Caracas, 15 de julio de 2019. Estaba derrotado. Ido. Desolado. Con la grada en contra. Veía como el buen tipo, ese que con 37 años de edad no tiene enemigos, estaba a punto de ganarle la pulseada. De triunfar en el césped sagrado de Wimbledon , donde se siente cómodo, como en su casa.

Pero Novak Djokovic no estaba dispuesto a regalar el trofeo dorado en Wimbledon así por así. Le costó en el primer set y en el tercero. Así que lo menos que iba a dar era concesión alguna en la última manga.

Él también deseaba saborear el manjar, el 16 de su carrera, esa que en algún momento estuvo a punto de llegar a su fin el año pasado por una lesión en el codo.

Y el serbio supo reponerse. Sacó de abajo un 15-40 que iba camino a otorgarle a Roger Federer su grand slam 21 y por consiguiente  la  novena corona en la prestigiosa cancha del All England Club.

“Es irreal ganar después de levantar dos bolas de partido. Esta es una de las tres mejores finales que he jugado y contra uno de los mejores deportistas de la historia”, dijo Djokovic al final del épico partido que se extendió por 4 horas y 57 minutos, el más largo en la historia del torneo de hierba, esa misma que comió el serbio después de quebrar al suizo en cinco sets 7-6(3), 1-6,7-6,4-6 y 13-12.

En esa muerte súbita, esa que se estrena y con la que muchos están en desacuerdo, surgió un Federer desacertado, desesperado, quizá porque estaba al tanto de que minutos antes había pasado el tren y no lo tomó. Subió a destiempo a la red para desesperación de la grada y alegría de Djokovic, exhausto también, pero con ese puntito de solidez que le faltó esta vez al suizo.

A veces dan igual los talentos, los esfuerzos, el palmarés. Porque esto es deporte, un juego, y el azar también influye. Con 2-1 y un primer saque bueno, el resto de Djokovic tocó en la cinta y quedó muerta en el campo de Federer. Dos bolas de break, salvadas con el aliento de una pista central contenida.

Y una más con un ace que se expulsó en forma de aplauso espontáneo para soltar la adrenalina.

La rivalidad entre estos dos señores y Rafael Nadal es brutal. Y lo sigue siendo. Elevaron el tenis a una galaxia aún superior donde lo habían llevado todas las leyendas anteriores.

Pero, además, cuando decidan marcharse a sus respectivos hogares, dejarán como legado algo todavía más importante: en el deporte se pueden ser los más grandes sin la necesidad de tener un enemigo delante. Basta con una sana rivalidad. Como la de ellos.

Aplausos para Federer y aplausos para Djokovic, el hombre que retuvo la corona en Wimbledon y celebró en Londres.

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