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(Opinión) La hora cero. Por Américo Martín

Por Punto de Corte
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Que crezca la audiencia - Américo Martín
Caracas, 17 de junio de 2020
Por Américo Martín
@AmericoMartin

Tiempo tenía sin presenciar tan brusca ola de cambios políticos, como tomándose por asalto, están a la vista en los agitados momentos actuales. El gobierno de Maduro dio un impresionante salto atrás desde la situación optimista en la que creyó estar a raíz del arribo de las cinco naves iraníes, repletas de gasolina, para abastecer la dramática carencia de combustible, y descubrir que donde tenía un serio problema, ahora, a la luz de los desesperados clamores, tiene varios más y muy graves por cierto.

La producción petrolera de Venezuela, según la OPEP, sigue en caída libre, se calcula en 375.000 bpd, lo cual es una vergüenza para el país que alguna vez fue el primer exportador del mundo y que con los yacimientos de lutitas en la cuenca del lago de Maracaibo y el occidente de Venezuela, debe confirmar que posee las mayores reservas del mundo. Aunque el fracaso de la política del oficialismo es tal que apenas conserva un solo taladro, sus amplísimas refinerías están paralizadas y se ha convertido en importador neto de derivados del petróleo. Por si fuera poco, sufre  una profunda crisis económica, con la hiperinflación más grande del mundo, con la caída del producto interno bruto más elevada del continente americano, los servicios públicos, incluidos salud, educación, agua, electricidad, virtualmente en escombros y, por añadidura, sometido a un boicot comercial que lo mantiene atrapado,  sin salida.

La nación ha ido comprendiendo que de este drama palpitante no escapará sin un urgente cambio democrático de gobierno. Es decir, la panacea es de índole política, de modo que si no hay un cambio sustancial la tragedia se agravará. Pretender descansar en la represión para acallar las naturales protestas y utilizar su hegemonía comunicacional y el monopolio de la violencia para destruir el Parlamento encabezado por Guaidó, enviar a la cárcel diputados y líderes opositores  y despreciar las presiones mundiales a favor de una salida pacífica y electoral del atolladero en que se halla envuelto, parecía un suicidio.

La oposición democrática comenzó a entenderlo, optando por hacer suya la presión de la comunidad internacional a favor de libérrimas elecciones, pero lógicamente, siempre que se adoptaran medidas que indicaran que se hablaba de una elecciones libres y no contaminadas por el estigma del fraude. Ese espíritu fue aparentemente asumido por el oficialismo, aún a sabiendas que podía perder, eventualidad inaceptable para quien no entiende la gramática  de la democracia. Surgieron muchas presiones para articular acuerdos. Se habló de configurar un CNE equilibrado, 2-2-1,  y adoptar  un estilo de mayor tolerancia, cosa que despertó el interés de varios sectores de la alternativa democrática que vislumbraron la posibilidad de no perder el instrumento del sufragio y rescatar los espacios de libertad.

Después del severo incidente que rompió la relación entre Nicolás Maduro y Vladimir Villegas, comentó éste que Maduro más que la crítica lo que temía era la inexorable derrota electoral. Y en efecto, el oficialismo comenzó a desdecirse de sus promesas y a desnaturalizarlas sustancialmente. El 2-2-1 se convirtió en 3-2, ventaja inexplicable pero suficiente para, de ser necesario, imponer su voluntad.

¿Para qué tendría que disponer de mayoría quien estuviera animado del deseo de respetar los resultados? Para lo único que sirvió esa inesperada voltereta fue para exacerbar la suspicacia de quienes incluso, teniendo mayoría en la Asamblea Nacional, habían aceptado la formación de un CNE equilibrado. Secuela penosa resultó ser la reactivación de las descalificaciones contra la oposición democrática, cuyo deber es alentar los signos positivos de apertura que puedan surgir, en lugar de aplastar de forma inmisericorde a quienes correctamente los alienten. El hecho es que el cambio del oficialismo, sea por la razón de Villegas o por cualquier otra causa, acarreó consecuencias inevitables. Con firme convicción partidista el Secretario General de Acción Democrática, Dip. Ramos Allup, denunció  que desde Miraflores  se había lanzado una nueva operación de compra de conciencias,  que le permitió al oficialismo adquirir un opositor para la más deplorable maniobra que pone la correlación en 4-1 y, adicionalmente, le permite al CNE arrebatarle su color y tradicionales símbolos y, posiblemente, a otros partidos del G4. Como consecuencia de semejante torpeza debemos saludar el restablecimiento de la unidad hasta un grado asombroso, como lo demuestra el pronunciamiento del pasado domingo 14 de junio, unitario sin ambages.

Estas demasías arbitrarias han vuelto a despertar la atención de los 60 países que reconocen a Guaidó  y de las muchas instituciones de toda índole que desconocen a Maduro. Así como han preparado el terreno para la aplicación de nuevas sanciones y ratificar el boicot a los tanqueros que intenten abastecer al arrinconado gobierno de Miraflores. Y como las dinámicas suelen ser inesperadas, Irán acaba de poner en términos de violencia sus amenazas contra EEUU si interrumpe el tránsito de los buques tanqueros para Venezuela. El simple cambio del CNE toma peligrosas dimensiones mundiales.

Y tan fatal pudiera ser el desenlace de las malas prácticas electorales en Venezuela, que solo procede insistir en una rectificación del atropello contra la conciencia democrática y llamar a todos los sectores, cualquiera sea su ubicación política, a asumir la causa de la pureza electoral, por supuesto sin bajar la lucha por la causa de la libertad.   

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