Caracas, 12 de febrero de 2019.

Por: Enrique Ochoa Antich *

@eochoa_antich

 La poesía de Pablo Neruda es, tal vez, la más grande obra lírica del siglo XX en lengua castellana. Plena de metáforas como relámpagos, difícilmente puede encontrarse otra que haya incorporado todo, literalmente todo el universo humano: amor, sexo, política, historia, naturaleza, geografía, en fin. Puede percibirse en ella esa aspiración totalizante que Vargas Llosa considera esencia de un grande escritor (su obra sobre Cien años de soledad busca explicarla como un deicidio en la pulsión literaria de García Márquez).

Sorprende que Neruda a sus veinte y tantos (24, si mal no recuerdo) hubiese publicado sus Veinte poemas de amor… y, más que ellos, su Canción desesperada. Esta última, es un salto descomunal hacia una nueva poesía latinoamericana. Expresiones como feroz cueva de náufragos, guerras y vuelos, estupor que ardía como un faro, ansiedad de piloto, furia de buzo ciego, cópula loca de esperanza y esfuerzo en que nos anudamos y nos desesperamos, ternura leve como el agua y la harina, ponen de relieve un modo original de acudir a la palabra, conectando imágenes aparentemente contradictorias que así estallan en el poema como centellas en la noche. Y todo ello sin ser surrealista, para nada.

Igualmente esa orgía estupenda de colores y olores y sensaciones de todo tipo que fue Residencia en la tierra, escrita si no me equivoco en Rangoon, la más poblada ciudad de Birmania, adonde fue en labores diplomáticas. Es un tiempo en que el arte se justifica a sí mismo, el arte por el arte, según suele decirse. Y entonces ocurrió lo que estaba escrito que habría de ocurrir.

En su Tercera residencia, Neruda explica algunas cosas, según nos dice en el título de uno de sus poemas, punto de inflexión, frontera entre un Neruda y otro. Fue España y su guerra civil: el poeta nos dice que ya no puede seguir escribiendo al margen de la historia, y por toda justificación invita así a sus lectores, repitiendo tres veces el verso, cada uno en cadencia y final peculiar: Venid a ver la sangre por las calles.

De allí en adelante, Neruda desafía los límites mismos del lenguaje poético. Por ejemplo: escribe una Oda a la cebolla, entre sus Odas elementales, o en ese verdadero portento literario que es su Canto general nos describe hechos históricos de la historia de América en la mejor tradición de la poesía épica. Neruda supera a Neruda.

Asombra que, excepto un librito de poemas escrito contra Nixon ya al final de su vida, no haya llegado a ser Neruda nunca un poeta panfletario. Rozaba el género, sí, pero no caía en sus garras. Tan distante del hórrido realismo socialista implantado como política cultural oficial de los comunismos a los que en colosal contradicción existencial, el poeta prestó su nombre y su apoyo.

Desde un balcón Allende y Neruda saludan una multitudinaria marcha de la Unidad Popular, luego de su postrera victoria electoral municipal antes del golpe militar. Allende se vanagloria del gentío. Y Neruda entonces le pregunta mordaz señalando a los manifestantes: ¿Cuántos de ésos se necesitan para detener un tanque? Que esta anécdota y el verso de Neruda con que titulo esta columna, nos sirvan de alerta ante los acontecimientos por venir.

(*)  Político y escritor. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS). Miembro de la Concertación por el Cambio.

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