Caracas, 26 de marzo de 2018/.-

Juan Nepomuceno, maestro jubilado, viudo, despierta aún de madrugada y recibe la primera bofetada de esta dura realidad de un país en ruinas: tantea en la penumbra el interruptor de la lamparita en su mesa de noche, aprieta el botón y… constata, como tantas otras veces, que han cortado el servicio eléctrico.

Es lunes. Son las 4 am. Le ha quedado la costumbre de madrugar de aquellos tiempos pasados cuando debía evitar la cola de la autopista a la ciudad. Ahora ni eso: el camino siempre está despejado. Más de un tercio de los vehículos automotores están fuera de servicio a causa de falta de repuestos o de plata para el habitual cambio de aceite, que anda por las nubes.

Como un ciego, camina hasta la sala de baño para desaguar sus entrañas. Luego, frente al espejo pero casi sin verse, alumbrado por la precariedad de una vela, más al tacto que otra cosa, procura afeitarse: la hojilla carraspea en su quijada, anda gastadísima pues hace rato que no ha podido comprar una nueva debido a sus altos precios: ¡tendría que gastar toda su pensión del IVSS en dos de ellas! Así que una y otra vez posterga esa compra. Ya lo hará, cuando uno de sus dos hijos, ingeniero en computación pero que lava platos en Lima, Perú, le envíe alguna remesa en $. ¡Cómo le haría falta tenerlo aquí con él!, que lo acompañara en su vejez, tener cerca a sus nietos, pero éste es otro signo de los tiempos en este país deshecho: la diáspora. A su otro hijo, el mayor, lo asesinaron hace años para robarle el celular. Dicen que ésta es una de las ciudades más violentas del mundo.

Para medio bañarse, debe usar una totuma, según la penosa sugerencia del presidente aquél, pues desde hace siete días cortaron el agua corriente (y antes la que llegaba venía con tantos sedimentos que su color era entre parda y rojiza). El caos de los servicios públicos es total. “Ni Cuba”, rezonga Juan Nepomuceno.

Antes de salir a la calle, se prepara un sandwichito por desayuno: dos rebanadas de pan y media lonja de queso a ver si logra prolongar en el tiempo esta bandeja de mozarella que compró ayer: su precio va haciéndosele sencillamente inaccesible. Y así con todo: en 2013 con su jubilación hubiese podido comprar 800 huevos pues costaban a razón de Bs. 3 c/u, ya en 2015 sólo habría comprado 245 aún con los incrementos salariales, pero en 2018 si acaso podría adquirir ¡19! pues el precio de c/u es de 20 o 25.000. “Y pensar que no hablamos de miles sino de millones”, rumia Juan Nepomuceno, agobiado por la nostalgia. Como dicen, los precios suben por el ascensor y los sueldos por las escaleras.

No es de los que creen que antes éramos felices y no lo sabíamos. Para nada. Toda su vida fue militante de izquierda y por tanto adversó a todos los gobiernos de la democracia puntofijista… y no se arrepiente. “Éramos infelices y mucho”, les riposta a quienes le esgrimen la frasecita aquélla, y narra la masacre del 27F y otras violaciones a los derechos humanos, los innumerables hechos de corrupción de los viejos gobiernos, la trampas electorales, los huecos en las calles, la inseguridad, la deuda pública, la devaluación de la moneda, los altos porcentajes de pobreza extrema, y un larguísimo etcétera. De aquellos polvos vinieron estos lodos. Dijo el propio Pérez: “A Chávez lo parimos nosotros, no nos cayó del cielo”.

Juan Nepomuceno nunca apoyó al Comandante Supremo, como lo llaman ahora sus epígonos para su vergüenza eterna: su estilo de caudillo militar decimonónico, su vocación autoritaria y totalitaria que supuraba por todos los poros, y su visión estatista de la economía, lo hicieron apartarse de él con desconfianza. Fueron las primeras elecciones en las que no votó. Pero no, no estábamos bien, sólo que ahora vemos las cosas con la ruda perspectiva que nos da el presente. Lo que sí está claro para Juan Nepomuceno, y así lo admite, es que si en aquellos tiempos ya remotos estábamos mal, muy mal, ahora estamos peor, muchísimo peor… De 1983 a 1998, el $ pasó de 4.30 a 700 bolívares: de 1999 a 2018 ha pasado a la moneda de entonces de 700 a… ¡235 millones cada dólar! Prueba suficiente.

