El caso de Óscar Pérez desató todos los demonios del Gobierno, que junto a los grupos armados, hicieron de una “captura controlada” una masacre televisada. Los hombres asesinados el lunes 15 de enero en El Junquito ya estaban muertos desde hace rato.

Ese hombre que agarró un helicóptero y se burló del “sistema de defensa aéreo más preparado del mundo” -como dice el Gobierno- se murió justo el día en que planteó su modelo para salir de Nicolás Maduro. Murió al nacer dirían algunos.

La particularidad de Pérez es que murió tres veces. Creo yo.

Su primer deceso fue político, porque decidió derrocar con armas a los dueños de las balas. Su forma rememoró lo que un tal Hugo Chávez ya había intentado. Los señores del poder fracasaron -en su momento- en el uso de los tanques y las bazucas, luego perfeccionaron la técnica y hoy mantienen sometido a un pueblo a punta de “pac, pac, pac…”. Óscar Pérez decidió enfrentar al papá con los mismos métodos que aprendió de él.

Posterior a la muerte política vino el fallecimiento mediático. Su discurso no caló en la mayoría, su palabra se hizo duda, sus invitaciones fueron ignoradas y sus consignas escasas de argumentos. La gente lo ignoró -a pesar de sus esfuerzos por mostrarse aguerrido- quizás, no lo sé, la gente no quería que la salvaran y no aceptó otro mesías con fusil. El Twitter, el Instagram y el Youtube se convirtieron en testigos excepcionales de su desesperado intento de encontrar camaradas para la lucha.

Después, al final de su fugaz aparición en la escena pública, su tercera muerte fue un vil asesinato. Su cuerpo fue destrozado y se convirtió en un instrumento para hacer llegar un mensaje a todos los inconformes: el que se atreva a levantar las armas en contra del Gobierno “humanista” recibirá plomo, misil y tumba.

Los últimos acontecimientos guerrerísticos dan cuenta de la existencia de una aplanadora que no escatimará en usar “colectivos” y “mafias” para acallar a cuanto hombre o mujer disienta. Existe, sin duda, una clara intención de desmoralizar y acribillar la esperanza.

El caso Pérez, -repito- se convirtió en otra evidencia más de la ya larga lista de pruebas que confeccionan un amplio expediente de violación a los derechos fundamentales. Por más que este expolicía hubiese transgredido la legalidad, por más helicópteros y armas robadas, el Estado debía garantizar su vida. Debió arrestarlo y no volarlo con un misil.
Los que hoy gobiernan y manejan las Fuerzas Armadas deben recordar que también nacieron así. Los que dieron la orden de lanzar granadas y “dar de baja” a los “alzados” de El Junquito, deben recordar que en 1992 hubo un alguien que decidió que ellos debían vivir y pagar en la cárcel su aventura golpista. También, los que dirigieron el operativo el 15 de enero tenían que recordar que ellos fueron perdonados y por eso estuvieron ese día ahí y no en el cementerio de la historia.

Definitivamente, creo que este hombre llamado Óscar Pérez se peló. Creo que no supo leer la historia y se dejó seducir por el olor a pólvora y por la ilusión de ser el nuevo gran soldado que iba a liberar a Venezuela. No lo juzgo, solo intento leer entre las líneas de sus tres muertes.

Texto íntegro de Crónica del viernes