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(Opinión) Idiosincrasia americana. Por Américo Martín

Por Punto de Corte
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Que crezca la audiencia - Américo Martín
Caracas, 19 de febrero de 2020
@AmericoMartin
Estamos viviendo una hora americana
(Manifiesto de los universitarios de Córdoba 1918)

Tres notables movimientos sociales de principios del siglo XX dibujan con nitidez la idiosincrasia, el modo de ser, del movimiento estudiantil americano: la Revolución Mexicana, de 1910, que enfatizó el rasgo rural e indígena; la Revolución Rusa de 1917, que definió su carácter, a ratos, extremista y la Reforma Universitaria de Córdoba en 1918, percibida como revolución por sus autores y sus principales analistas.

El sacudimiento de los estudiantes del 18 que se expandió a centroamérica y el caribe fue una exaltación de la ética y la estética, más bien ausente en las revoluciones mexicana y rusa. Se engranó con la guerra de emancipación hispanoamericana y quiso repetir la última hazaña, la batalla de Ayacucho de 1824, que fue el episodio final y al mismo tiempo el punto de partida para los que asumieron la tarea de “completarla” en condición de herederos.

Los estudiantes argentinos así lo sintieron, no solamente porque su pronunciamiento se propagó por la misma región liberada por Bolívar, San Martín y Sucre, sino porque al incidir sobre las universidades construidas por el imperio español quisieron depurarlas de residuos conservador-clericales, y le insuflaron aires de libertad y de progreso científico y humanístico, al calor de los cuales nació la autonomía universitaria, escudo de la libertad de cátedra, ahora llamada académica, el autogobierno, por cierto con participación profesoral, estudiantil y de egresados, y la elección de sus propias autoridades, además de la extensión universitaria para llevar democracia, prosperidad y educación a los sectores populares.

Capítulo relevante marcó la comunidad universitaria peruana con la creación de las universidades populares “González Prada” bajo la dirección del presidente de la Federación de Estudiantes (FEP), Víctor Raúl Haya de la Torre. Desde ese momento la lucha por la autonomía tomó el carácter de emblema de las universidades nacionales libres. Fue un fenómeno típicamente hispanoamericano. Medio siglo después, y a su manera, los estudiantes europeos siguieron ese ejemplo.

Grandes escritores americanos y europeos manifestaron su admiración por el ejemplo estudiantil, entre los cuales debe darse primacía a Ortega y Gasset, el teórico de las “generaciones” que consideró como tales a los autores de la reforma universitaria. También el jurista Luis Jiménez de Asúa y varios más. Del mismo modo se pronunciaron escritores de nuestra región, de la importancia de José Ingenieros, José Vasconcelos y José Enrique Rodó quien, en su diseño “arielista” de pureza, identificó uno de los rasgos espirituales más fecundos y reiterados de los estudiantes. La pureza, el desprendimiento, el espíritu de sacrificio. Dicho con palabras del manifiesto de Córdoba: “El estudiante tiene el deber de permanecer siempre puro, por la dignidad de su misión social, sacrificándolo todo en aras de la verdad moral e intelectual”.

No creo pasarme de cándido dando esa demasía de honradez como un rasgo inmodificable pero, sin duda, es el espíritu peculiar de lucha juvenil lo que llama inmediatamente la atención e inclina a recibir como un soplo de esperanza las irrupciones estudiantiles cuando el ánimo colectivo parece decaer. Nuestra historia está plagada de esos chispazos que activan la energía de las mejores causas, de la brillante batalla de La Victoria con participación de los estudiantes del Seminario Tridentino que salieron a combatir a los feroces Boves y Morales y dirigidos por el heroico José Félix Ribas les pararon el trote a las hordas del terrible asturiano.

Siguió la generación de 1928, encabezada por Villalba, Betancourt, Gabaldón, Otero Silva y en enero de 1936, de nuevo con las banderas de la libertad en la mano, impulsaron bajo la presidencia de López Contreras la construcción democrática de Venezuela: sus modernos partidos, sus sindicatos, asociaciones de empleados. Esa generación impulsará la Constituyente de 1947 presidida nada menos que por Andrés Eloy Blanco, el voto universal, directo y secreto y llevaron al maestro Rómulo Gallegos a la presidencia de la república, haciendo de un país de caudillos militares con universitarios silenciados, otro de civiles democráticos con militares civilistas subordinados a ellos.

Correspondió a la generación de 1958, parte fundamental en el derrocamiento de la dictadura de Pérez Jiménez y el restablecimiento de la democracia.

Es una honda histórica, es el contrapunteo entre la represión, que trata de imponerse, y la libertad que tarde o temprano lo impide.
@AmericoMartin

* Escritor y abogado

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