Juan Nepomuceno llega por fin a la parada del jeep que ha de bajarlo de la montaña donde vive a la ciudad. Quiere intentar hacer algún mercadito para arrancar la semana con algo en la alacena. Ya despunta el nuevo día y para su fortuna no hay mucha gente en cola. Quizá tenga que esperar sólo una hora u hora y media y no las tres o cuatro de otras veces. El transporte público es otro caos. El tiempo se cumple según lo previsto y, apurruñado como sardina en lata en la parte posterior del jeep, dando tumbos pues la carretera está plagada de huecos por doquier, por fin llega a la parada en El Marqués.

No más desciende del vehículo -a duras penas pues a sus 64 años ya el cuerpo no le da para estos trajines-, la fetidez invade sus pulmones: al otro lado de la calle, un cúmulo de basura de tamaño casi bíblico que allí cumple, según sus cuentas, seis días, es hurgado por todos sus flancos por una jauría de infantes desarrapados y mugrientos: Juan Nepomuceno los ve a lo lejos, observa cómo se llevan a la boca algún desperdicio, un hueso que chupar, una cáscara a la que arrancarle la última pulpa, en fin. Una cicatriz abierta en el rostro de la nación. “¿Y ésta es una revolución?”, farfulla Juan Nepomuceno, ofendido por el cuadro dickensiano. Al fondo del último rescoldo bolchevique de su corazón, evoca sus luchas juveniles por el sueño socialista, rojo amanecer en que todas las injusticias serían vengadas. Sabe que de aquellos años de denuncias, protestas sociales, campañas electorales, etc., se logró que el pueblo se desatara de la camisa de fuerza que era el bipartidismo adeco-copeyano. “¿Y todo para llegar a esto?”. ¡Ah, si el MAS y la Causa R hubiesen calzado los puntos! Sabe que es verdad lo que ha leído por allí: si estos partidos hubiesen articulado una alternativa común en 1993, al país se le habría evitado el desbarrancadero sufrido en estas dos décadas terribles. Pero la izquierda democrática desbrozó el camino sólo para que el teniente-coronel pasara a sus anchas y llegara al poder con la izquierda comunista por compañía. “La vida te da sorpresas”, se dice Juan Nepomuceno como postrera moraleja, “sorpresas te da la vida”, según el verso de la afamada canción.

Con un mercaditico que le cabe si acaso en dos bolsas, liquidada su pensión en esta miseria, emprende el camino de regreso a su apartamento. Ya no sabe cómo alimentar su estragada humanidad. 17 kilos ha perdido en los últimos tres años. Recibe la caja del CLAP, sí, y ayuda, ¿quién lo duda?, aunque las últimas veces haya venido sin leche y sin caraotas y sin lentejas, pero para nada satisface lo que mínimamente se requiere para sobrevivir. Además él no es estúpido y sabe que, por una parte, el dispendio de los dineros públicos es una de las causas que generan la ruda hiperinflación que agobia a todos, de modo que lo que obtiene en el CLAP lo paga con creces cuando va a comprar lo que la caja no trae pero necesita, que es casi todo, y, por la otra, que ese programa es la prueba más protuberante del fracaso del gobierno: yo, gobierno de Venezuela, te entrego a ti, pueblo de Venezuela, estos alimentos: azúcar de Brasil, arroz de Uruguay, atún de México, pasta de… ¡Turquía y Somalia!… “¿Se necesita más prueba de tu fracaso, Nicolás?”, interpela Juan Nepomuceno en voz alta, como si hablara a un fantasma.

Mientras se encamina a su casa, en la radio del jeep se escuchan las noticias. Un ritornello de esta crónica nacional que año tras año casi parece la repetición de sí misma. Se escucha la voz de Jorge Rodríguez en gira por España, llenándose la boca con el espejismo de una revolución que no existe, hablando de valores como democracia y justicia social que han sido aporreados y mancillados en este país nuestro de cada día, y esgrimiendo la coartada perfecta: el imperio. Juan Nepomuceno aborrece a Trump y ahora más, que le da a este gobierno precario la excusa de sus sanciones por demás claramente injerencistas, al viejo corte del big stick. Pero siente que todo ese discurso empapado de retórica revolucionaria, cuando nunca los pobres han sufrido más, cuando nunca los jerarcas han sido tan corruptos, cuando nunca el país se había disuelto tanto, es una burla.

