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(Opinión) Con el agua al cuello. Por Enrique Ochoa Antich

Por Enrique Ochoa Antich
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Enrique Ochoa Antich - del por ahora
Artículo escrito en exclusiva para PuntodeCorte.com
Caracas, 27 de abril de 2020.
Por: Enrique Ochoa Antich *
@eochoa_antich

Nicolás Maduro mira fijamente el pequeño busto de Chávez sobre su escritorio presidencial y se pregunta: “¿Cómo fue que llegamos hasta aquí?”. En la soledad de su despacho, a esta hora de la noche, los fantasmas del pasado tocan a su puerta. Las modestas revueltas de Cumanacoa y Upata le hielan la sangre. Él vivió de cerca la rebelión de los pobres del 27F y sabe que una pequeña chispa puede incendiar la pradera. Un pueblo hambriento no pide permiso: sale a la calle a buscar comida, como sea. Pero Maduro aparta de sí ese mal augurio cual si fuese un enjambre de moscas. ¿Cómo conjurar los saqueos? Tal vez ocupando fábricas de la oligarquía apátrida. Que los saqueadores sientan que el gobierno es uno de ellos.

El presidente sabe que la nave traquetea ante el temporal. Como en la más perfecta de las tormentas, los dioses del mal han arrojado sobre su gobierno varias plagas a la vez: el virus mortal, el derrumbe del petróleo y la exigüidad de los combustibles. Otros demonios danzan a su alrededor: las remesas, el dólar imperial y esta latosa hiperinflación.

Maduro siente el agua al cuello.

¿Será que soy tan inepto así?, ¿Es este gobierno así de ineficiente?, ¿Chávez lo hubiese hecho mejor?, Tal vez, tal vez… medita ensimismado, flagelándose con varias vergüenzas que desfilan ante él como un carrusel fantástico: apagones, cortes de agua, el ruinoso Metro, el salario trasmutado en polvo cósmico (como decía aquél), y así, en una lista de nunca acabar. Una economía devastada lo contempla como la larga sombra de un fracaso: contracción del PIB, inflación, deuda y un prolongado etcétera. El CLAP y la Misión Vivienda lucen chiquitos ante tanta catástrofe.

Pero no hay mal que por bien no venga, se dice el presidente: la depresión económica ahuyentó la movilidad internacional (a Maiquetía llegan en una semana los vuelos que a El Dorado en hora y media) y con ella se espantó a la peste, si no quién sabe qué hubiese sido de la vida de miles con este destartalado sistema público de salud.

Y sí, claro, él tuvo la feliz idea de ordenar a tiempo el claustro de los venezolanos y éstos, de un bando o de otro, respondieron con inusitada disciplina. Hasta los opositores más recalcitrantes se lo reconocen.

Una pa’l mingo, murmura.

Pero esta noche ha tenido una como epifanía. El presidente otea el porvenir post-pandemia, si es que llega a la otra orilla, y contempla un país exhausto y devastado.

¿Para qué gobernar así, sólo defendiéndonos de no ser derrocados?, se pregunta con ruda franqueza.

En un rapto de sinceridad, con la mano puesta en el costado izquierdo de su pecho, admite que las sanciones gringas no son la causa de esta tragedia, aunque mucho la agraven. Lo sabe, pero no lo dice. No puede decirlo. Ni siquiera a su entorno más cercano. Mr. Trump busca agravar una crisis económica preexistente, pero no la crea. Por casi tres lustros (tres gobiernos puntofijistas), de 2003 a 2016 (excepción hecha del breve brote extremista-salidista de 2014), el gobierno transitó por un entorno envidiable. Como si fuese uno de los informes políticos de Julio Escalona que tánto escuchó en sus años mozos, el presidente hace la cuenta: tuvieron 1. paz, 2. reconocimiento internacional, 3. hegemonía popular incontestable, 4. todo el poder, y 5. dinero, mucho, mucho dinero. Sólo de 2017 en adelante, esta necia oposición extremista reincidió en la línea insurreccional, abandonando la ruta democrática. “Si supieran que era con el voto que nos hacían más daño”, murmura entre dientes.

