Caracas, 17 de septiembre de 2018.

Por: Javier Biardeau *

@jbiardeau

Comencemos el presente texto con la siguiente tesis: “En el chavismo, hay muchos chavismos”. Como señala acertadamente Uharte[i]:

“El Chavismo, como identidad política hegemónica y aglutinadora de los sectores revolucionarios y populares ha ido sufriendo crisis internas e incluso rupturas, por lo que se torna necesario entenderlo en plural y sobre todo caracterizar a cada uno de sus grupos.”

En el análisis de Uharte destacan tres sectores “aunque la constelación política chavista sea mucho más compleja y fragmentada”[ii]:

a) El “chavismo actualmente en el Poder” con su base “más fiel y oficialista”, compuesto por perfiles diversos tanto en términos clasistas como ideológicos. Conviven tanto revolucionarios honestos (en la dirección y en las bases) como fracciones de oportunistas y grupos parasitarios. Estos últimos son los que desprestigiarían al gobierno y el Estado.

b) El chavismo crítico no opositor. En este espacio se encuentran miles de militantes de organizaciones populares muy críticos con la dirigencia. No comparten el pacto económico con un sector empresarial porque supone un retroceso en la “agenda socialista” y siguen denunciando a las “fracciones corruptas y contrarrevolucionarias” que parasitan al interior de la “elite del poder”. Sin embargo, siguen sosteniendo al gobierno y articulándose con él para enfrentar la estrategia desestabilizadora que ubican en la derecha nacional e internacional, en particular en el imperialismo norteamericano.

c) El chavismo crítico opositor, es decir, grupos como la corriente Marea Socialista o la Plataforma Ciudadana en Defensa de la Constitución (en la que participan algunos/as ex ministros/as de Chávez), ya fuera del PSUV e incluso del Gran Polo Patriótico, que están haciendo la apuesta por construir una suerte de chavismo disidente y alternativo que le pueda disputar el poder al “chavismo oficial”.

Este último sector considera que no todo lo que incide en la actual crisis orgánica de la sociedad venezolana sea una determinación externa o un sabotaje económico de la derecha, considerando como foco de responsabilidad el tipo específico de orientaciones de política del propio gobierno de Maduro.

Sin embargo, tal tipología de Uharte adolece de un criterio heurístico que limita el número de agrupamientos del proceso bolivariano que se han distanciado del gobierno de Maduro, además de caracterizar a los chavismos en plural de acuerdo a su posicionamiento e identificación frente a la centralidad del Gobierno de Maduro.

Así se deja de lado un análisis minucioso de otras agrupaciones disidentes como de la base real de sustentación del actual Gobierno: el apoyo del Alto Mando de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana y la facción interna que responde a la jefatura de Diosdado Cabello, el actual Presidente de una Asamblea Constituyente (de composición totalmente “oficialista” dada la naturaleza de su convocatoria y método de elección en el año 2017).

La narrativa oficial insiste en caracterizar el chavismo (en singular) como una “unidad monolítica”, sin dar cuenta de las tensiones y conflictos en la historia del proceso bolivariano. Tampoco reconstruye como “el Chavismo” como nombre propio, representó una “deriva unipersonal” del proceso bolivariano, consolidada a partir de la iniciativa política que dio paso a la enmienda constitucional en el año 2009, que derogó cualquier limitación a la reelección presidencial[iii].

Lo que está en juego actualmente en Venezuela, más que el “fracaso del proceso bolivariano[iv], es su desmontaje y transformismo[v] por parte de las acciones político-económicas del propio equipo de Gobierno de Maduro y de la alianza política que lo respalda.

El Madurismo[vi] aparece precisamente en la negación y segregación de los chavismos en plural, y sobre la fractura de un movimiento aluvional como lo fue el proceso bolivariano originario. Se trata no de fracaso, como lo plantea el académico y activista de izquierda del Foro Social Mundial Edgardo Lander, sino de una situación de literal impasse, es decir, una situación de difícil resolución, que aparece como un punto muerto, en el que no se produce ningún avance ni resolución favorable, si tomamos en cuenta un contraste entre el contenido del proyecto y praxis política de Hugo Chávez, por una parte, y el nuevo curso de política que ha seguido la actual Jefatura Política sustentada en un nuevo bloque social dominante, considerados por muchos como una nueva Nomenclatura.

