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(Opinión) Democracia en movimiento. Por Américo Martín

Por Punto de Corte
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Que crezca la audiencia - Américo Martín
Caracas, 27 de mayo de 2020
@AmericoMartin

En artículos anteriores he pedido que retomemos el orden de reflexiones que guiaron a los americanos anglosajones y a los hispanoamericanos,  acicateados como estaban, con la idea-mandato de construir en la América emancipada la más grande república civil de todo el planeta. Pensadores insignes como José Enrique Rodó, Francisco García Calderón y -antes- los  principales líderes de la independencia, habían proclamado que para ellos la patria era una sola. Y aunque no resultó así, casi todas ellas, desde el norte al sur, nacieron como repúblicas civiles dotadas de la misión divina de fundarlas tan intensamente espirituales como el reino de Dios en la tierra. Las dos únicas excepciones fueron el imperio mexicano de Agustín Iturbide I y el imperio brasileño de Pedro I, que fue una simple continuación del imperio portugués.

Esa misión navegó con el  Mayflower en 1620 y el espíritu religioso, aunque no papista, que le confirió a aquella empresa el carácter divinal por excelencia. Y en el sur la propuesta se concretó en el espíritu alado de Ariel, guía de los hispanoamericanos, en su búsqueda de la victoria material y utilitaria, animada por el luminoso ser creado por Shakespeare en La Tempestad, que aleja la civilización democrática, en trance de crearse, de la grosera codicia y rapacidad de los aventureros que se proponen desvalijarla en su provecho personal.

Frente a la idea de la federación, rechazada por El Libertador en sus grandes manifiestos de Cartagena, Jamaica y Angostura, pero aceptada como fórmula ideal en un futuro aplicable. A la objeción de por qué EEUU adoptó el federalismo al cual sigue hoy atado, como parte fundamental de su inmenso desarrollo y permanente modernización, Bolívar respondió:

  • Es un prodigio. EEUU nació en libertad y siguió en libertad. Solo así se explica la sobrevivencia de un sistema como el federal.

Es obvio que ese juicio, a diferencia de la mayoría de los  suyos, resultó insuficiente.

El otro problema es el de la solidez de la democracia, la confianza en el voto y la recurrencia de la violencia y los  regímenes de fuerza. También allí el Norte supera al Sur pese a que,  en general, América Latina no ha dejado de proclamar su adhesión principista a esos valores. El problema es la incapacidad inexplicable para ponerse de acuerdo sobre la mejor forma de aferrarse a ellos. Alberdi había dicho, en su obra excepcional Bases y puntos de partida para la organización política de la República de Argentina, que gobernar equivalía a poblar, pero no con cualquier gente tomada al azar, sino con predominio de los sabios y experimentados. La educación era, pues, el complemento ideal del número, de la muchedumbre. Pero este punto, tan fácil para concertar acuerdos, también se prestó a desencuentros absurdos muy propios de la América española. Alberdi, por ejemplo, no era dado a construir universidades; le parecía una pérdida de dinero y de tiempo. Se inclinaba por fomentar la inmigración de  europeos con una sabiduría teórica y práctica arraigada. Eran como universidades vivientes, llave en mano, que podían fomentar cualquier rama de la producción, la infraestructura y la disciplina de trabajo, que nos hubiese costado años desarrollar. Hubiera preferido atraer inmigrantes ingleses, para entonces los más preparados en su condición de primera potencia mundial. La cuestión es que, precisamente por serlo, se resistían a abandonar su país.  De allí que los  inmigrantes europeos fueran italianos, portugueses y españoles. Y sin duda, su aporte cultural ha sido extraordinario.

En su ensayo Venezuela 1830-1850: construcción de la República, la profesora ucevista Elena Plaza agrupa la  educación en general, la inmigración y la educación política o ciudadana en forma que, según me parece, aborda correctamente la relación democracia y educación.

Cuando Alberdi ofrece la fórmula gobernar es poblar, despertó la objeción de Rodó y otros pensadores, en el sentido de que no parecía pertinente darle al número tanta influencia en el proceso civilizatorio. Completaron la idea aludiendo a la educación y la cultura. Pero no podía tratarse de educación y cultura individuales para que no ocurriera algo parecido a lo que al culto presidente colombiano Manuel Antonio Sanclemente, quien durante su mandato creó la Academia Colombiana de la Lengua y fue un aceptable novelista. Sin embargo, fue derrocado de la manera más inculta por José Manuel Marroquín.

La cultura y la educación aquí mencionadas tienen que serlo de alcance poblacional, formando parte de procesos cívicos permanentes, incluso de elecciones ininterrumpidas y, por lo tanto, formadoras de conciencia civilizatoria. En los debates infructuosos se suele descartar el poder del voto cuando sus resultados son azarientos o francamente negativos. Es posible que así suceda, pero lo será con menos frecuencia si el voto y las competencias electorales se repiten. Los candidatos y sus equipos trabajan en la presentación de programas y respuestas cada vez más atinadas. Es ese proceso el que va generando un liderazgo mejor preparado.

Es el mismo efecto causado por el uso de las instituciones democráticas en la conciencia ciudadana y en su propio fortalecimiento.

La democracia, en fin, es el movimiento hacia la democracia.

(*) Escritor y abogado

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