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(Opinión) ¿Y si el madurismo escuchara? Por Enrique Ochoa Antich

(Opinión) ¿Y si el madurismo escuchara? Por Enrique Ochoa Antich

Caracas, 05 de marzo de 2018/.- Ahora que la MUD casi no existe o en todo caso anda al margen del proceso político real, regateándole su concurso al cambio posible; ahora que cada vez hay que hacerle menos caso a sus estertóreos gruñidos extremistas y menos aún a sus intolerancias y descalificaciones patéticas (como si sus prebostes hablaran desde el Balcón del Pueblo y no, como es, desde un cerro de derrotas… y de cadáveres); ahora que su prédica maximalista comienza a verse tan sólo como la coartada para el atajo, para el espejismo de una salida violenta que, de darse, sería al precio de miles de muertos y de nuestra propia soberanía como nación, quizá vale la pena dirigir nuestra atención hacia otros lares.

Hoy, el escenario real de la política nacional, y en particular de esta huidiza coyuntura electoral, está conformado por tres actores principales:

  • El madurismo, que tienta el deseo, propio de su vocación totalitaria, de perpetuarse en el poder.
  • La oposición democrática que decide correr el riesgo de participar y que en la mesa de negociaciones ha conseguido muchas más condiciones electorales que las que se tenían en 2015 cuando la oposición ganó la Asamblea Nacional, y que se dispone a disputar el poder.
  • Y el abstencionismo militante de la cada vez más marginal oposición/MUD, cuyos voceros andan desgañitándose desde la última fila de las gradas.

Quisiera ocuparme brevemente del primero de ellos.

Cuando Mandela, aislado en su calabozo y sin contacto alguno con sus compañeros del Congreso Nacional Africano, resolvió, íngrimo y solo con su conciencia, aceptar la invitación a dialogar y negociar por parte del infame gobierno del apartheid, no podía saber de antemano que ese camino conduciría a la victoria democrática final y a una transición pactada. Al contrario, seguramente ocupaba su mente la memoria de los miles y miles de torturados y asesinados por un régimen que les negaba a los negros su condición misma de seres humanos al impedirles el ejercicio del voto. Quien lo esperaba del otro lado, en el despacho presidencial, era nada más y nada menos que Pieter Botha, racista de siete suelas. Nada podía indicarle a Mandela que detrás de Botha vendría el menos radical Frederik de Klerk, con quien construyó una transición sin mayor violencia, democrática, electoral, y menos que como resultas Mandela sería el primer presidente negro de Sudáfrica y De Klerk su vicepresidente.

Reconozcamos que los blancos eran para los negros en Sudáfrica bastante peores que lo que puedan llegar a haber sido los chavistas/maduristas para los militantes de la oposición, y sin embargo éstos y aquéllos encontraron el camino de superar una fractura mayor que la nuestra, de reconciliarse y construir una transición pactada que ha conducido a ese país a la democracia y el progreso. Echo este largo cuento porque del lado de la oposición extremista, maximalista y esencialista prospera una curiosa tesis que dice más o menos así: como el madurismo no va a entregar, no compito. Por allí ha circulado un inaudito texto de algunos históricos de COPEI en el que al reivindicar que ese partido siempre ha denunciado los fraudes electorales, evoca el de 1952, y dice por eso que es un error participar de los comicios presidenciales de mayo: olvidan estos capitostes el pequeñísimo detalle de que para denunciar ese fraude tenía primero que cometerse y para esto URD y Jóvito y también COPEI hubieron de participar, sin decir que tampoco parecen recordar la decisión que tenían los socialcristianos de participar con todos los demócratas apoyando la candidatura presidencial de Rafael Caldera en 1957, en plena dictadura… y militar. Si Mandela hubiese hecho caso a razonamientos de este tenor, no habría negociado y quizá así no habría aparecido De Klerk… y la transición se habría postergado quién sabe cuánto tiempo más.

Esa lógica extremista que ahora la MUD ha hecho suya, ¡luego de haberla negado con éxito victoria tras victoria desde 2006 a 2015!, se convierte en una profecía autocumplida: como no van a entregar, no voto; como no voto, la opción opositora pierde; y cuando pierde, digo: “¿Vieron? ¡Yo tenía razón!”. Difícil ganar así. El daño que el extremismo le ha hecho no digo a la propia oposición sino a la democracia venezolana y al país es incalculable. Sin el golpe de Carmona, sin el paro petrolero, sin el abstencionismo, sin las guarimbas y la criminal calle violenta, quién sabe hace cuánto habríamos logrado el cambio.

Entonces las cinco preguntas que me hago son: ¿y si el madurismo escuchara?, ¿y si por allí encontramos nuestro De Klerk?, ¿no abundan las pruebas de que, disidencia tras disidencia, el chavismo no es para nada una fenómeno homogéneo?, ¿y si es posible concertar una transición pacífica con algunos de sus superiores y principales?, ¿y si éstos se han percatado de que los gringos vienen en serio a por ellos?, ¿y si han hecho todo para ordenar su salida pactada y en orden del poder y han buscado, con el invalorable apoyo del abstencionismo/MUD, a quien en la oposición no les prometa venganzas y persecuciones inútiles y por eso la actual conformación de las opciones electorales? Pero voy a decirlo en sentido inverso, ya no como pregunta que se formula desde el desconfiado campo opositor, sino como afirmación venezolana de esperanza y desafío: si el madurismo escuchara las alarmas que se están disparando contra la paz y la nación, si con el oído pegado al suelo oyera el violento galopar de los bisontes imperiales, si se percatara de todo lo que se juega en términos de vidas humanas y de soberanía, si a cuenta incluso de sus propios intereses atendiera aquel llamado que Cabrujas les hizo alguna vez a AD y a COPEI de irse un tiempo a las duchas, si el madurismo como los sandinistas tuviese el coraje de pasar a la oposición y refrescarse en la calle con las luchas del pueblo y quién sabe si agiornándose procurar volver después al poder, si todo esto ocurriese, quizá, tal vez, ¿por qué no?, Venezuela encuentre por fin el camino perdido, el de un cambio posible, pacífico, y democrático.

Vea otros artículos sobre el autor aquí en punto de corte.

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