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(Opinión) Descarnada realidad nacional. Por Luis Aristimuño

Por Punto de Corte
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Caracas, 17 de febrero de 2020.

Visionar hoy una salida posible al problema venezolano termina en una descripción reiterativa de la situación. Hacer inferencias o calcular escenarios se han vuelto ejercicios cada vez más difíciles debido a un hecho incuestionable: la disciplina política, tal como la conocemos, ha dejado de ser.

En efecto, el pranato criminal chavista ha liquidado su sustento, la estructura legal del Estado, incluyendo, entre tantas, cuestiones de vital importancia como la aplicación de justicia o el derecho a la vida. Y ahora se apresta, como única salida del final de su carrera asesina, a destruir (colonizar) el último reducto de la ley y el orden: la Asamblea Nacional presidida por Juan Guaidó, el Presidente Interino reconocido por la mayoría de los países democráticos. De allí que, de toda la complicada mecánica nacional, lo más claro sea el recorrido futuro del abominable régimen.

Para lograrlo se prepara de manera acelerada. De allí el impulso en los “minoristas” sentados en la llamada “Mesita de noche”, ya convertidos en cómplices sin ambages, desfilando orondos por los medios de comunicación que hasta hace poco les estaban vedados y recorriendo los circuitos electorales, buscando convencer a la población de una verdadera idiotez: que el problema del país estriba en que se encuentra “polarizado” y que nuestra colosal tragedia “tiene solución” si la nueva AN es multifactorial.

Y a lo interno organizan a sus partidarios comprados con las cajas CLAP para la protesta “mise en escena” e instan a sus “enchufados” al amedrentamiento contra los ciudadanos: en un desfile el Día de la Juventud, el desgobernador de Sucre y los “alcaides” de Cumaná y otras ciudades marchan armados de fusiles de asalto: el síndrome de “La piedrita” y de los pranes en las cárceles llegó a esferas superiores.

En un país con millones de armas en la calle.Su gran problema, a mi entender, es que, de conseguir ese objetivo, obtendrán una AN completamente ilegal, lo cual posiblemente les servirá para entregar el negocio petrolero –lo único que les queda y que no pueden malbaratar— a empresas delincuenciales, pero no a las que podrían administrarlo con ciertas garantías de alimentar sus necesidades de dinero fresco.

Por su parte, la oposición, aparte de resistir, no tiene a la vista un plan consistente, viable, para aprovechar su mayor potencial, el descontento popular, y propinar un golpe certero en el cercano o mediano plazo. Y no lo tiene porque ello es algo que se construye con trabajo organizativo tesonero, algo que los partidos democráticos, antes y ahora, han visto con el rabillo del ojo cuando no con desidiosa actitud. Juan Guaidó ha hecho lo suyo, pero falta el diseño para la lucha final. Y tal cosa, dígase lo contrario con elocuencia o sin ella, no resulta sencillo de hilvanar ni ejecutar.

Acoto, finalmente, una impresión: los bandos en pugna han arribado a un lindero con luz roja: de un lado, quienes dirigen el pranato están percatados de que cada vez están más impedidos de poder atender las exigencias para mantenerse. Y este desgaste los pone en la perspectiva, aterradora para ellos, de perder el poder (la imagen de Cabello mostrando la cédula despedazada de Guaidó me lució una proyección freudiana del miedo cerval a esa posibilidad aposentado en la trastienda del chavismo). Y, del otro, que, por lo anterior, una salida gestionada luce lejos; y siempre es posible que la ira de la población se sobreponga al espanto y dé paso a la violencia sin control.

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