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Santiago Arconada: ¡Aplaude Érika!

Santiago Arconada: ¡Aplaude Érika!

El presidente Maduro sonaba sobrado a lo largo de la cadena de Radio y TV del día jueves 7 de septiembre en la noche. Interrumpió su discurso más de una vez para constatar cuánto tiempo llevaba hablando, como si estuviese calculando cuánto le faltaba para romper algún récord.

Cuando llegué a casa, la intervención presidencial ante la supuesta Asamblea Nacional Constituyente, con el objeto de hacer entrega formal de algunos proyectos de leyes y de algunas propuestas políticas, tenía bastante tiempo de comenzada. La escuchaba sin verla y la miraba sin oírla, como si sólo me bastara percibir el tono que, de tan satisfecho parecía fanfarrón, del presidente. Parecía decir una y otra vez algo así como: …se dan cuenta de cómo me la estoy comiendo… se dan cuenta de lo inteligente, lo valiente y lo firme que soy…Todo ello en concordancia con la liturgia, que encabezaba inequívocamente el diputado Pedro Carreño, de pararse a aplaudir vehementemente, cada tres o cuatro oraciones, o según el dramatismo del momento, por parte del auditorio.

Las cosas que me llamaban la atención tenían que ver no con lo que decía, sino cómo lo decía. Todas sus menciones al Ministro del Poder Popular para la Información, Ernesto Villegas, fueron ostensiblemente humillantes: Cada vez que el presidente tenía una brillante idea o una brillante orden decía: “¡Anota Ernesto¡”, como si lo que tuviese que quedar destacado era que el mandaba mucho, que tenía una especial habilidad en el modo como daba órdenes.

Los paneos de la cámara de TV por los distintos sectores de uno de los salones del Palacio Federal Legislativo en el que se producía aquél acto, registraban los rostros y las actitudes de los allí presentes: presuntos constituyentistas, ministros del Gabinete Ejecutivo, representantes de los poderes públicos, invitados y público en general.

Ciertamente, Érika Farías, ex-gobernadora del Edo. Cojedes y hoy electa en esa presunta ANC, andaba seria y circunspecta durante toda la alocución. Así la percibí las varias veces que la cámara se posó en ella, pero en un momento extraño, de esos en los que toda Venezuela encuentra en su propia historia la más importante materia lectiva que debe cursar y, como lo he dicho tantas veces, todo el país se transforma en una gigantesca aula de clase, se vio una imagen en la que, tras uno de los momentos inspirados de la oratoria presidencial, aplaudían los que estaban a los lados de Érika Farías pero ella no.

Se oyó entonces la voz del Presidente Maduro diciendo:

– ¡Aplaude Érika! -. Y, a renglón seguido:

– Te estoy viendo por un televisor que tengo aquí (refiriéndose al podio desde el cual hablaba)

Enseñándonos con una extraña asertividad el país en el que estamos, en el que aplaudir no es libre sino obligado. Yendo a la esencia de lo que podríamos definir como una sociedad autoritaria, en la que no se respeta el gesto obvio y específico de no aplaudir, la exgobernadora y hoy constituyentista de esa ANC usurpadora de la soberanía popular, se rió y aplaudió.

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