Caracas, 14 de septiembre de 2018

Por: Walter Castro Salerno

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“Toda persona tiene el derecho de acceso, en condiciones de igualdad, a las funciones públicas de su país”. Numeral 2 del artículo 21 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

”El que le pega (y/o no emplea en el gobierno), a su familia, se arruina”. Este famoso proverbio constituye, entre otros, rasgo característico de la”nueva clase” venezolana. Haberse constituido, al paso de los últimos 20 años, en un poderoso, cerrado y exclusivo estamento social, que  detenta la hegemonía política, se apropia de la plusvalía  generada en el proceso productivo del vasto conjunto de empresas estatizadas, goza de innumerables privilegios y prebendas y acumulado colosales fortunas, ha sido muy celosa a la hora de preservarlos.

Precisamente, a causa de semejante poder, tales beneficios y monto casi incalculable de riquezas, ha extendido y cubierto con ellos, como si fuera un grande y dorado paraguas a sus familiares. En los distintos campos de la administración pública, trátese de vicepresidencias o ministerios del servicio diplomático, la alta jerarquía militar, la llamada constituyente, los órganos de control fiscal, como la contraloría, o los altos cargos de dirección y manejo de fondos en las grandes o medianas industrias del Estado, no priva el criterio de selección en virtud, o sobre la base del merito, de las aptitudes del ciudadano para ejercer el cargo, sino su pertenencia a una tribu familiar.

Igual cosa ocurre en la dirección y el seno del partido político soporte del régimen de Maduro y de la nueva clase. No solo no existe la democracia interna, la renovación de cuadros mediante elecciones libres y directas. Impera el régimen del favoritismo familiar.  En cuanto al Estado, haría  falta acercarse, a ver situaciones similares de tan descarado nepotismo, a los tiempos de la colonia, el gobierno de la dinastía de los Monagas, la de Guzmán Blanco, o durante el régimen del benemérito general J.V. Gómez, Se dan casos, valgan dos ejemplos, en los cuales miembros, por consanguinidad o afinidad, de una sola familia dominan constituyente, administración aduanera y tributaria, ministerio de obras públicas, y  un  par de hermanos se sientan en sendas poltronas ministeriales.

Ciertamente que el nepotismo, como forma de gobierno, no es marca de fábrica venezolana. Es tan viejo como la humanidad y tan diverso y extendido en el mundo como cualquier otra plaga. Es  mal endémico de numerosas sociedades políticas, tanto en el pasado como en este presente, y especialmente en la venezolana de hoy. Pero el progreso democrático, la transparencia de la gestión pública, el escrutinio constante de la sociedad hacen posible la lucha contra esta antidemocrática y tan perversa forma de gobierno.

El nepotismo es una traba para el desarrollo y progreso de cualquier sociedad, ya que impulsa la mediocridad, al suprimir el merito, y acuna y abraza a la corrupción. Pero además, por si fuera poco, violenta el derecho humano de acceso a funciones públicas de todos aquellos que se ven privados de oportunidades para competir justamente por un cargo público.

Correo electrónico: walterjosecastro@yahoo.es


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