrada por nueve organizaciones propiamente partidistas unas y sólo civiles otras: Avanzada Progresista, MAS, Movimiento Ecológico, Soluciones, Cambiemos, BR, IPC, De Frente con Venezuela y JUNTOS).
  • Entre aquélla y ésta, se encuentra el amplio campo de la exMUD. No voy a apelar a las definiciones político-geológicas leninistas para definir ese espacio. Allí reposan las ruinas de lo que siendo sólo una alianza electoral quiso ser dirección política sin poder serlo por su propia naturaleza. Es la oposición que quiso conciliar lo inconciliable (y si algunos, ¡desde 2014!, hablábamos de un deslinde oportuno y necesario, éramos calificados de antiunitarios): a participacionistas y abstencionistas, a dialoguistas y no-dialoguistas, a pacifistas y guarimberos, a soberanistas e intervencionistas. Como era de esperarse, esa falsa unidad ha terminado por saltar en mil pedazos. Algunos aún no terminan de aceptar lo que es una verdad dialéctica: que para que la unidad democrática sea posible, debe comenzar por el deslinde de demócratas y extremistas. Ésta es la oposición que a la sombra del Twitter se deja chantajear con pusilanimidad por el radicalismo infecundo, la que hoy vota pero maña no, la que a veces dialoga pero basta una llamada telefónica para que tire el tablero al aire, la que dice defender la paz y la constitucionalidad pero a la vez tolera que unos adolescentes armados de escudos de cartón se tiren la parada de unas sangrientas guarimbas a ver qué pasa (no importa si se ocasiona la muerte de centenares de venezolanos, unos opositores, otros oficialistas, muchos simples espectadores), la que dice no aceptar injerencias extranjeras ni civiles ni mucho menos militares pero se desvela buscando la unidad con quienes las propician y recorre el planeta propiciando más sanciones contra Venezuela. En fin, la oposición que tiene su principal vocería en AD, PJ, VP, UNT y otros partidos y en esa experiencia nonata o en todo caso enigmática que es el Frente Amplio.

Lo bueno que hoy está ocurriendo en el escenario de la oposición venezolana es que el claro deslinde y la fuerte tensión e incluso confrontación entre las políticas coherentes expresadas en las dos primeras oposiciones a que hemos hecho referencia más arriba: la extremista y la democrática, están escindiendo a la que se encuentra en el centro entre una y otra, el vasto y contradictorio campo de la exMUD. Es un anuncio de mejores tiempos para la oposición. Quizá es emblema de esta escisión, a veces latente, a veces explícita, la divergencia notable que hay entre los discursos de Henrique Capriles y Julio Borges. O la renuncia (tal vez forzada pero renuncia) de Luis Florido a Voluntad Popular. O los ataques inmisericordes del mariacorinismo mayamero a Henry Ramos Allup y AD.

Estoy persuadido de que de este deslinde/escisión que más temprano que tarde habrá de consumarse en el variado campo de la exMUD, se reconstruirá una nueva unidad, ésa que en otro artículo en esta misma tribuna hemos llamado la unidad posible: es decir, la unidad alrededor de voto siempre, el diálogo y la negociación, la protesta sólo pacífica y la defensa a todo evento de nuestra soberanía. Es obvio que el NO al proyecto de Constitución será una oportunidad para acordarnos los que en verdad podemos acordarnos, los que estamos comprometidos sin ambages con la ruta democrática. No importa si no lo hemos leído aún: basta con saber que su debate ha sido encapillado dentro de cuatro paredes espurias, que el pueblo no lo ha debatido, que la Constituyente es de partida dada su composición monocolor un instrumento ilegítimo para proponernos nada. Además, más que a un texto cualquiera, será un NO estruendoso a Maduro y a su gobierno deplorable.

Sé de antemano que no faltarán las voces que volverán a la retahíla de necedades acerca de que cualquier participación significa legitimar al régimen. Ojalá quienes así hablan estudien un tanto el proceso del NO chileno que acaba de cumplir 30 años. Ojalá una rotunda y clamorosa mayoría de los demócratas de esta sufrida patria nuestra, en honor al compromiso que debemos tener para con su destino, que es el destino de nuestros hijos y de los hijos de nuestros hijos, no rehuyamos esta cita con el destino y con la historia.

Una victoria del NO seguramente no cambiará todo de inmediato pero impondrá las condiciones necesarias para una negociación con el gobierno desde una oposición democrática que habrá recuperado y mostrado a toda Venezuela y al mundo entero su fuerza real. Esa victoria es posible. Esa ulterior negociación es posible. Entonces, no rehuyamos el desafío.

*  Político y escritor. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS). Miembro de la Concertación por el Cambio

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