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Niños son condenados a muerte en Arabia Saudita

Por Astolfo Villarroel
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Caracas, 25 de junio de 2019. Estas son tres historias de niños condenados a muerte en Arabia Saudita. La de Ali al Nimr comienza cuando recorría en bicicleta las calles de su pueblo cuando fue atropellado por un carro de la policía. Malherido por el asalto, fue arrestado e interrogado durante horas.

Abdalá al Zaher fue disparado y golpeado por las fuerzas de seguridad en los instantes previos a perder su libertad. Dawud al Marhun fue detenido en el asalto al hospital donde esperaba para una operación que jamás llegó a producirse. Los tres eran menores de edad cuando los gendarmes saudíes irrumpieron en sus vidas.

Ali, Abdalá y Dawud malgastaron su adolescencia entre rejas y aguardan una ejecución inminente en el corredor de la muerte. Comparten, además, un destino común y macabro: la crucifixión, un término usado en Arabia Saudí para referirse a aquellos reos que son decapitados y cuyos cuerpos son sometidos más tarde a la exhibición pública.

En la semana en la que la presión internacional ha logrado detener la amenaza de pena capital que pendía sobre un cuarto niño, Murtaja Qureiris, Crónica reconstruye la biografía de las víctimas más jóvenes de la monarquía absoluta del octogenario Salman y su hijo, el príncipe heredero Mohamed bin Salman.

«Ali es hoy un hombre creyente que ha entregado su destino a Alá. No ha hecho nada malo pero sabe que su futuro está en manos de la voluntad divina», relata a este suplemento el padre de Ali Al Mimr, Mohamed al Nimr. Su voz suena firme al otro lado del hilo telefónico. Incorruptible a los golpes que ha padecido la familia desde que hace siete años el pequeño Ali inaugurara su calvario carcelario. Por aquel entonces tenía 17 años. Tras su accidentado arresto, una retahíla de cargos cayeron sobre él. Fue acusado de «organizar protestas con su Blackberry, tomar fotografías de las manifestaciones, enseñar primeros auxilios a los participantes y lanzar cánticos contra el Estado».

Como el resto de menores que afrontan la decapitación, su delito fue sumarse a las multitudinarias protestas que en 2011 -con el eco de la Primavera Árabe que azotaba entonces la región- lideró la minoría chií de Arabia Saudí, concentrada en la zona oriental del país rica en petróleo, en las provincias de Al Ahsá y Al Qatif.

«Ninguno de ellos fue acusado de delitos de sangre. El único cargo es haber alentado la agitación, quebrantado la paz social y reclamado la caída del régimen», detalla Taha al Hajj, quien fuera abogado de Ali. El letrado, que tuvo que abandonar Arabia Saudí para escapar a la represión y acaba de lograr asilo político en Alemania, recuerda aún al joven al que representó a duras penas, sin apenas acceso.

 «Es un chico humilde y amable, muy querido entre su círculo de amigos y sus parientes. Era, además, un buen estudiante», evoca.

Ali procede de una destacada familia de Al Qatif, conocida por su activismo. Su padre es empresario y periodista. Su tío, Nimr al Nimr, era una clérigo chií que se convirtió en icono de las protestas y exigió reformas políticas y el fin de la discriminación y la corrupción en el reino. Una voz incómoda que fue decapitada el 2 de enero de 2016, provocando la condena internacional. Fue precisamente la detención de Nimr la que precipitó una nueva lista de cargos contra Ali, entre ellos, atacar a la policía con cócteles molotov, pertenecer a organización terrorista, estar en posesión de armas y asaltar instituciones estatales.

«Ali vive en un estado de pánico. Cada vez que se abre la puerta de su celda, piensa que ha llegado su momento», comenta Al Hajj. En su periplo por los pasillos de los tribunales saudíes, Ali ha agotado todos los recursos a su alcance para detener su ejecución.

El veredicto de la Corte Criminal Especializada -creada para juzgar delitos terroristas- ha sido confirmado por el Tribunal Supremo. Hasta ahora, ha sorteado dos oleadas de decapitaciones: aquella de 2016 en la que pereció su tío junto a otras 46 personas (cuatro menores incluidos) y la del pasado abril, que segó 37 vidas, entre ellas, las de seis jóvenes que fueron detenidos y acusados cuando eran aún menores de edad.

«Adoptan siempre la misma táctica. Son arrestados cuando aún son menores de edad y juzgados y ejecutados cuando ya han cumplido los 18 años», reseña Al Hajj.

Una práctica que no le ha evitado a Arabia Saudí -patria del wahabismo, una radical interpretación del islam- la censura internacional.

«Tras asistir a unas ejecuciones arbitrarias que no excluyen a menores, no descartamos que el Gobierno saudí ajusticie al resto de niños detenidos a pesar de las irregularidades detectadas y las violaciones de leyes nacionales e internacionales», admite Duaa Dhainy, investigadora de la Organización Saudí Europea para los Derechos Humanos, el grupo que ha documentado la infancia detenida y ejecutada en las prisiones saudíes.

Desde que Salman accediera al trono en 2015, una decena de niños ha perdido la vida a manos de un verdugo. El último SOS, lanzado la semana pasada por el movimiento de Duaa, lleva el nombre de Murtaja Qureiris, detenido con 14 años por un presunto delito -el de participar en una concentración de bicicletas y vocear «El pueblo reclama derechos humanos»- cometido cuando tenía apenas 10 años.

REPORTAJE DEL DIARIO EL MUNDO DE ESPAÑA

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