Ya llegando a su destino, alcanza a oírse en la radio la voz de la señora María Corina Machado: dice el periodista por presentación que reunida ante unos 27 seguidores en la plaza de Las Tres Gracias, nuestra Juana de Arco ha anunciado una vez más, como en 2002 cuando apoyó el golpe de Carmona, como en 2003 cuando aún levantaba la bandera de un paro que hacía rato había muerto por inanición, como en 2005 cuando llamó a la abstención y consiguió vía fait accompli que la oposición se pusiera al margen del parlamento, y como en 2013, 2014, 2016 y 2017 cuando promovió las guarimbas, el 350, la calle del no retorno (sic), y otras sandeces, que ahora sí es verdad que se aproxima el fin del oprobioso régimen, que vivimos el epílogo de esta dictadura sangrienta a la que, contradicción en términos, se le exige condiciones electorales casi escandinavas. Otra burla. La mujer no sólo dice que no hay que votar sino que esputa que quien promueva el voto será tratado como parte del sistema (sic). “¿Es una amenaza?”, se pregunta Juan Nepomuceno, “¿Quiénes nos han de tratar con tanta saña? ¿Los marines gringos?”, y luego exclama en voz alta y clara: “¡¿Hasta cuándo, María Corina, hasta cuándo?!”, persuadido de que si no hubiese sido por tanto extremismo opositor, quién sabe si hace rato ya que el chavismo/madurismo sería cuento del pasado.

Cuando abre la puerta de su apartamento, viéndole la cara a su soledad de siglos, con toda su vida encima, Juan Nepomuceno siente que lleva a su país en su alma como un doloroso fardo, “país patas arriba” según escribiera Cortázar, condena y compromiso, y sabe que no está en su ánimo dejar de luchar. Ha escuchado vía Internet algún discurso del candidato de la oposición democrática, Henri Falcón. Varias veces mejor que el de otros candidatos que en el pasado han sido… ¡y más popular!, sin ese signo aristocrático de otros. Frente al caos y la burla, Juan Nepomuceno sabe que la abstención no es una opción, menos esa ridiculez, ese eufemismo que sostienen algunos según el cual son ontológicamente participacionistas pero no votarán en la elecciones presidenciales de mayo.

Este pueblo no aguanta más, y allí está a la mano una posibilidad de salir de esto: votar y ganar. “Si somos tantos, ¿cómo sería posible perder?”, barrunta Juan Nepomuceno, y se dice que los únicos que legitimarán a Maduro serán los que no voten y eventualmente lo dejen ganar. Y recuerda que en 2015, cuando se ganó el Parlamento, las condiciones eran varias veces peores que hoy. Y ahora mismo, en las recientes elecciones regionales, ¿por qué se ganó en unos estados y en otros no? ¿No será porque en aquéllos se hizo lo que debía hacerse? ¿No sería precisamente el abstencionismo la causa principal de las derrotas? ¿Por qué en Táchira con 3.000 electores excluidos del REP se ganó con más del 60 %? ¿Por qué en ese pequeño país que es el estado Zulia, con abuso de poder y triquiñuelas electorales, también se ganó? Juan Nepomuceno otea un poco el horizonte. ¿Qué nos ofrecen los abstencionistas? ¿Un golpe militar que dado lo que se tiene sería una batalla campal entre militares maduristas y militares anti-maduristas, una pequeña (o larga) guerra civil con miles de muertos? ¿La vergüenza de una intervención militar extranjera también al costo de miles de vidas humanas? ¿Y si por ventura o desgracia, como quiera verse, todo esto que se ofrece y promete y repromete no es más que una bandada de pajaritos preñados? ¿Y si Nicolás Maduro gana y se queda en el poder seis años más? “¡Ni de vaina!”, exclama Juan Nepomuceno, sobrecogido por esta visión de espanto. Pero, ¿por qué tenemos que darlo por descontado? En 2002 se decía que el 2004 estaba lejísimo y que el país no aguantaría hasta allí, y henos aquí en 2018.

Pero hay una forma de impedir todo este augurio de pesadilla: votar. Así que para Juan su decisión está clara. Votará. Votará por Henri Falcón. Votará como acto de protesta contra el gobierno, pero también contra quienes en la oposición sólo han ofrecido y ofrecen caminos tortuosos y sin destino. Votar para evitar la disolución de la nación. Votar en contra de la amenaza de una guerra fratricida entre venezolanos. Votar por la reconciliación y por un gobierno de verdadera unión nacional. Votar contra el odio. Votar por el futuro, por la Venezuela posible. Votar, que en estos tiempos es la más elocuente forma de lucha contra el régimen proto-dictatorial que nos agobia. Votar y ganarle a esta oligarquía madurista que destruye al país y ganarle también al abstencionismo que auto-boicotea y destruye a la oposición. Juan Nepomuceno se niega a perder la esperanza. Apuesta todo a esa posibilidad porque sabe que es factible. Comprometerse con Venezuela. Y cambiar la vida de los venezolanos, para siempre.

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