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“Yo lo que dije fue que aquí iba a llover… y llovió”… de Golpe

Quien no está del todo conmigo es mi enemigo, y al enemigo con el palo (…) Mal inveterado de nuestra política ha sido ese de no ver en los que nos rodean sino amigos y enemigos; amigos a quienes favorecer y enemigos a quienes perseguir, amigos que son los buenos y enemigos que son los malos”.

Arturo Uslar Pietri

La divergencia política (1949)

En una entrevista que Ignacio Ramonet le realizó al Arañero de Sabaneta, publicada en 2013 bajo el título Hugo Chávez: Mi primera vida, encontramos anécdotas casi desconocidas, sobre una conversación entre Arturo Uslar Pietri y el comandante del Por ahora. Escogimos algunos fragmentos de esta entrevista y del ensayo de Uslar Pietri Golpe y Estado en Venezuela, 1992. Los presentamos aquí, de manera textual, como una pieza de ese pasado que ahora y siempre nos confronta con nuestro devenir de país.

“Yo lo que dije fue que aquí iba a llover… y llovió”

Ramonet: Afirma Arturo Uslar Pietri: «El venezolano está sediento de historia». ¿Comparte usted la idea?

Sí, ya lo creo. Uslar fue —usted lo conoció—, un hombre de la clase alta. Pero un gran patriota. Autor precisamente de Las lanzas coloradas sobre la gesta de los llaneros, y de La isla de Robinson, una maravillosa novela sobre Simón Rodríguez. Un hombre muy recordado y respetado, el doctor Uslar Pietri, quien, en los años 1940, cuando gobernaba el general Isaías Medina Angarita, habló de la necesidad de «sembrar el petróleo». Yo también lo conocí porque, primero, lo leí mucho, y luego, después de nuestra rebelión del 4 de febrero de 1992, estando en prisión, comenzaron las especulaciones acerca de los «autores intelectuales» de aquel alzamiento, como si nosotros no pensáramos… Y trataron de implicar a Uslar en aquello. Lo cierto es que hizo unas declaraciones justificando, en el fondo, nuestra acción… y le allanaron la casa. Entonces Uslar, por supuesto, se puso mucho más firme contra el gobierno de Carlos Andrés Pérez y declaró: «Yo lo que dije fue que aquí iba a llover… y llovió».

“Uno tiene que saberse ir antes de que lo echen”

Dos años después, en 1994, salí de la cárcel, busqué contacto con él y me recibió en su casa del caraqueño barrio de La Florida, en su biblioteca. Hablamos un rato largo; ya había enviudado. Nunca se me olvida lo que me dijo cuando le pregunté por qué no seguía escribiendo una columna que mantuvo durante cincuenta años en el diario El Nacional y que había dejado de escribir… Me contestó: «Mire, Comandante, uno tiene que saberse ir antes de que lo echen».

Tenía los ojos azules claros y una voz muy ronca, modulada, sobrecogedora; impresionaba el tono de su voz, la claridad, la forma de expresión; yo quedé muy impactado. También lo había visto en televisión, él tenía un programa semanal en Radio Caracas Televisión, «Valores Humanos», excelente.

Personalmente me deslumbró la inteligencia de aquel hombre que me recibió con mucho afecto. Recuerdo que me dijo: «Comandante, la vida es como una obra de teatro, unos actores están en el primer plano, otros en el fondo del escenario; unos escriben la obra, otros la dirigen; y otros son espectadores. Cuando a uno le toca ser actor sobre las tablas debe tener sumo cuidado en dos momentos especiales: el momento de entrar en escena, y el momento de salir de la escena». Y añadió: «Yo lo vi a usted entrar con una boina roja y un fusil, ahora debe usted ver cómo sale…».

Luego de los anteriores fragmentos de la entrevista de Ramonet a Chávez, pasemos a leer lo que textualmente dice Uslar Pietri en aquel libro de 1992. Presentamos en dos partes, bajo nuestra propia titulación, los extractos seleccionados de su ensayo.

“Esto se veía venir desde hace tiempo”

Lo que ha ocurrido en Venezuela el 4 de febrero de 1992 se veía venir desde hace tiempo. El más superficial observador no podía dejar de darse cuenta del disgusto creciente que la mayoría de la población, particularmente la clase media y los trabajadores, para no nombrar los marginales y los desempleados, venía manifestando en muchas formas ostensibles con respecto a la gestión del gobierno (…).

La insurrección militar del 4 de febrero de 1992 no debe ser vista aisladamente, como un caso más de intentona golpista por parte de militares ambiciosos, sino que hay que considerarla, si se quiere entender su verdadera significación y comprender mejor la situación real del país, en el contexto del cuadro general de la vida venezolana y de la forma como en los últimos años se ha venido conduciendo el gobierno.

Sería un craso error pensar que la tentativa de los jóvenes oficiales se ha producido en el vacío y, menos aún, que en alguna forma corresponda a una inclinación generalizada a favor de un gobierno autoritario. La inmensa mayoría del pueblo venezolano —me atrevería a añadir que también la de los oficiales de sus Fuerzas Armadas— es partidaria de un régimen democrático, respetuoso de las libertades y de los derechos humanos. La insatisfacción y la actitud crítica hacia el gobierno actual han sido provocadas por los errores y las deficiencias de la política nacional (…).

Fue en ese ambiente de frustración y de angustia, que se planteaba de la manera más elocuente ante la indiferencia del gobierno, que ocurrió el alzamiento militar del 4 de febrero de 1992. Era, sin duda, un gesto de desesperación el que movió a un grupo numeroso de oficiales de las Fuerzas Armadas a sentirse obligados a actuar para llenar, en alguna forma, aquella ausencia de respuesta ante el clamor nacional (…).

“…si este estado de cosas se prolongara peligrosamente”

La tentativa del 4 de febrero sirvió, por lo menos, para plantear claramente ante los ojos del país y del mundo la realidad venezolana y la necesidad perentoria de que el gobierno y el Congreso reconocieran sinceramente la grave situación de emergencia y procedieran a tomar las medidas y a realizar las reformas necesarias para enmendar el rumbo y poner fin al desastre económico, al caos administrativo y a la falta de orientación política (…).

Los aspectos más visibles de esa crisis los constituyen, en primer lugar, el inmenso déficit fiscal, que amenaza con mayor inflación y que desajusta todas las relaciones del mercado financiero. Hay que citar también la presencia de una corrupción generalizada que se ha manifestado de manera sistemática a todos los niveles de la administración pública y frente a la cual no ha habido ninguna respuesta efectiva de prevención y de castigo, más bien hay la impresión de que se ha formado un clima general de tolerancia hacia muchas formas de corrupción.

En ese orden de prioridad habría que anotar, también, la necesaria reforma a fondo del sistema judicial (…) la reforma del sistema electoral (…) y las modificaciones legales necesarias para señalar y castigar el enriquecimiento ilícito (…).

Nadie ha propuesto soluciones de violencia, ningún sector ha asomado siquiera la posibilidad de patrocinarlas y, como las voces de un coro unánime, lo que surge de todo el conjunto es el firme deseo de que, por un acuerdo nacional, se evite la ruptura violenta y se llegue a la adopción de medidas prontas y eficaces de efectiva rectificación.

Si los dirigentes políticos no se percatan de la excepcional significación (…) que esta situación representa (…) estarían asumiendo la inmensa responsabilidad de las soluciones de fuerza, que pudieran surgir si este estado de cosas se prolongara peligrosamente.

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