Para enfrentar directamente el impasse habría que subvertir la escritura dominante sobre la auto-comprensión histórica de la “Revolución Bolivariana”, historiografía que ha sido especialmente ciega a los interrogantes primigenios planteados por Alberto Arvelo Ramos en su texto (1998): “El dilema del Chavismo: ¿Una incógnita en el poder?” [vii], en donde estableció el carácter de “amalgama de fuerzas heterogéneas” de aquello que a la postre fue conocido como el “Chavismo”.

Para Arvelo Ramos el movimiento bolivariano fue expresión de una confluencia histórica-social-política-cultural de carácter aluvional, en la cual una equivalencia de protestas, movimientos de descontento y de demandas populares, da paso a que figuras independientes, grupos y organizaciones apoyaran el programa electoral de Hugo Chávez en 1998 con cuatro sectores claramente definidos:

1) Un gran frente del chavismo popular y democrático, conformado por una masa crítica a la partidocracia adeco-copeyana y al “cogollo leninista” cuyas expectativas sobre Chávez eran que encarnaba “un viraje político radical”, que “no pactaría con los factores de poder y partidos dominantes”, y que avanzaría en un nuevo proyecto de democratización del poder (La democracia popular bolivariana) con la ampliación de los derechos humanos, económicos y sociales (proceso constituyente y Nuevo Proyecto Constitucional) en función de dignificar la vida ciudadana, incluyendo a los sectores populares históricamente excluidos, incluso a los pueblos originarios.

2) Los partidarios de un autoritarismo político de base militar, cuya visión era afín a una concepción bonapartista del poder, con un jefe unipersonal de un gabinete cívico-militar basado en un partido único. Aunque no todo el sector militar que acompañaba la rebeliones militares del año 1992 puede caracterizarse como militarista, si existió un núcleo culturalmente homogéneo, con unidad de mando y objetivos, que propiciaba un control militar en las instancias superiores del Estado, reacio hacia la deliberación y la participación democrática, tramitándolas bajo el principio de subordinación de los “civiles” al mando jerárquico y centralizado.

Se trataría de un sector de concepción “militarista”, dentro de un conjunto militar más amplio de corte “nacionalista”, lo cual tensionaba internamente la visión de la democracia como procedimiento y como contenido. El sector militarista más afín a la jefatura de Chávez fue proclive a una “alianza táctica” con aquellas organizaciones de izquierda radical que presentaban en sus concepciones organizativas una acción política de carácter conspirativa, verticalista, con centralización y concentración del mando, por una parte, y delegación de la ejecución de modo compartimentado y descentralizado.

3) En tercer lugar, la aludida izquierda radical de partidarios del “Socialismo de estado” del siglo XX y de un partido leninista único, con una subcultura profundamente arraigada en la narrativa y praxis de la vieja izquierda, habituados a la lógica conspirativa, cuya visión de una estructura partidaria, tal como lo señaló críticamente en su momento Kléber Ramírez, era una organización “verticalista, con centralismo democrático a lo leninista, mesiánica, puesto que lo plantean como única vía de salvación nacional”.

Tal grupo consideraba que las movilizaciones graduales de masas confluirían en un punto de ruptura contra el Estado burgués, renegando de cualquier visión del poder con contrapesos, límites, frenos legales, pluralismo político o división de poderes. Allí confluía todo el relato heroico de la Revolución Rusa, incluyendo su período estalinista, y para el caso latinoamericano, un alineamiento a los objetivos del mando político de la Revolución Cubana.

4) Los partidarios de las izquierdas democráticas, en particular aquellas organizaciones ubicadas por su desprendimiento de la vieja izquierda de corte soviético o leninista, como los miembros del MAS o sectores simpatizantes de la Causa R originaria de Alfredo Maneiro, incluyendo algunas personalidades de izquierda de minúsculos sectores de COPEI, del MEP o de AD, que propugnaban un reformismo popular de izquierdas, bajo el paraguas de la democracia social y participativa y la crítica del Estatismo Socialista.