Maduro observa de nuevo el busto de Chávez y pregunta: “¿Qué nos pasó, Comandante?”.

Ahora tiene la respuesta, que revuelve el último rescoldo de su corazón bolchevique. Los asesores de El Aissami se lo han explicado. Los chinos se lo han explicado. Incluso Cilia lo ha admitido en sus horas de privacidad.

¿Será que las estatizaciones de 2006 fueron un error?, le ha soltado la primera combatiente, como quien afirma preguntando.

Que no se diga que él traicionó el legado: éste es el legado. Tal vez si en 2014 hubiese dado el golpe de timón que muchos le propusieron.

Las sanciones son una buena coartada, un recurso discursivo, una treta publicitaria eficaz, pero las cifras no mienten: toda la producción nacional: agrícola, industrial y petrolera, comenzó a venirse a pique mucho antes de las sanciones, 8 años antes para ser precisos, de 2007 en adelante, una vez que el Comandante, emulando al Fidel de los ’60, o como un Pérez I multiplicado a la enésima potencia, expropió aquí y allá sin ton ni son: petróleo, electricidad, lanchas, bancos, aluminio, hierro, acero, aceite, café, azúcar, leche, queso, cemento, cereales, edificios, haciendas, centros comerciales, seguros, turismo, ferrocarriles, cines, envases, hoteles, cloro, bicicletas y pare usted de contar… el Estado lo hace todo, desde entonces… o pretende hacerlo, que no es lo mismo ni se escribe igual. Sólo inmensos desaguaderos de los dineros públicos. Y caldos de cultivo de la corrupción roja rojita. Así, era fatal la quiebra de la república, refunfuña el presidente. Desde entonces la producción nacional se desmorona poco a poco: ahora lo que ha hecho es chocar contra el piso. Traicionado por su subconsciente, ya lo dijo él mismo en una reciente alocución pública, hablando de una de las hijas dilectas del Comandante Eterno: ni el 10 % de los Fundos Zamoranos está productivo.

Como si fuese una oración, Maduro le habla al busto de Chávez: Tuviste, vengador justiciero del pueblo, la mejor de las intenciones …pero de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno.

Sí, la techumbre de esta economía rentista, populista, estatista se les viene encima. Y ahora, como tres puntillazos certeros, el virus, el petróleo a $ 10 y la gasolina. El emperador del norte, aprovechando la ocasión, patea las corvas de la “revolución” (dizque) bolivariana, a ver si la derriba. Pero nada que lo consigue, aunque la haga tambalear. “¿Qué hacer?”, rumia el presidente como si Vladimir Ilitch fuese, y se extravía en su confuso laberinto.

¿Liberar a los presos políticos? ¿Tentar un acuerdo con alguna de las oposiciones para una retirada en orden? ¿Favorecer la liberal idea de la alternancia republicana y desechar la tentación totalitaria perpetuacionista? ¿Designar como vicepresidente a algún oposicionista destacado y dejar en sus manos el gobierno? ¿Reprivatizar con audacia empresas y servicios? ¿Aumentar el precio de los combustibles? ¿Gestionar un acuerdo con los gringos? ¿Intentarlo con los europeos? Todo se mezcla con sus averiados sueños comunistas. ¿Será ya demasiado tarde?

Si cruzo esta tempestad, tendrán que aguantarme por muchos años, medita el presidente, infundiéndose fuerzas de donde ya no las tiene.

A esa hora de la madrugada repica su celular. Es Diosdado. El presidente despierta de su sueño …o pesadilla. Se le revuelven sus contradicciones. Entonces se yergue sobre sus dudas, atiende la llamada y exclama, al borde del abismo: “¡Leales siempre! ¡Traidores nunca!”.

(*)  Político y escritor. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS). Miembro de la Concertación por el Cambio.

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