Caracas, 29 de octubre de 2018.

Por: Enrique Ochoa Antich *

@eochoa_antich

La gran transformación conceptual de la izquierda democrática venezolana durante los años 80 y 90 del siglo pasado (e incluso de alguna no democrática como los comunismos chino y vietnamita), luego de los sonoros fracasos de todas las derechas y todos los populismos latinoamericanos durante las dos décadas precedentes, fue ensanchar la idea del socialismo democrático de lo político también a lo económico. El chavismo no dio nunca cuenta de ella y ese desfase, ese atraso teórico, lo ha pagado muy caro el país con 20 años de improvisaciones, como si la nación se convirtiese en el conejillo de indias para tantos ensayos trasnochados. Como escribió Juan Marsé en Últimas tardes con Teresa, arrastraron su adolescencia mítica hasta los 50 años. De allí se explica que todos los gobiernos de izquierda en América Latina hayan sido notablemente exitosos en lo económico, menos el de Venezuela, lo que ha traído a la postre dramáticas consecuencias sociales.

Por años, hablar de socialismo democrático era básicamente hacerlo desde el punto de vista del respeto a las libertades y garantías políticas aseguradas -precariamente pero aseguradas- por las democracias liberales. Quienes nos afirmábamos como socialistas no-comunistas (si se me permite la caracterización) en los años 70, básicamente establecíamos una distinción con los totalitarismos de izquierda basada en la democracia política: rompimos con la idea de la dictadura del proletariado, asumimos el compromiso de una vía democrática al socialismo, etc. Pero en el plano económico, seguíamos creyendo en un programa que se definía por la expropiación estatal de los grandes medios de producción, es decir, por una economía estatizada bajo la premisa de que al serlo por un Estado socialista, esa propiedad no sería tanto del Estado como del pueblo. A lo sumo, admitíamos que en algunas áreas menores respetaríamos la propiedad privada y que, en lo posible, se propiciarían formas autogestionarias y cogestionarias de producción.

Fue entonces cuando la crisis de los populismos de izquierda en particular en América Latina nos obligó a pensar las cosas de otra manera. Tres libros tuvieron entre nosotros, al menos en mi caso, una impronta decisiva: Socialismo y mercado, de Emeterio Gómez; La miseria del populismo, de Aníbal Romero; y Venezuela: Una ilusión de armonía, obra colectiva del IESA. Comenzó a hacerse evidente que esos populismos que nosotros adversábamos (AD entre nosotros) y las sociedades comunistas adolecían de una misma falla de origen: al impedir (los comunismos) o afectar (los populismos) la iniciativa privada, al no sostenerse en -o desconfiar de- el instinto de beneficio de los seres humanos, al no propiciar la competencia entre diversos y numerosos núcleos de producción, la creación de riqueza era precaria y por tanto lo que tendía a repartirse era la pobreza. Así se contradecía un principio esencial del pensamiento de Marx: que al socialismo se llegaría luego de un intenso desarrollo de las fuerzas productivas capitalistas de modo que lo que al final se repartiese fuese la abundancia y no la escasez. En lo personal, aborrezco en términos existenciales ese instinto de beneficio y tendría que confesar que en las sociedades comunistas que pude visitar, sin publicidad, sin grandes comercios, sin millones de automóviles, etc., aún adversando sus atrocidades políticas, siempre me sentí cómodo. Pero ya para los 80 debía ser un imbécil para no entender que sólo ese instinto de beneficio, que sólo la propiedad privada sobre los medios de producción, puede permitir el desarrollo de las fuerzas productivas (millones de seres humanos creando riqueza y no sólo el Estado), como lo avizoraron Marx y Engels cuando en el Manifiesto Comunista elogiaron al capitalismo como el estadio más elevado hasta ese momento de la civilización humana. Solía decir por entonces que la verdadera revolución en Venezuela era hacernos de veras una sociedad capitalista en serio. Así creí en aquello del socialismo liberal.

Desarrollo de las fuerzas productivas, producción y productividad, que son los únicos antídotos contra los procesos inflacionarios como los que conocemos en Venezuela desde hace décadas.

La transformación cultural de la izquierda democrática de la que hablamos, que la llevó a comprender que el socialismo democrático debía serlo no sólo en lo político sino también en lo económico, y a reconocer la pertinencia del mercado a los fines de la más eficiente asignación de recursos por parte de la sociedad (y la pertinencia del capitalismo pues sólo en su profundización y en el desarrollo impetuoso de sus fuerzas productivas podrá accederse a algo parecido al sueño socialista a través de un proceso de acumulación de reformas que al final tengan una calidad revolucionaria), tuvo varios impactos adicionales. Uno de ellos, que en cierta forma fue un regreso al más genuino Marx, es la admisión de que la economía tiene unas leyes propias, de que el materialismo histórico consiste justamente en reconocer el curso digamos objetivo de esas leyes, de que la voluntad humana puede y debe incidir y de hecho incide en esas leyes pero a partir de un contexto dado que no puede suprimir arbitraria ni administrativamente sino transformar evolutivamente.

Pongamos por caso la inflación. Una insana visión propia de la que nos atreveríamos a llamar izquierda jacobina, es decir, aquélla que cree que la voluntad humana está por encima del curso objetivo de las cosas, adjudicaría ese fenómeno de incremento sostenido de los precios a la acción especulativa de algunos malvados empresarios. La inflación se corregiría si el Estado los mete en cintura, y ya. Sin negar que la especulación existe, y que el Estado debe sancionarla para impedirla, la verdad es que ella se produce sobre todo cuando las condiciones objetivas, cuando el entorno lo permite. Es decir, cuando la producción y la productividad son tan bajas que la acción especulativa resulta rentable pues el consumidor debe morir allí, a la orilla de los pocos productos que acuden al mercado. Sólo la producción masiva de diversos productos, lo que sólo es pensable con una expansión de la pequeña, mediana y grande propiedad privada, con el desarrollo impetuoso de las fuerzas productivas como hemos dicho (y eso es capitalismo, con la acción reguladora de un fuerte Estado social, pero capitalismo), puede corregir el proceso inflacionario (como el que hemos vivido en Venezuela como excepción continental hasta traernos a esta verdadera catástrofe hiperinflacionaria). Ello nos coloca en el brete de abrir las economías con mercados internos relativamente pequeños (como es nuestro caso) a los infinitos mercados internacionales. Pero éste es un asunto que requiere de un tratamiento especial en otra ocasión.

De modo que un Estado que se precie de estar al servicio de las grandes mayorías debe, para acabar con la inflación que, como tanto se ha dicho, empobrece siempre más a los más pobres, inteligenciarse con los empresarios privados pues sólo la iniciativa individual, a partir del estímulo de un beneficio razonablemente aceptable, y no el Estado (como se ha demostrado suficientemente a todo lo largo del siglo XX con los populismos y comunismos de todo pelaje) puede permitir el desarrollo de las fuerzas productivas, de la producción y de la productividad, únicos antídotos eficaces contra el flagelo.

*  Político y escritor. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS). Miembro de la Concertación por el Cambio

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