Esta amalgama heterogénea de aglutinantes sociales y políticos fue precisamente la base de conformación de un nuevo movimiento nacional-popular que adquirió la denominación de “proceso bolivariano”, y que luego, bajo condiciones que es preciso caracterizar fue transformándose y reubicando en su interior a sus núcleos hegemónicos, en medio de fuertes enfrentamientos con la oposición y la política de Washington, adquiriendo gradualmente su rasgo unario como “Chavismo”, a partir de las declaraciones principistas del período 2004-2006: anti-neoliberal, anti-imperialista y anti-capitalista.

Sin embargo, si algo caracteriza a los flujos y agenciamientos que atraviesan a tales aglutinantes sociales y políticos, es la multiplicidad y la heterogeneidad de pasiones, valores e ideas, un chavismo-bolivariano en plural que aún hoy intenta salir del impasse entre los desafíos de la identidad raizal (aquel “tronco” o “pequeño género humano” del que evocaban tanto José Martí, Simón Rodríguez o Simón Bolívar), los retos de la “democratización”, y las urgencias de la “modernización” y del “desarrollo” ahora en clave de “Independencia Nacional”.

En conclusión, el porvenir del proceso bolivariano se juega en el impasse entre identidad histórica, democratización y modernización que se anunció en el alba del Proyecto Nacional Simón Bolívar, más aún si desde el año 2004 fue definido como Socialismo Bolivariano, Revolucionario y Democrático (del siglo XXI), promesa cargada de indefiniciones y ambigüedades, a la vez que contrapunto crítico de aquella compulsión a la repetición que evoca los errores y desafueros de las experiencias del Socialismo Burocrático en todo el siglo XX.

Quizás si algo positivo ha surgido en las actuales circunstancias de profunda crisis de direccionalidad y de sentido del proceso bolivariano y de los chavismos ante el impasse “madurista”, ha sido la evidente contravía de objetivos, métodos y medios que han reproducido un patrón dependiente del financiamiento externo, reforzando la modalidad rentista, importadora y extractivista de su economía, por una parte, y el carácter patrimonialista y clientelar de la sustentación social del régimen político, por la otra; lo cual supone una nueva etapa de luchas, ubicaciones y definiciones para las clases y grupos subalternos, así como para las corrientes del campo popular, democrático y nacional en el país.

* Sociólogo. Profesor de Estudios Latinoamericanos-Sociología UCV. 

NOTAS:

[i] Luismi Uharte (2017) Disputa político-militar y radiografía del chavismo. http://www.rebelion.org/noticia.php?id=227701

[ii] Nosotros agregamos que en cada fase de su historicidad ha presentado una combinación de aglutinantes, con tensiones entre líneas de fuerza centrifugas y centrípetas.

[iii] El pasaje del “proceso bolivariano” al “chavismo de uso oficial” no parte de un origen idéntico ni de una finalidad única. Eso sería borrar su multiplicidad constitutiva así como los futuros alternativos que pudiera encerrar en su seno.

[iv] Edgardo Lander (16/08/2018) Venezuela: el fracaso del proceso bolivariano. https://www.aporrea.org/ideologia/a267859.html

[v] Para Gramsci (Cuadernos de la cárcel) el transformismo: “la absorción gradual, pero continua, y obtenida con métodos diversos según su eficacia, de los elementos activos surgidos de los grupos aliados e incluso de aquellos adversarios que parecían enemigos irreconciliables. En este sentido la dirección política ha devenido un aspecto de la función de dominio, en cuanto que la asimilación de las élites de los grupos enemigos los decapita y aniquila por un período frecuentemente muy largo”. Mediante este operativo, la clase dominante amplía y consolida su hegemonía sobre toda la sociedad.

[vi] Jesús Puerta (2018) La transición del Chavismo al Madurismo: https://www.aporrea.org/actualidad/a268930.html

[vii] Alberto Arvelo Ramos (1998) El dilema del chavismo. Una incógnita en el poder. Ensayos políticos para personas que detestan a los políticos. José Agustín Catalá. El centauro ediciones, caracas.


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