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(Opinión) La peste extremista. Por Enrique Ochoa Antich

Por Enrique Ochoa Antich
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Enrique Ochoa Antich - del por ahora
Caracas, 16 de diciembre de 2019.
Por: Enrique Ochoa Antich *
@eochoa_antich

No proviene de una bacteria, aunque algunas de sus ideas hacen las veces. No hay pulgas ni ratas involucradas en su contagio, sino personas. No proviene del desierto de Gobi como la de 1300, pero igual es peste negra.

Combatir esta enfermedad infantil de la política es más difícil de lo que podría pensarse. En tiempos de aguda crisis, como la de Venezuela hoy, el discurso extremista, de izquierda o de derecha, es música para el oído de quienes sufren hambre, caos, inseguridad. Su contrario, la moderación, tiene en tales ocasiones, o parece tener, la batalla perdida.

El extremismo luce valiente. La moderación puede llegar a parecer cobarde.

El extremismo grita más alto, habla a las gradas, apela a los sentimientos, arranca aplausos. La moderación habla a la razón.

El extremismo promete espejismos que fascinan: la marcha del no-retorno, La Salida Ya, el cese de la usurpación, la ruta del coraje, la Operación Libertad, el inmediatismo, la solución fácil, en fin. La moderación ofrece únicamente una vía lenta de esfuerzo, de acumulación progresiva de poder.

El extremista impone. El moderado convence.

El extremismo es siempre revolucionario, de izquierda o de derecha. La moderación es reformista por naturaleza.

El extremismo es ameno, se hace noticia viral, es siempre espectacular, épico, heroico. La moderación es, por pacífica, aburrida: ninguna aventura emocionante, sólo el uso de la palabra, de prolongadas negociaciones, de la paciente organización.

El extremismo puede ser golpista. La moderación suele ser electoral.

El extremista siempre da un paso al frente, no importa que esté al borde del abismo. El moderado sabe dar un paso atrás calculando dar luego dos pasos adelante.

Así, nada peor para un moderado que hacerse acompañar por un extremista. Ponga usted a uno de esos radicales infecundos en medio de un encuentro de varios y notará al poco tiempo su efecto contagioso: entre el arrojo y la prudencia, entre el aullido y el susurro, entre el palpitante corazón y el frío cerebro, las masas, o al menos parte determinante de, se dejará arrastrar hacia la ensoñación del cambio rápido. Aunque una y otra vez se termine en un desbarrancadero de fracasos, no importa, siempre hay que insistir. Por algo se dice que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.

Ocurre incluso que muchos moderados sean objeto de una alquimia curiosa mediante la cual se trasmutan en contemporizadores del extremismo. El espectáculo es más bien triste. Suele condimentar esta operación un excesivo sentido de la oportunidad. Los principios pasan a un segundo lugar. Generalmente, al poco tiempo están de regreso, con las tablas en la cabeza.

En lo único que soy extremista es en mi aversión contra el extremismo. Nací con muchos otros a la vida política en 1970 cuando desde la democracia, un nuevo socialismo repudiaba al extremismo de izquierda. De combatir en el liceo la promoción de actos de violencia en las manifestaciones estudiantiles al debate de años que en el seno del MAS nos llevó a desmontar todo el engranaje ideológico comunista. Ahora nos toca terminarla haciendo lo propio con este extremismo de derecha, protofascista, clasista, aún racista, y petit yanquee (o pitiyanqui, para usar el vocablo que entre nosotros nos legara Mario Briceño Iragorry).

En 2014, muchos propusimos en la (hoy fenecida) MUD producir un deslinde terminante con el brote extremista de las guarimbas criminales. Luego insistimos en él en 2016, cuando se veía que el extremismo volvía por sus fueros. Quizá nuestra historia hoy sería otra. Porque al extremismo hay que tenderle un cordón sanitario, incinerar sus ropajes, aislar a los contagiados, promover los anticuerpos que derroten la infección.

La moderación y la democracia son incompatibles con el extremismo, no importa su signo ideológico. La unidad no es unidad de todos. Apartar a los dos extremos, también y en particular al que hegemoniza a la oposición, y unir a ese 3er país que está en el centro, debe ser nuestra tarea. Ésa es la unidad que nos interesa, la que dialécticamente es el resultado de un deslinde. Ojalá el voto en las parlamentarias sea, en los hechos prácticos, la ocasión de lograrla.

(*)  Político y escritor. Miembro fundador del Movimiento al Socialismo (MAS). Miembro de la Concertación por el Cambio.

* Punto de Corte no se hace responsable de las opiniones expresadas en los artículos, quedando entendido que son de entera responsabilidad de sus autores.

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