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UNIDAD, UNIÓN, UNITARISMO. Por Enrique Ochoa Antich @eochoa_antich

UNIDAD, UNIÓN, UNITARISMO.  Por Enrique Ochoa Antich @eochoa_antich

UNIDAD, UNIÓN, UNITARISMO

por Enrique Ochoa Antich

@eochoa_antich

La unidad, qué duda cabe, es en sí misma un valor. De esos que se comparten con facilidad y casi por obligación. Como el amor a la madre o el amor a la patria. Si usted pregunta por ella en una encuesta, la mayoría siempre responderá favorablemente.

Quien esto suscribe ha sido y es partidario de la unidad, o de la unión nacional, más bien. Más de una vez he afirmado y escrito que Venezuela está a las puertas, o debería estarlo, de su tercera gran unidad. En esta perspectiva, la primera habría sido la que nos dio la independencia, la del abrazo de Cañafístola entre Bolívar y Páez, la de aristócratas y plebeyos, que no sólo fue concebida para asegurarnos la victoria frente al imperio español sino como ambicioso (y fallido) proyecto de unión continental. La segunda sería la que nos dio la democracia, la que se expresó en la resistencia contra la última dictadura, la del 23 de Enero, y sí, la democracia puntofijista, la de la Constitución del 61, rubricada por todo el ancho espectro político nacional, desde Copei hasta el PCV, que con todo y sus colosales atrofias, hasta ahora ha sido el nivel más alto de democracia conocido en nuestra historia. La tercera unidad nos debe dar el desarrollo en libertad y con justicia social a partir de un amplio consenso programático que permita la reconciliación nacional, la reinstitucionalización de la democracia, y la reconstrucción de nuestro aparato productivo y de nuestra devastada infraestructura de servicios. Una unidad por siglo: XIX, XX y ahora XXI.

Pero ocurre que esta unión nacional es comúnmente confundida con la unidad electoral de la oposición frente al gobierno. Alguna vez participé en la concepción de una propuesta que se formuló a la MUD desde uno de sus partidos: la del gobierno de unidad nacional, como gran idea fuerza de la alternativa democrática. Lógicamente, la gracia y el sentido trascendente de ella consistía en dirigirse al universo del pueblo chavista, del chavismo democrático (luego disidente y crítico): quien entonces hacía las veces de candidato, seguramente porque no entendía nada, rápidamente la convirtió en unidad sólo de la oposición (electoral, por supuesto). Eso es lo que yo llamo, unitarismo. Es decir, convertir la consigna de reconciliación y unión de todos los venezolanos en un instrumento utilitario y casi demagógico de un solo sector.

Para leer los artículos anteriores de Enrique Ochoa Antich, dale click aquí. 

Paradójicamente, la otra cara de la misma moneda es transformar a la unidad en un tótem intocable, en un fin en sí mismo. Sin la unidad no somos nada, se desgañitan algunos de los sacerdotes del unitarismo mudista opositor. Sin la unidad electoral de todos jamás le ganaremos al gobierno, exclaman. Un verdadero chantaje. Esa visión es la que cree que la unidad es una sopa de letras, como si la adición de siglas fuese la clave de todo. Olvidan que en política hay sumas que restan y divisiones que multiplican. Además, también paradójica pero dialécticamente, la unión suele ser el resultado del deslinde. Los tres grandes proyectos unitarios nacionales de los siglos XIX y XX planetarios: los Estados Unidos de Norteamérica, la Unión Soviética, y Europa, hubieron de conocer fracturas previas y necesarias incluso sangrientas: los EEUU de hoy, ¿habrían sido posibles sin la guerra de secesión?; el inmenso proyecto de la URSS se inició en la modestísima división del Partido Obrero Social-Demócrata Ruso entre mencheviques y bolcheviques; la Unión Europea, ¿habría sido posible sin el horror de las dos guerras? En Venezuela, la unidad independentista comenzó con el Decreto de Guerra a Muerte y la del proyecto democrático con la separación de Betancourt y los suyos del tronco comunista.

Pues aquí y ahora, sostengo que para poder batallar por la verdadera unión nacional, la de todos los venezolanos, que permita construir las bases para 20 años de un nuevo consenso que permita la modernización democrática y el desarrollo de la sociedad venezolana, se necesita de una nueva oposición separada de la oposición clásica conocida que, más allá de su tamaño cuantitativo, con perfil y discurso nítidos, desde fuera de las ruinas de la MUD, desde la ruptura con el viejo modo de hacer política, estos es: sin simulaciones, sin mentiras, sin cinismo, asuma a plenitud el compromiso con la ruta democrática y la defensa del diálogo para asegurar una transición pacífica y negociada (única manera de que sea exitosa). Es la tarea de los venezolanos de esta generación.

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