Caracas, 25 de marzo de 2019.

Por: Enrique Ochoa Antich *

@eochoa_antich

En algún párrafo de su monumental historia de la II guerra, Winston Churchill escribe (cito de memoria): Nada peor en el ejercicio de la cosa pública que formular falsas promesas que luego serán barridas por la realidad. No por azar dijo aquello de sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas.

La oposición tiene por mala costumbre la siembra de ilusiones, sólo apoyadas en la fe. No por casualidad uno de sus capitostes proclama la consigna de fuerza y fe. Fuerza entendida como capacidad de resistir y no de fuerza real, que no la tiene. Recién iniciada la época (que así puede ser llamada) chavista, allá por el 2000, frente a la arbitrariedad de inmiscuir al Estado en las elecciones sindicales que por definición deben ser autónomas, participé del pequeño grupo que fundó un Comité de Resistencia Civil, uno de los primeros órganos de oposición democrática. Sí, valoro esas luchas ciudadanas y populares, basadas en la desobediencia pacífica frente a todo poder autoritario. Pero difícil hacerlo cuando se las convierte en coartada para propiciar la violencia e incluso la guerra.

Distinción entre la oposición extremista y la oposición democrática la constituye que aquélla escoja el camino siempre fallido del atajo, del “asalto al poder”, de la salida ya, y ésta el de la acumulación progresiva de fuerzas, la organización de abajo hacia arriba, el diálogo y la negociación, y el voto, que nos puso a las puertas del poder. Del primero son ejemplos el golpe de Estado de 2002, el paro petrolero, la abstención, las guarimbas, es decir, puras derrotas, y ahora la infamante invitación a una intervención militar extranjera. Del segundo, el paciente proceso que nos llevó del reagrupamiento de fuerzas de 2006 a la victoria en el referendo constitucional de 2007, y de allí, colina por colina, a la conquista de las más importantes gobernaciones y alcaldías, a la casi victoria en las elecciones presidenciales de 2013 y al rutilante triunfo de las elecciones parlamentarias de 2015.

Luego, comenzando por el revocatorio (derecho constitucional obstruido), en vez de continuar el sendero de la ruta democrática: regionales 2016, municipales 2017 y presidenciales 2018, volvimos a irnos de bruces: guarimbas, abstención, no-diálogo y ahora doble poder (como no sabemos ganar la presidencia, nos inventamos una). Seis meses. La salida ya. El quiebre. Fuerza y fe.

Pero al lunes le sigue el martes… y al martes, el miércoles… y a enero febrero y a marzo, abril. El inmediatismo siempre es contrastado por los hechos. Pasaron, uno tras otro, el 10E, y el 23E, y el 12F, y el 23F… y aquí estamos.

Una parte muy importante de la población, espoleada por un liderazgo inmaduro e irresponsable, ha creído que estamos a las puertas de un cambio de gobierno, y dio rienda suelta a sus ensoñaciones. En esta misma columna escribimos unos días antes de la autojuramentación, que se corría el riesgo, si no se ponían los pies en el piso, si no se aceptaba negociar con el gobierno, si no se hablaba con la verdad por delante, de convertir la legítima esperanza en vana ilusión que a la vez diese paso al reflujo y la resaca. La ciudad de los espejismos, para usar la frase del Gabo. Cuando el gentío estaba en la calle, a algún programa radial le dije: Ahora es el momento de negociar. Si se escrutan con cuidado estos 20 años, descubriremos que la oposición sólo ha negociado después de las derrotas. Si se siente triunfante y victoriosa, cree bastarse a sí misma y lo quiere todo, incluso la extinción de su adversario.

Contrariando todo sentido de realidad, se promovieron recientemente consignas como el patético “sí o sí” que sólo le ha hecho perder credibilidad a ese liderazgo que, autoritariamente por la vía de los hechos cumplidos, sin debate ni consulta alguna (excepción del Departamento de Estado, claro), ha impuesto su hegemonía sobre la oposición que hace vida en la AN (que no es toda la oposición, a Dios gracias).

Sé que aún es pronto para afirmar que el gobierno va a ganar esta batalla. Su situación económica y financiera es tan precaria, su dogmatismo tan decrépito, su ineptitud y su corrupción tan delirantes, que uno se pregunta si no terminará cayendo por su propio peso. Pero van dos meses de aquel 23E y nada… ¿Fuegos de artificio? ¿Estrella fugaz? No lo sé. Lo que sí sé es que sin diálogo, negociación, reconciliación y paz, nunca nos será posible reinstitucionalizar y reconstruir al país para acceder a una democracia plena y a una sociedad con progreso y justicia social para todos. Por la fuerza (si es que se tiene, que no es nada claro), sólo ganaremos más violencia y más fractura. Ojalá lo entendamos… antes de que truenen los cañones y sólo tengamos sangre y muerte entre nosotros.

(*)  Político y escritor. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS). Miembro de la Concertación por el Cambio.

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